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Joaquín Rábago

Corrupción en el corazón de Europa

Eva Kaili, exvicepresidenta de la Eurocámara PARLAMENTO EUROPEO/ALAIN ROLLAND

Un escándalo de corrupción relacionado con Qatar sacudió recientemente al Parlamento de Estrasburgo, y persiste la sospecha de cuántos casos de soborno a políticos y funcionarios de las instituciones europeas.

Que el Gobierno de ese emirato que esclaviza a sus trabajadores inmigrantes y viola los derechos humanos de sus ciudadanos había sobornado también a funcionarios de la FIFA para conseguir el último Mundial hace tiempo que era también de sobra conocido.

El fútbol, al menos a esos niveles, está fuertemente corrompido: ya se sabe que el pescado comienza a oler siempre por la cabeza.

Pero ¿no es corrupción también que algunos equipos de fútbol lleven también en las camisetas de sus jugadores eslóganes con los que se busca lavar la imagen de las peores autocracias?

Y la influencia del poderoso caballero que es don dinero en el Parlamento europeo no es tampoco nada nuevo aunque ello reciba muchas veces el nombre más fino de «lobbismo».

Hay al menos una oenegé, el Observatorio de la Europa Corporativa, que se dedica en la capital comunitaria a investigar y denunciar oportunamente tales prácticas allí habituales.

Este articulista se ha hecho eco en más de una ocasión de los intentos de esos cabilderos de influir en la legislación comunitaria en beneficio de quienes les pagan y casi siempre en perjuicio de los ciudadanos europeos.

Se calcula que hay en Bruselas entre 25.000 y 30.000 lobistas que representan a toda suerte de industrias, desde la agroquímica, la de los hidrocarburos o la armamentista hasta la financiera, y lo mismo ocurre en Washington y otras grandes capitales.

En el caso relacionado con Qatar, la principal sospechosa es nada menos que la vicepresidenta del Parlamento europeo, una política griega que fue antes moderadora de un programa de televisión en su país.

Según se ha sabido, la tal Eva Kalli había llamado ya la atención de sus correligionarios al votar, pese a su condición de socialdemócrata, con el grupo conservador en la elección de un nuevo secretario general del Parlamento Europeo.

No es, sin embargo, Qatar el único régimen autocrático que intenta al parecer con tales prácticas irregulares blanquear su imagen: se habla también de Marruecos, y se investiga, entre otros, a un exeurodiputado y a su hija en relación con un viaje de Navidad valorado en 100.000 euros

Por cierto que, nada más conocerse el primero de esos escándalos, el ministro alemán de Economía, el verde Robert Habeck, quiso dejar claro que ello no afectaría para nada al gas natural qatarí que debe llegar a su país en sustitución del gas ruso: el negocio, aunque sea con un autócrata siempre que no se llame Putin, es el negocio.

Claro que la sombra de la corrupción no planea sólo sobre las instituciones europeas, sino que afecta también a políticos de gobiernos nacionales como el presidente de la Cámara Germano-árabe, el cristianosocial bávaro Peter Ramsauer, que representa también, entre otros, los intereses qataríes.

Cuando uno lee o escucha estas cosas no puede menos de pensar en las denuncias que tantas veces se hacen en nuestros medios occidentales de la corrupción que existe en otros continentes.

La corrupción está en todas partes, pero para que haya corruptos tiene siempre que haber corruptores, y si los primeros están muchas veces en el llamado Tercer Mundo, los segundos viven también con frecuencia entre nosotros. Sólo que preferimos ignorarlo.

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