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Matías Vallés

Dolores Delgado | exministra de justicia y ex fiscal general del estado

Matías Vallés

Ha exhumado a dos jefes de Estado

Dolores Delgado certificó como notaria mayor del Reino la exhumación de los restos pulverulentos del Generalísimo Franco, que sobrevoló Madrid en posición firmemente horizontal bajo la mirada irresistible de la primera ministra de Justicia de Pedro Sánchez. El ceremonial se desarrolló con visos de homenaje póstumo al antepenúltimo Jefe de Estado, aunque no logró rescatar al dictador del olvido, según pretendían a la vez tanto las derechas como las izquierdas más montaraces.

A continuación, Dolores Delgado también exhumó al penúltimo Jefe de Estado. La investigación que capitaneó como fiscal general rescató a Juan Carlos I, enterrado en la arena del desierto arábigo por expresa voluntad de su hijo. No solo logró devolverle la vida y limpiarlo hasta de la última brizna de corrupción. También aseguró su fortuna y pretendió que fuera jaleado de nuevo con entusiasmo por los españoles en su apostólico desembarco en la costa gallega.

Por desgracia, los ciudadanos replicaron escandalizados ante tamaño esperpento, para repartir el descrédito equitativo entre la fiscalía y el monarca caído. Este rechazo generalizado sorprendió a Delgado celebrando el éxito de su gremio. Presumía de haber excavado fortunas regias que no reclamó, de descubrir tropelías coronadas que se había negado a investigar. Otra exhumación con homenaje incluido, una izquierdista alardeando del enjuague de un monarca irrecuperable para su propio hijo.

Un fiscal no debe instar un procesamiento que considera falto de sustento, pero mucho menos ha de resignarse a dejar de acusar por imperativo divino, para enorgullecerse a continuación de haber defraudado a la ciudadanía en cuyo nombre actúa. La fiscalía exculpó a una persona concreta de conductas que hubieran llevado a otros españoles a la cárcel, según los escritos de la propia institución. Dolores Delgado siempre ha suplido con determinación su ausencia de poderío intelectual, pero aquí incurrió en lo ditirámbico.

Así que pasen diez años, Delgado presumirá de que fue la ministra que expulsó a Franco del Valle de los Caídos, solo medio siglo después de su muerte. Es difícil encontrar a personas realmente impresionadas por la mudanza, pero la mayoría militan en Vox. En los exhaustivos cuestionarios psicológicos de Tezanos en el CIS, debe plantearse cuántos españoles con la inflación disparada al 10% mantendrán el voto a la izquierda en agradecimiento por la exhumación del tirano armado.

En contra de su propia idea de sí misma, Delgado ha sido una fuente inagotable de problemas para Sánchez. Ha reconocido por escrito la controversia interminable de su aterrizaje en el vértice de la fiscalía, se ha declarado víctima de una «oposición política» en el seno de la institución. En realidad, la deficiente calidad de los acusadores públicos del Supremo en el juicio al procés ya escandalizó incluso a los espectadores acostumbrados a los culebrones turcos.

Delgado se ha negado a reconocer que su continuidad era letal para la Moncloa. Ha esgrimido la salud para negar la rendición, se ha refugiado en el cuerpo falible contra el corporativismo triunfante. Ni siquiera en la destitución a petición propia se libera de las incongruencias. Está tan «rota» para el cargo que se apresura a buscar otro en la Memoria Democrática de infausto recuerdo. Tampoco Adriana Lastra podía continuar un día más como vicesecretaria general del PSOE, pero corría a abrazarse a su precioso escaño en la salud y en la enfermedad.

El elefante en esta habitación se llama Villarejo, que ha herido letalmente a la Justicia española al demostrar que la lucha contra la corrupción estaba teledirigida por los más corruptos. Mientras el sanedrín se obsesionaba con los comunistas de Pablo Iglesias y con los independentistas de Puigdemont, un policía horadaba el Estado con mañas y artimañas periodísticas. Todos confesaban a su vera. Delgado también figura entre los interlocutores del Villarejo equivocado, porque su referente debió ser el Carlos Jiménez Villarejo que creó la fiscalía Anticorrupción y acaba de publicar más de mil páginas de memorias.

Delgado no investigó la carnicería de la pandemia en las residencias porque «era una locura», presume de no dar «ni un paso atrás» en la lucha contra la violencia de género pero comete el error adicional de mencionar explícitamente a Vox. Como fiscal de la Audiencia Nacional contra el terrorismo yihadista, se empeñaba en desligarlo del islam. Acertó al negarse a la extradición del lanzador de alerta Falciani a Suiza, encarna a la perfección el dilema de un país obligado a elegir entre el cinismo de la derecha corrupta y la ingenuidad de una izquierda seráfica. La victoria está servida.

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