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Fernando Grande-Marlaska | MINISTRO DEL INTERIOR

En el huracán

Almeida será el "primer" alcalde en correr la San Silvestre Vallecana

Una de las cosas que mejor se le da al PSOE es elegir mal al candidato a la alcaldía de Madrid. O candidata. Hay quienes en el socialismo patrio son muy partidarios de las tradiciones y enredan estos días a ver si conservan la consistente en pegarse el carajazo cada cuatro años en la capital.

Y así, enredan y enredan esta vez con tal o cual presentador, famosete, Maroto, deportista, o ministra con chupa de cuero, en la estela de Trinidad Jiménez, etc. Otros prefieren a Grande-Marlaska. La derecha lo odia. Así pues tendría al menos asegurado el empate: la izquierda detesta a Almeida.

Luego ya cada cual puede exhibir su currículo: el alcalde de Madrid le niega homenajes a Almudena Grandes y Marlaska tuvo los bemoles de encarcelar a la Mesa Nacional de Herri Batasuna por compadreo con el tiro en la nuca. Ahora el amenazado es él. También por la oposición, que lo fustiga con denuedo y despiadadamente.

Estos días ha de comparecer en el Congreso a propósito de los incidentes y muertes en la valla de Melilla, donde los que se emplean con macabra delectación son las fuerzas marroquíes, acreditadamente partidarias de la dictadura imperante allí. No pocos de los componentes de la comisión de Interior que ha viajado a Melilla tienen más interés en atacar al Gobierno, a Sánchez y a Marlaska que en aclarar lo sucedido.

En lo académico, el duelo Almeida-Marlaska sí estaría equilibrado: ambos son empollones de la Justicia, ambos envenenados no se sabe si por la política o por el poder. Porque en la oposición no han estado. Bueno, sí. Uno en la de abogado del Estado y otro en la de juez.

Pero no es nada seguro que Marlaska concurse en Madrid, cada día nos desayunamos con un nombre nuevo. Suena Michel. Así que estos apuntes sobre su figura, sesenta años, vizcaíno que ingresó en la carrera judicial en el 87 y llegó a magistrado de la Audiencia Nacional y que es ministro desde 2018 han de incluir también que su figura está de permanente actualidad por ser uno de los blancos favoritos de los venablos e invectivas del PP y la oposición. Todos los ministros de Interior caen bien y son muy apreciados en las encuestas. Salvo si eres Corcuera (o corcuese) y quieres dar patadas en la puerta sin órdenes judiciales. No así Marlaska, que aglutina a los suyos y que se asegura mucho más tiempo en el sillón ministerial de la Castellana cada vez que los populares piden que dimita.

Marlaska es gallardo, que es una manera de decir chulete, directo, claro ambicioso. Cuando lleva traje podría ser un modelo que ha pasado una mala noche, cuando pasea por Chueca en camisa vistosa podría pasar por el propietario de un local vegano modernito. No conoce peine. Le gustan los buenos restaurantes y la buena ropa, lo cual lo cataloga como una persona con sentido común. Algunos podrían tildarlo de dandy y otros de portador de elegancia descuidada.

A Marlaska le embisten mucho desde Vox y también le ha embestido a veces cruentamente la vida. Lo cuenta en Ni pena ni miedo, título del libro que publicó en 2016 y lema que lleva tatuado en una muñeca. Ahí hay un tratado ético y una biografía que incluye las dificultades que tuvo (él para expresarlo y su familia para aceptarlo) por el hecho de ser gay.

Sectario si hace falta, Grande Marlaska supone como ministro del Interior una ruptura con el prototipo de figura que ha ocupado ese cargo, con alguna excepción: hombre rudo al que se le va poniendo cara de jefazo policial. A él se le ha quitado la cara de juez que no tuvo nunca. También la de activista. Ahora es un señor ministro. Un político, un puntal del sanchismo, un tipo que lo mismo pone de los nervios a Ortega Smith y a Espinosa de los Monteros que mete en la cárcel a Otegui.

Fue quien instruyó casos como el accidente del Yak-42 en el que murieron 62 militares. Diríase a veces, mirándolo, que no le disgusta nada ese papel, el de huracanado, polémico, controvertido. Tampoco le disgusta destituir contra la ley a coroneles de la Guardia Civil. Un hombre fiel a sí mismo. Y a Sánchez. Sobre todo.

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