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Óscar Izquierdo

Don Funcionario

Vamos a dejar todo claro desde el principio, para evitar malentendidos, porque algunos suelen ser insidiosos. Dar la vuelta a lo que se quiere, es fácil cuando hay mala intención. Por eso, quiero aclarar diáfanamente, que siempre he sostenido, que las generalizaciones llevan grandes dosis de error, porque no se puede hablar de todos por igual, cuando sabemos que, precisamente somos muy diferentes o meter todo en el mismo saco, sin clasificar previamente lo que se introduce. Por lo tanto, cuando me refiero a los funcionarios empoderados, no estoy señalando al conjunto, sino algunos que, por cierto, son los que dan mala fama a la inmensa mayoría, de los buenos y profesionales empleados públicos.

No sólo los empresarios tenemos que soportar sus insolencias, sino también, los ciudadanos, que incluso están más indefensos. En la Función Pública, hay verdaderos expertos, que se gastan literalmente en su trabajo, incluso haciendo más, para compensar lo que algún compañero siempre hace menos. Los listillos, suelen ser muy astutos, avispados, especialmente ladinos, sobre todo, para escaquearse del trabajo. ¡Cuántas bajas a lo lumbago o depresión!, especialmente para no firmar el expediente o licencia que no le apetece conceder. No importa el trámite que tengan que hacer, ni si detrás del mismo hay inversiones millonarias, que significaría trabajo, empleo o bienestar social. Se la traen al pairo, porque su nómina no sufrirá ningún descenso, es más, algunas veces parece que disfrutan retrasando lo que tiene que hacerse con prontitud.

Empoderar significa literalmente dar a alguien autoridad, influencia o conocimiento para hacer algo. Es verdad que se gana a través del sacrificio, que significa estudiar, sacar unas oposiciones, capacitarse y estar continuamente reciclándose. Tiene mucho valor y hay que reconocerlo sinceramente, porque lo que cuesta debe tener fruto abundante. Por otro lado, tenemos a los que no muestran interés en ponerse al día, se saben todo desde siempre, como la antigua Enciclopedia Espasa-Calpe, que termina apolillándose. Con soberbia, se creen intocables, porque tienen un trabajo fijo, incluido el plus de productividad que, por cierto, no se mide. Son los que dicen en plan mayestático la famosa y repetida frase de «yo hago lo que me dicen, pero como quiero y cuando quiera, porque al final, el político cambia y yo me quedo» y permanecen tan a gusto como un pato en un charco de fango. «Todos los empleados públicos deberían descender a su grado inmediato inferior, porque han sido ascendidos hasta volverse incompetentes», sentenció el filósofo español José Ortega y Gasset; el sabrá porque lo dijo.

Voy a poner un ejemplo anecdótico, que he visto y leído en una red social, claramente en una cuenta falsa, pero que es cuanto menos sintomático o ilustrativo de lo que se siente. A lo mejor, se ha dado el caso alguna vez, tal como lo cuenta la señora o de forma parecida. Comienza diciendo: «Difusión. Tengo 57 años. Llevo trabajando para la administración toda la vida. Me acaban de denegar por tercera vez la prejubilación porque tengo que esperar a los 60. Voy a empezar a cogerme bajas hasta que cedan. ¿es necesario llegar a esto? Triste y decepcionada», literal, aunque parezca mentira, imagínense los comentarios.

No vamos a caer en el catastrofismo del escritor italiano Dino Segré, que decía «los funcionarios son los empleados que el ciudadano paga para ser la víctima de su insolente vejación». Pero si es verdad que los empresarios estamos hartos de que las interpretaciones personales, las peleas internas competenciales, la incapacidad para buscar soluciones, pero si encontrar problemas, imposibiliten que salgan adelante grandes proyectos, para reactivar nuestra economía, crear empleo y mayor calidad de vida.

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