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Daniel Capó

Adiós, Pablo Casado

En la vida pública existía antaño algo parecido al pudor. Como todas las reglas no escritas, el pudor tenía mucho de virtud adquirida y se aprendía en casa tanto o más que en la calle. Esta autocontención limitaba el exhibicionismo gratuito del dinero, la ostentación fatua del nuevo rico. Tan importante como ser honrado era parecerlo, o quizás incluso más, si pensamos en el peso social de la ejemplaridad. La cultura del pudor buscaba limitar el ridículo, al tiempo que ejercía de muro de contención frente a los excesos. El pudor constituía también un estilo, una forma de relacionarse con el mundo y con uno mismo. Lo que para algunos era una forma de hipocresía burguesa, para otros suponía uno de los pilares de la civilización. Bien, no entremos en estas disquisiciones, que son propias de los haters que abarrotan las redes sociales, sino limitémonos a señalar lo obvio: en la vida social es fundamental respetar unos límites que no son meramente los legales y cuya práctica, a menudo avalada por la costumbre, se ha mostrado útil a lo largo del tiempo.

El declive del pudor nos ha conducido a la desaparición de un debate público digno de tal nombre y a su sustitución por formas más primitivas de enfrentamiento. ¿No existían antes los celos, las envidias, el miedo, el rencor, el odio enconado entre adversarios? Por supuesto. Pero el tono de la conversación era otro, y esa diferencia permitía llegar a consensos y rebajar la crispación entre los ciudadanos, en lugar de atizarla o de mover a ese cinismo tan característico de los nihilistas. ¿Hubiera sido posible, hace apenas unos años, que el PSOE pactara el gobierno con Bildu o con otros partidos de cariz nítidamente populista? Lo dudo, del mismo modo que no me imagino al PP (un partido cuyos cuadros dirigentes se han nutrido históricamente de perfiles menos académicos que los de los socialistas) caer en un espectáculo tan obsceno de pulsión por el poder como el que hemos visto en estos últimos días.

Un espectáculo obsceno, en efecto, que tendrá (ha tenido ya) consecuencias definitivas para Casado y su equipo. Porque, después de tres años al frente del partido, Casado ya sólo podía confiar en el tiempo y en el desgaste de la imagen de Pedro Sánchez (un deterioro, por otro lado, manifiesto y cuantificable) para llegar a la Moncloa; y ahora –a Casado– ya no le queda tiempo ni el apoyo de su partido. El poder atrae. El poder desnudo, en cambio, irrita. En un mundo pudoroso, nada de eso hubiera ocurrido de puertas afuera, bajo la mirada de los votantes. El infantilismo, más pronto que tarde, se cobra su factura.

Tras Casado, crece la figura de Feijóo; en parte por eliminación y en parte porque, frente a los actuales dirigentes forjados en las NNGG del partido, sólo él cuenta con un currículum de largo plazo, experiencia de gobierno. Junto a Feijóo, asoma la figura de otro barón: Juan Manuel Moreno, cuyo éxito en Andalucía puede auparle al poder nacional. Parece lógico que la partida se juegue entre las tres grandes autonomías populares –Galicia, Madrid y Andalucía–, pero no deberíamos descartar la llegada de una tercera vía -¿Alejandro Fernández?-, que aúne a los barones. A saber. El cambio, en todo caso, ha llegado. El tiempo de Casado terminó.

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