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La suerte de besar

Me siento bien cuando, valga la redundancia, intento hacer las cosas bien. Cuando cumplo las normas de tráfico y me paro en un paso de peatones. Me incomodan las triquiñuelas y, salvo que sea una injusticia flagrante, no cuestiono apoquinar una multa. A excepción de alguna que otra Benzodiacepina, no me automedico. Si voy a un médico, cumplo con sus prescripciones y le cuestiono poco o nada. No soy de las que exijo radiografías o que me receten lo que he leído en Dr. Google. Pago a Hacienda, no me escaqueo del trabajo y jamás de los jamases he timado a la Seguridad Social, ni me he puesto de baja sin un motivo de peso. Soy tan asquerosamente cumplidora que, si las instrucciones del colutorio indican que debo hacer gárgaras durante dos minutos, no lo escupo a los diez segundos, por mucho que escueza. Confío en las personas que cumplen. Me gustan.

Me siento bien cuando contribuyo a algo. No es necesario viajar a la India, basta con abrir los ojos y observar que a nuestro alrededor hay gente que necesita que le echen un cable. Creo que tenemos la obligación ética de contribuir, en la medida de nuestras posibilidades, al bien común. Si usamos un símil aplicado al ámbito doméstico, sería algo parecido a tener una actitud de barrer y fregar, también, el rellano del vecino y no solo acicalar el nuestro. Soy muy previsible. Me gustan los finales felices. Cuando los buenos ganan, los amantes logran estar juntos, los niños son felices, el futuro es prometedor y la justicia gana. Los finales en donde los más vulnerables son reconocidos y ganan los David frente a los Goliat me gustan especialmente. Por eso, la buena noticia de la semana pasada fue la sentencia que reconoce la titularidad del monasterio de Santa lsabel, en el centro de Palma, a las monjas jerónimas. Un espacio sobrio, austero y pacífico, habitado por esta orden monástica desde el siglo XV y que el Obispado inmatriculó en el año 2014, haciendo gala de ese comportamiento al que nos han acostumbrado en los últimos años de tratar de quedarse con más espacios de los que, aparentemente, les corresponde.

Un día, ellas decidieron trasladarse de su convento, que se les había quedado grande, a otro más pequeño de la misma orden para poder vivir en mejores condiciones y, al poco, el Obispado lo puso a su nombre. Han tratado de hacernos creer que las hermanas se han desentendido de un bien catalogado de interés cultural, pero no es así. Basta visitarlo para percatarse de que, durante estos años, lo han tratado con mimo, respeto y amor. Se han rodeado de voluntarios y profesionales que, sin elocuencias ni parafernalias, lo han mantenido en buen estado. Nos han hecho creer que tienen intereses especulativos, pero basta escucharlas para saber que no. Ellas, mujeres contemplativas, defienden su uso monacal y que continúe siendo un remanso espiritual en medio del bullicio. Las conocí hace años. Transpiraban esa fortaleza que tienen las personas cargadas de razones y a quienes mueven los buenos sentimientos. Qué pena que una parte de la Iglesia, la poderosa, la de casullas y la que baja tan poco al ruedo haya decidido emprender una batalla y alentar un espectáculo triste e innecesario. Tan poco de final feliz.

@marrerofuster

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