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SANGRE DE DRAGO

Los olores de la Navidad

El olor de los recuerdos es de las experiencias más extrañas de nuestra memoria. Porque no solo recordamos imágenes e ideas, sino que hay momentos que evocan otros momentos cargados de sabores y de olores. Son memoriales grabados con el cincel de la emoción en nuestra biografía cerebral, en nuestra alma de papel que tantos escritos invisibles contiene y que, solo de vez en cuando, nos es permitida su lectura.

La leña quemada a fuego lento durante tantas horas en aquel rincón de la Finca el Cardonal, acompañada de las visitas frecuentes de mi abuela, revisando el fuego y renovando el agua; el olor a polvo levantado por las carreras juguetonas de los nietos mezclado con aquel empastado aroma platanero que dejaba en el aire la brisa después del riego; el aroma a mandarinas en mis manos, poseedor de un amargor que no continuaba en mi boca porque era diferente morder la cáscara que morder su carne; olor a sopa de pollo, a carne de conejo, olor a gallanía sin vacas, a corrales de cabra y a leche recién ordeñada. Miles de olores que han desaparecido hoy pero que quedan en este papel en blanco de mi alma que les leo.

Olores a ruidos y a conversaciones que no se entienden, a un abuelo que quiere jugar con nosotros y que al final nos contempla con una sonrisa sosteniendo la cachimba. Olor a tendedera de ropas limpias que ondean como la bandera escondida de una tribu. Olores de novedades permanentes y de sorpresas encontradas detrás del naranjero o de la higuera. Olor a aquel primer aguacate que manchó tanto mis labios porque su novedad limitaba la apertura de mi boca. Miles de olores. Miles de sabores.

Olor a ñame. ¡Ese extraordinario olor picante a teja hervida!

Olor a hermana, a primos y extraños. Olores, miles de olores. Aún recuerdo cómo se olía el jersey de alguien para descubrir de quién era. Porque somos identidad y olor. Olor a viña vendimiada y a hojas caídas en la tarjea. Olor a lagar que, como todo mortero, mantiene el olor de su trabajo, aunque se lave una y otra vez con agua limpia. Olores de madera fermentada y amontonada sirviéndole de sede a las telas de la araña.

El olor de aquellas sábanas dispuestas a soportar una siesta improvisada. Olor a mirlo cantarín y a bichos que buscábamos para verle revolverse en su jaula limitada. Y a cáscara de manzana, y pasteles, y a plátano colgado del techo de la sala. Y a rosquete, y a trucha, y a queso y a dulce de guayabo.

Y olor a ropa limpia y a Misa del Gallo y a la paja del Belén de la iglesia de San Marcos, y a incienso, y a beso sobre el yeso de la imagen. Olores de mi alma de papel.

En mi vida tengo muchísimos motivos por los que agradecerle a Dios: me ha privilegiado con extraordinarias experiencias personales, que me han hecho disfrutar de los sentidos y de la memoria. Pero, no les quepa duda, que estos recuerdos que evoco son uno de los mejores. No quisiera volver a ellos sino solo recordarlos, porque sería imposible que, de volver a ser vividos, tuvieran la fuerza evocadora que tienen siendo solo recordados. No quiero que se repita lo que ha sido vivido tan apasionadamente que ha dejado estas huellas en los pliegues de mi alma.

Porque nada será mañana igual que hoy. Por eso quiero vivir el hoy con la misma pasión con la que viví el ayer, inocente y pequeñito. Y sentir que quienes se sentaron en la mesa de esta Navidad fueron las mejores compañías, y que el beso repetido sobre otro yeso es el beso de la vida recordándome que soy memoria y recuerdo agradecido.

Y agradecer mis años, toda mi vida. Cargada de olores de recuerdos contenidos.

Feliz Navidad, lectores.

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