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Preguntaban el otro día en Twitter algo que me llamó la atención: «¿Por qué hace treinta o cuarenta años, con un trabajo normal, te podías independizar, alquilar o comprar un piso normal, tener coche, algún caprichillo y hoy en día es imposible?». Con ese cuñadismo tan propio de la citada red social, rápidamente se organiza una con tres o cuatro tesis doctorales de doscientos caracteres que arrastran por el suelo los argumentos de la anterior.

Será que hace cuarenta años un piso más o menos apañado te costaba dos millones de pesetas, unos doce mil euros que hoy es muy difícil reunir y que no te permiten ni dar la entrada, ni amueblarlo. Con un único sueldo se criaba entonces a tres hijos y el pisito quedaba pagado en diez años. Hoy dos sueldos no alcanzan para nada. Ha subido y sube todo de una forma exageradísima, mientras que los salarios se han quedado estancados.

El capitalismo sencillamente ha ido evolucionando y adaptándose a las necesidades e inquietudes del currito. Ni siquiera es un fenómeno exclusivo de España. Los contratos laborales han cambiado a peor y el mercado laboral se ha flexibilizado hasta lo imposible. Crisis mundiales inventadas, cuando no oportunas guerras, empobrecen un poquito más a las clases medias y aniquilan a las economías que quieren ir levantando la cabeza. Al frente de todo, gente que no sabe uno qué mérito tiene para llegar a donde ha llegado, elementos que dirigen ciudades, regiones y países, sin más mérito que lanzar cuatro soflamas en sus redes. Mientras, adormecidos, asistimos a un cambio de mentalidad generacional: del ahorro al disfrute.

Será que hace cuatro décadas no consumíamos tanto. No teníamos móviles que nos costaban más de 400 euros. No teníamos ordenador ni tablet. Tampoco había que pagar internet. La ropa que comprábamos nos duraba décadas y se heredaba durante generaciones. Como mucho se zurcía. Existían los cursos de corte y confección, y siempre había una mercería para comprar rodilleras para los pantalones. ¿Coche? Hace cuarenta años había quien tenía uno.

Lo mismo no comíamos dulces y comida basura a diario. Tampoco refrescos ni alcohol. Tampoco frecuentabas tanto los restaurantes, y pasaban años y no habías ido a un concierto o al teatro. No se iba de cañas todas las semanas. Se viajaba en las vacaciones de verano, como mucho, y contadas personas habían puesto un pie fuera de España, y no digamos de Europa.

Me hace reflexionar una persona respecto a los viajes que hacíamos hace unos años y los que se hacen ahora. Yo hasta que no cumplí los 24 no hice mi primer trayecto solo en avión. A Madrid, no vaya a creerse. Hoy con 16 años se sientan en una terraza sin complejos a echarse un bocata y unas tapas. ¿Los viajes? El más bobo se ha ido a Nueva York con colegas.

A la peluquería ibas una vez cada mes y medio, con suerte. Nadie se había hecho nunca un tatuaje ni cosa parecida. Tampoco íbamos al gimnasio con asiduidad, ni consumíamos productos dietéticos más allá de la leche con gofio. Los niños no practicaban carísimas actividades extraescolares y se limitaban a jugar a la pelota o al escondite en la plaza, básicamente no había nada parecido a los videojuegos.

Será que nos hemos vuelto cómodos y nos gustan ciertos pequeños y grandes lujos que son totalmente incompatibles con el ahorro.

Será que los pequeños y grandes lujos se comen el cada vez más exiguo sueldo del actual currito, que prefiere hacer cualquier cosa antes que ahorrar para una vivienda que le tendrá amarrado toda la vida a una hipoteca, a mayor gloria de un sistema egoísta que no sabemos ni cómo ni por qué aguanta en pie. Será.

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