Opinión | Artículo Indeterminado

Ana Martín-Coello

El circo

Pocas veces me he sentido tan liberada como el día en que me fui de LinkedIn. Darse de baja de una red social, no crean, no es cosa fácil. No es poco el alivio, pero también hay una extraña sensación de fracaso.

Imagino que el sentimiento debe ser parejo al que se tiene cuando se logra salir de una secta. Con la salvedad de que a este culto yo no le cogí nunca el gusto, ni compré su promesa de alcanzar el paraíso.

Para empezar, me resistí muchos años a entrar en la comunidad, pero, empujada por gente a la que respeto, cedí a poner en el escaparate mi currículo y a ponerme yo misma en almoneda, como si a alguien que no me conoce le importaran mis méritos laborales y los que me conocen no se los supieran ya al dedillo (y si no, que pregunten).

Desde el primer día, pues, sentí que aquello no era lo mío.

El algoritmo me pidió, nada más llegar, que sincronizara toda mi agenda de contactos para ver con cuántos conocidos y amigos podía conectar. Teniendo en cuenta que nací y he vivido la mayor parte de mi tiempo en una isla donde todos venimos a ser primos lejanos, ¿qué aliciente puede tener que nos miremos los ombligos o los currículos abrillantados, cuando no inflados o directamente inventados, unos a otros? ¿Qué ventajas hay en alabar en público a gente que ya sabe en privado lo que piensas de ellos? ¿No es ya de por sí dura la existencia?

Por otro lado, si llevo toda la vida relacionándome con esa gente y nunca he encontrado en ellos ni con ellos la oportunidad del siglo, ¿por qué iba a obrar LinkedIn ese milagro?

Luego está el vergonzante saco sin fondo de la consultoría. ¿Qué demonios tengo yo en común con el Sales Account Manager Chief Master of the Universe de Encurtidos Lopemar? ¿Y por qué tengo que aguantar que una exvecina que apenas terminó la primaria diga que es Storyteller Personal Comunicadora Abrillantadora de Sueños y la red me insulte diciéndome que es un perfil similar al mío? ¿He hecho yo jamás algo distinto a vivir y dejar vivir, como para tener que sufrir esta agresión constante?

Dejemos a un lado el enfermizo y retorcido lenguaje que se usa en estos predios virtuales, que eso daría para varias tesis, y entremos en el apasionante apartado de los vendedores de crecepelo.

Hay en LinkedIn más exasesores de Obama que pulgas en un perrillo callejero. Es el ecosistema idóneo para que florezcan los pequeños nicolases y georges santos de la vida, figuras que desde el semianalfabetismo son capaces de llegar a lo más alto, dando una idea de lo que le gusta que le hagan la pelota a nuestra clase dirigente y de cómo cualquier mentiroso patológico embutido en un traje es capaz de llegar a la cima partiendo de la más absoluta ignorancia.

A su alrededor pivota una cohorte de charlatanes que, nada más contactarte, te saludan con un mensaje ofreciéndote sus no solicitados servicios. Cuando, educada, pierdes tu tiempo en responderles, no obtienes un «gracias» ni a tiros. Efectivamente, en las escuelas de negocios actuales lo de la educación básica y el acercamiento al desconocido, regular.

Esa es otra: aquí son legión los profesores de estos centros. Hasta el político más gris, aquel a quien nunca entendiste qué quería decir –él tampoco– se dedica a dar clases de comunicación por lo privado a incautos que luego, claro, van al mismo LinkedIn a reventarle la existencia a la gente de bien. Como servidora, que, a estas alturas, cuando piensa en la red «profesional» no puede dejar de acordarse del chiste del inefable Chiquito de la Calzada:

—Mamá, llévame al circo.

—No, hijo, el que quiera verte que venga a la casa.

Pues eso. El que quiera verme, que venga a mi casa.

@anamartincoello