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José María de Loma

El libro perdido

El otro día me puse a buscar un libro cuyo argumento me había venido de repente a la cabeza. Tras un buen rato indagando entre el desorden que ha de ser toda buena biblioteca me di por vencido. Tal vez había prestado el libro o me lo habían robado. O lo olvidé en un tren o un bar. Quizás se hallaba en algún otro lugar de la casa, que no es tan grande pero cuyas posibilidades de ser desordenada son infinitas. No aparecía. Decidí cambiar de asunto mental y me hice un té, pero como el té no me gusta deduje que seguía pensando en lo mismo. Por primera vez en mi vida si alguien me dijera «siempre estás pensando en lo mismo» se habría equivocado de respuesta. Esta vez estaba pensando en el libro. Tenía el lomo negro, lo cual no es mucho decir. Era delgado. En el mundo de los libros no está tan bien visto como en el de los humanos eso de estar delgado. Pero yo siempre he tenido debilidad por las delgadas historias. Reanudé la búsqueda. Cajones. Recovecos. Armarios. La cocina. También busqué en la alacena pero solo para poder escribir hoy aquí la palabra alacena, que a ver si con tanto ajetreo se nos va a olvidar. Nada.

Dimitió el día y llegó la noche. Me fui a la cama con la desazón de no hallar el libro y en un duermevelas en el que ya no supe distinguir sueño y verdad pensé que en realidad ese libro no existía y que ese argumento no había sido escrito. Salté de la cama. Pero como salta la gente de la cama en las películas, no un salto cualquiera. Y me senté delante del ordenador. El problema era que como estaba tan oscuro en realidad me había sentado delante del exprimidor, cosa que no comprendí hasta que no me dio por encender la luz, que para eso se ha inventado la luz. Me hice un zumo de pomelo. Luego me resitué en una silla, esta vez sí, delante de la computadora y comencé a escribir, a esbozar y esquematizar ese argumento. Fluía.

Ahora temo que amanezca y no saber si duermo, escribo, sueño o todo lo contrario. Y a ver qué argumento en el trabajo para decir que no puedo ir porque he pasado una mala noche. Una mala noche de libro.

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