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con la historia

La mitificación del destape

Hace pocos días que se ha conocido la noticia de la muerte de la actriz Ágata Lys. Pese a que en su filmografía se acumulan éxitos televisivos y títulos rodados con directores tan prestigiosos como Mario Camus o Fernando León de Aranoa, todas las necrológicas han coincidido en destacar que fue una de las principales figuras del destape, junto a otros grandes nombres de la época, como María José Cantudo, Nadiuska, Victoria Vera, Blanca Estrada o Bárbara Rey.

Portada de un número de ‘Vindicación feminista’, de 1979.

El destape fue un fenómeno social y mediático que no puede entenderse sin tener unas mínimas nociones de la historia de España. Cuando en 1939 Franco impuso su dictadura nacional católica, la visión más retrógrada de la Iglesia articuló el discurso moral del país. Todo lo que no era censurado por cuestiones políticas lo era por ser pecado. Con la muerte del dictador, en 1975, se inició la Transición. A pesar de que el discurso oficial de ese periodo haya edulcorado el proceso hacia la democracia, inicialmente las élites no tenían ganas de ceder. Si lo hicieron fue por la presión popular, ejercida a través del activismo político y social. La ciudadanía quería libertad y la reclamaba en las calles. Quien mandaba tenía que hacer alguna concesión, y una de las primeras fue en el ámbito de la presunta libertad sexual. La historiografía tradicional de la Transición ha vendido el destape como su culminación, pero la realidad era muy diferente.

En palabras de la profesora de la Universidad de Zaragoza Carmen Peña Ardid, el destape no fue más que «la explotación visual del cuerpo femenino erotizado». O sea, que la libertad sexual era, nada menos, que los hombres pudieran encontrar mujeres desnudas en la películas, en el teatro y en las revistas. El fenómeno era visto con buenos ojos por los sectores progresistas, dominados, por supuesto, por líderes masculinos.

Desde la perspectiva actual, títulos de Ágata Lys como Las camareras, El erotismo y la informática o Deseo carnal son difíciles de digerir, pero tampoco se puede caer en el error de resolverlo diciendo que eran otros tiempos. Porque mientras las salas de proyección se llenaban de público, grupos feministas levantaban su voz para denunciar la situación. Sin embargo, sus opiniones fueron sistemáticamente despreciadas y ridiculizadas, tildándolas de amargadas o de puritanas.

La ventaja que tenemos ahora es que se está empezando a historiar el feminismo español de los años 70 y se está poniendo de relieve que ya había una clara voluntad de denunciar lo que ahora se define como el heteropatriarcado. Ellas señalaban que el destape era una capa de opresión masculina más, sumada a las que todavía se mantenían vigentes de los años del franquismo. Y es que, mientras Ágata Lys triunfaba en el cine, en España seguían en vigor leyes dirigidas directamente a reprimir a las mujeres. El Código Penal perseguía y castigaba el adulterio femenino, el aborto y la propaganda y venta de medicamentos anticonceptivos. Los dirigentes políticos de la Transición argumentaban que aquello eran cuestiones de la vida privada, que poco tenían que ver con la política, mientras que desde el feminismo tenían claro que no se podían separar ambas cosas.

En este sentido, no deja de ser sintomático que cuando ya se había aprobado la ley de amnistía, en octubre de 1977, aún fuese delito mantener relaciones extramatrimoniales, el divorcio estuviera prohibido, no fueran reconocidos los hijos fruto del adulterio o que la Seguridad Social excluyera los métodos anticonceptivos de la lista de medicamentos a los que daba cobertura.

Las mujeres tuvieron que salir a la calle y levantar la voz para que la clase política escuchara sus demandas y empezara a poner manos a la obra. Dado que los discursos oficiales de la Transición han hecho hincapié en las grandes figuras políticas, para así asegurar y justificar su consolidación en los lugares de poder, se ha tendido a quitar importancia al rol que jugaron los movimientos de base. Y en el caso de las mujeres esto es aún más flagrante. Ellas, más que nadie, han tenido que conquistar sus propios derechos. Una lucha que está lejos de terminarse.

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