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Joaquín Rábago

China está observando lo que ocurre

Desde la retaguardia, China observa lo que sucede en torno a la guerra de Ucrania y trata de aprender la lección para el día en que considere que ha llegado el momento de recuperar Taiwán.

Mientras tanto, el régimen de Pekín se seguirá armando porque aún le falta mucho para alcanzar militarmente a Estados Unidos, como está a punto de hacerlo ya en el plano económico. Pero China no tiene prisa.

La guerra ilegal de Ucrania no sólo es una tragedia para un pueblo que siempre ha tenido lazos muy estrechos, incluso familiares, con el pueblo ruso, sino que va a tener profundas consecuencias en el tablero geopolítico.

El intento de aplicación en esa parte de Europa de la doctrina Brzezinski, el que fue consejero de Seguridad Nacional del presidente de EEUU Jimmy Carter, consistente en impedir un nuevo imperio ruso con una Ucrania sometida a Moscú ha tenido el efecto negativo de acercar aún más a Rusia a su vecina China.

Aislada por Occidente como castigo a su invasión ilegal del país vecino, la Rusia de Putin no ha visto otra salida que la aproximación a la económicamente mucho más poderosa China, país con el que ha tenido más de un peligroso conflicto fronterizo, además de ideológico, en el pasado reciente.

Como le ocurre a Rusia con la ampliación de la OTAN a los países que durante toda la Guerra Fría habían formado parte del Pacto de Varsovia, China se enfrenta en la región del Indo-Pacífico a otro pacto militar occidental: el formado por Estados Unidos, Australia y el Reino Unido.

China, que siempre ha defendido en la ONU la inviolabilidad de las fronteras y la no injerencia en los asuntos internos de otros países, no puede estar lógicamente de acuerdo con la invasión rusa de Ucrania, que contradice esos principios.

Al mismo tiempo, sin embargo, los autócratas de ambos países se han mostrado últimamente siempre solidarios y hablan de «la amistad inquebrantable» de sus pueblos. Más que un matrimonio de amor, es uno de conveniencia.

Pekín, que ha evitado en todo momento utilizar la palabra «invasión» para referirse al ataque de Putin a Ucrania, se ha manifestado públicamente en contra de las sanciones económicas a Rusia.

China y Rusia comparten una frontera de 4.200 kilómetros, y su volumen comercial alcanza últimamente los 147.000 millones de dólares, lo que representa un récord histórico.

China ha suspendido por otro lado las restricciones que tenía a las importaciones de trigo ruso, que compiten con las del cereal ucraniano, y se ha declarado dispuesta a comprar gas que Rusia no pueda vender ya a Europa por culpa de las sanciones.

Será en cualquier caso insuficiente porque al menos de momento China sólo compra aproximadamente a Rusia un décimo de lo que vende a los países europeos occidentales.

Según la agencia de noticias Bloomberg, China está pensando además en hacerse con participaciones en empresas rusas, entre ellas la gasista Gazprom.

Más complicado lo tienen otros sectores de la industria: así, por ejemplo, EEUU ha amenazado al fabricante chino de semiconductores SMIC con vetarle el acceso a la tecnología norteamericana que necesita si viola las sanciones a Rusia, que prohíben exportar chips a ese país.

En cualquier caso es mucho más lo que une a Rusia o China de lo que pueda separarlos. Y eso es algo que no es de ninguna manera nuevo sino que se ha visto sólo reforzado por los intentos hegemónicos de EEUU.

Los dos países fundaron ya en 1996 con Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán el «grupo de Shanghái», rebautizado como «Organización de Cooperación de Shanghái» y cuyo principal objetivo es hacer de contrapeso a la que sigue creyéndose única superpotencia.

Rusia y China se opusieron también en su momento a las llamadas «revoluciones de colores», apoyadas por EEUU, en países que habían sido de la URSS como Georgia, Kirguistán y la propia Ucrania.

Y, como explica el profesor de la universidad británica de Warwick Peter Ferdinand en la revista International Affairs, las políticas de gobernanza de ambos países se acercan cada vez más.

Y es que si tras la disolución de la URSS, el Kremlin se inspiró en un primer momento en las recetas neoliberales norteamericanas – privatizaciones y libre competencia–, hoy Putin está más en la línea china de dar la máxima importancia al Estado en la gestión de la economía.

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