Opinión | editorial

Lecciones del fracaso con la Agencia Espacial Española

Lecciones del fracaso con la Agencia Espacial Española

Lecciones del fracaso con la Agencia Espacial Española

Pese a lo frustrante del desenlace del expediente de la adjudicación de la sede de la Agencia Espacial Española (AEE) a Canarias –optaron Gran Canaria, Tenerife y Fuerteventura–, bienvenido sea si este sirve para abrir una reflexión sobre las fallas sobre las que se articula el impulso del conocimiento en las Islas. Investigación y Desarrollo (I+D), Tecnología de la Información y la Comunicación (TIC), inversión en activos intangibles (marcas registradas, patentes, licencias, permisos, franquicias...) o nivel de estudios superiores de los trabajadores son, entre otros, indicadores imprescindibles para calibrar la eficiencia de la productividad de un territorio determinado, así como la fortaleza de sus criterios a la hora de competir para la consecución de una infraestructura como la AEE.

No es este el lugar para desmenuzar una a una las debilidades de las Islas para enfrentarse a una economía determinada por la excelencia, término que da cobijo a factores como la estabilidad política, la renta de situación, medios de transporte, conectividad internacional o inversión. No obstante, si cabe referirse a una serie de valoraciones derivadas del informe final que descalificaba la opción de Gran Canaria –la gran favorita entre las tres islas– frente a la de Sevilla para la acoger la AEE.

El diagnóstico de la comisión valorativa de las propuestas subraya la carencia de un tejido industrial que ampare la iniciativa isleña. Un criterio a resaltar por el tribunal que debería ruborizar a los impulsores, puesto que es poco defendible fomentar unas expectativas pese a semejante ausencia, a sabiendas de que un contrincante como Sevilla ponía sobre la mesa la fabricación de las aeronaves Airbus en su versión militar. La pregunta es si dicha desventaja no era más que suficiente para rehusar a competir por la AEE, más allá de la ansiedad que suele adueñarse de los políticos para conseguir un tanto de cara a unas próximas elecciones. No nos podemos permitir dar bandazos de un lado a otro en el relato de cuáles son las especialidades a priorizar en el desarrollo científico y tecnológico insular. Ya es hora de fijar los intereses prioritarios del modelo, dejando atrás quimeras y estableciendo de una vez por todas una verdadera planificación que acabe con los califatos.

Canarias ha ofrecido una faceta patética de sí misma al acudir a la pugna por la AEE con propuestas de tres islas. Cualquier experto mínimamente independiente dedicado a sopesar las posibilidades de éxito hubiese desechado este carácter trifásico de la candidatura. En pleno transcurso del siglo XXI, el Archipiélago prosigue ensimismado en estrategias de crecimiento pleitistas que afectan finalmente al resultado final. Creer o aspirar a una pureza a machamartillo de un proceso para adjudicar una importante infraestructura científica es una ingenuidad. Los criterios técnicos pueden ser desplazados por razones de Estado, o bien por la inconveniencia de decidirse por una candidatura que podría alimentar la división en una autonomía.

Las Islas, por tanto, se enfrentan –y sin que el paso de las décadas haya servido para algo– al imponderable de menguar sus fuerzas con las rivalidades. La incapacidad para regionalizar la investigación y el desarrollo afecta a los presupuestos públicos, recursos de personal o trayectorias profesionales. El gran reto de Canarias es evidenciar su unidad, superar la insularidad y establecer la fórmula para que el flujo de conocimiento sea constante entre sus universidades e instituciones políticas.

Otra de las debilidades de la propuesta canaria para la AEE fue la inexistencia del ofrecimiento de una sede para la Agencia, una oferta, en cambio, que hacía patente Sevilla. Una de las bases del concurso era la puesta en marcha inmediata de la infraestructura, por lo que la exigencia de un edificio con llave en mano resultaba una obviedad. Se pasó por alto o no se vio, es decir, se cometió un fallo garrafal poco defendible cuando se lanzan las campanas al vuelo y se crean esperanzas. La lectura es que se actúa desde la improvisación y sin calibrar realmente las posibilidades. Forma parte de la responsabilidad política explicar la razón del patinazo.

La comisión valorativa destaca la carencia de excelencia en cuanto a la oferta. Como dijimos al principio, este tipo de juicios, aunque frustrantes, resultan efectivos para reflexionar sobre cómo abordan las Islas su papel en la llamada sociedad del conocimiento. Llama la atención que se recurriese, entre los méritos para AEE, a la existencia del Centro Espacial de Canarias del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA), en San Bartolomé de Tirajana (Maspalomas), dado que el mismo nunca ha sido un estímulo para incorporar estudios sobre la materia a la ULPGC. Y lo mismo se puede decir, también entre los méritos, de la ausencia en el centro superior de una especialidad en astrofísica como consecuencia de la preponderancia del IAC como centro de referencia internacional. Decisiones de este tenor no cerrarían un horizonte definitivo de excelencia, pero serían claves, por ejemplo, para situaciones como la planteada en el caso de la AEE.

La racionalización presupuestaria y el acuciante paro juvenil, entre otros factores, convierten en urgente la objetivización de los intereses a corto plazo. La carrera por la digitalización plena, las energías alternativas, el cambio climático, la reutilización de las aguas, la modernización turística o la promoción de los atractivos fiscales para la captación de grandes empresas son ámbitos en los que Canarias debe consolidarse. El ejemplo de AEE es un paradigma, por un lado, para saber que la excelencia debe ser un requisito y, por otro, que la ausencia de rigor puede echar por tierra las mayores ilusiones.

La descalificación de las Islas para la AEE cierra un ciclo, pero también ofrece una lección para retornar con mayor empuje a cometidos en los que empezamos a ser una potencia, como el estudio del mar y sus recursos. La dispersión no ayuda en nada, como tampoco que el Archipiélago sea colista en cuanto a inversión de I+D por habitante.