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EL DESLIZ

Si Ayuso fuese Adolfo

Me pregunto si la contienda civil desatada estos días en el PP se puede mirar con perspectiva de género, o con las gafas lilas, como solemos decir cuando se aproxima el 8 de marzo. Si esta inusitada guerra de Troya conservadora ha estallado precisamente porque Isabel Díaz Ayuso es una mujer. Es decir, porque Pablo Casado no ha podido tolerar el irresistible ascenso de una mujer que ha encontrado, estridente o no, su propia voz cantante. Ignoro si el líder popular habría querido atar tan corto a su amigo Adolfo, al que conocía de toda la vida porque los dos empezaron en las Nuevas Generaciones y jamás trabajaron en algo distinto a la política, empezando por cargos de poca monta y acabando en responsabilidades inimaginables para sus capacidades y currículos. Adolfo, un colega de la máxima confianza cuya carrera impulsó Pablo en cuanto le fue posible, pero siempre que se mantuviera un escalafón por debajo de él. Si luego hubiera ninguneado solo por celos a un Adolfo victorioso en las elecciones, negándole el control de la porción del partido en su territorio, un poder orgánico que todos los presidentes de comunidad autónoma poseen. Si se hubiera atrevido a poner en riesgo, y luego directamente a desperdiciar, el caudal de simpatías y votos generado por un Adolfo populista, desprejuiciado y capaz de conectar con el malestar de sus ciudadanos. Un Adolfo con carisma capaz de contener el caudal de testosterona y mensajes facilones procedentes de la ultraderecha que anda seduciendo al electorado de la derecha espiado por los suyos por sospechas de nepotismo. En definitiva, no sé si a Pablo Casado le hubiera podido desquiciar un hombre hasta el punto en que lo ha hecho Isabel Díaz Ayuso, provocándole unos irrefrenables deseos de acabar con ella, aunque de paso se inmole él mismo, su guardia pretoriana de ineptos estrategas, y todo el partido detrás. Nadie se cree que haya perseguido la corrupción, que lleva décadas sin importarle al PP y que no denunció oficialmente. De manera que solo nos queda una explicación emocional y personal del conflicto que ha dinamitado el PP por dentro. Envidia, rabia, y te vas a enterar de quién manda aquí. Tal vez Adolfo se hubiera callado cuando desde Génova le ordenaban hacerlo, pero a Isabel Díaz Ayuso no se le da bien estar a la sombra porque siempre se le han jaleado sus salidas de tono trumpistas. Es una maestra, además, del martirio y la exteriorización de sus problemas y así se presentó ante la audiencia, perseguida con crueldad por el enemigo a la izquierda y encima por sus propios compañeros. Pidió un jurado popular que la ha absuelto, ya se encargará la fiscalía de archivar por falta de pruebas el escandaloso contrato de compra de mascarillas en plena pandemia que benefició a su hermano. Ha ganado la batalla y posiblemente la guerra.

Están los barones, es decir, los varones conservadores intentando enfriar un infierno desatado por choque violento de dos egos con poco armazón intelectual que podrían haber convivido, si hubieran querido darse tiempo. Ha resultado llamativa la ausencia de mujeres en cargos ejecutivos dispuestas a dar su opinión a lo largo de esta crisis. Solo las que no tienen nada que perder, Esperanza Aguirre y Cayetana Álvarez de Toledo, se ha pronunciado a favor de Ayuso contra el canibalismo popular. Las demás han debido resignarse a las segundas filas, para no hacerse notar y evitarse una bala perdida. Como ha venido ocurriendo en la historia del PP, la persona de consenso para dirigirlo vuelve a ser un hombre, Alberto Núñez Feijoo, un tipo adornado con esa virtud tan femenina de la discreción, que Pablo Casado hubiera anhelado en la amiga que se volvió rival.

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