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Caleidoscopio

Medina y Luceño

En el olimpo de la corrupción española, ese en el que descuellan nombres como Luis Roldán, Mariano Rubio, Juan Guerra, Mario Conde, Jesús Gil, Bárcenas, Rodrigo Rato, Jaume Matas, Carlos Fabra, los de los eres de Andalucía, los de los trajes de València, Francisco Correa y el Bigotes, los de las tarjetas black de Caja Madrid, la familia Pujol, Alberto González, Francisco Granados, el comisario Villarejo, Tamayo y Sáenz, Julián Muñoz, el pequeño Nicolás, Urdangarín…, hay desde hace un par de semanas dos nuevos dioses, dos héroes cuyos nombres, Medina y Luceño, parecen más taurinos que otra cosa pero que responden al perfil más puro del corrupto español, ese que viene por vía directa de la picaresca del Siglo de Oro aderezado en su caso por unas gotas de sangre aristocrática y por las gafas de pasta de escuela de negocios internacional de los dos neófitos. Medina y Luceño, Luceño y Medina, como Faemino y Cansado o Rinconete y Cortadillo en otros terrenos, forman ya un tándem inseparable, una unidad de destino en lo universal de la corrupción, tan llena de binomios y parejas. Por más que lo deseen ya siempre caminarán juntos, bien sea a la cárcel o bien a la mitología popular de la infamia.

Cuando uno cree que este país ya no puede dar más de sí llega alguien y lo desmiente. Cuando la comisión por las mascarillas del hermano de la presidenta de Madrid ocupaba todas las portadas de los periódicos (borrando de ellas al Rey emérito y a otros protagonistas de la crónica negra política), llegan Medina y Luceño y acaparan todos los focos por su desparpajo pijo y su porte chulesco, que les hace distintos a todos los anteriores. Durante unas semanas, hasta que aparezcan otros, Medina y Luceño, Luceño y Medina, serán los protagonistas de los telediarios, la comidilla de un país que ya no sabe quién le roba más, si los que protagonizan los telediarios y las tertulias o los que a su sombra engordan aprovechándose de su protagonismo. Porque lo que está claro ya es que en España, tras tanto caso de corrupción, esta ya no es una excepción sino la norma generalizada de comportamiento del Rey emérito abajo y de un extremo a otro del país. Si no, podemos seguir añadiendo nombres, no necesariamente de gente famosa, puesto que también la común se comporta igual cuando puede: el profesional que no te da factura, el que te pide en b parte de una compraventa, el que oculta su patrimonio a Hacienda, el que presume públicamente de no pagar impuestos o de pagar menos de los que debería mientras reclama al Estado unos servicios públicos de calidad.

Alguien se molestará por verse aludido en esta relación o por considerar que la descripción que hago de España no es muy positiva, pero uno es el primero en dolerse por ella y en ver que cambian los tiempos pero la picaresca y el esperpento siguen con nosotros. Mientras los alemanes alumbraron el romanticismo, los italianos la ópera, los franceses la Ilustración, los ingleses la tragedia shakespeariana o los norteamericanos la épica de la conquista del Oeste, nosotros hemos aportado a la cultura universal dos géneros literarios que nos definen, la picaresca y el esperpento, que si permanecieran solo en los libros serían motivo de orgullo, pero que como permean aún nuestra convivencia se convierten en una lacra difícil de soportar en tanto que nos empobrece, y no solo económicamente. También en lo moral y en la autoestima como pueblo, teniendo que soportar siglo tras siglo una maldición que no merecemos, por lo menos muchos no la merecemos.

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