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Muletas

A las horas en las que no hace mucho estaría entrando en un antro estoy hoy entrando en una ortopedia. No me gustan las muletillas, lastran el texto y denotan rigidez de pensamiento o falta de imaginación. En la ortopedia no tienen muletillas, salvo el «que tenga un buen día», que me resulta cargante y como impostada, copiada de las películas americanas. No tienen muletillas pero sí muletas, que es lo que necesito. No yo, mi señora, que tiene dos esguinces y no puede andar. No sin muletas. Siempre hay una primera vez. Recuerdo la primera vez que comí caracoles y la primera vez que dije «herrería». La primera vez que adquirí un libro de poemas y la primera vez que leí el término «capitidisminuido». Pues ayer fue la primera vez que compré unas muletas. Una y dos. Veinte euros. Me los reembolsarán, promete la dueña de los esguinces. No sé yo. Lo que sé yo es que no son ni las nueve y veinte y ya tengo dos muletas y veinte euros menos.

Escribir sobre muletas puede resultar ortopédico. Como he venido dando un tonificante paseo que me ha hecho jadear y ver más aceras sin baldear de la cuenta decido tomar el autobús. Subo y una señora que me ve con las muletas me cede el asiento. Le intento decir que no son para mí pero insiste y me da apuro llevarle la contraria, dado que su tono es muy imperativo. Entonces me siento.

El bus se va llenando y noto de pronto miradas recriminatorias de personas que van de pie. Debería levantarme y ceder el asiento pero el yo canalla que llevo dentro (el que ahora estaría en un antro) se palpa teatralmente el tobillo y pone gesto de dolor y dispone la muleta como si fuera él el usuario, o sea yo, con lo cual espanta ya algunas miradas dudosas. Utilizar unas muletas sin que te hagan falta da mala suerte, aunque peor suerte da ir de pie en un autobús portando unas muletas que no puedes utilizar como tal. O sea, que te expones a salir disparado en caso de frenazo porque has de usar las manos para llevar las muletas (en las que no te apoyas) y no puedes agarrarte al asidero. Pero la presión me puede y decido bajarme aunque falten tres paradas para mi casa. Me levanto y trato de abrirme paso entre tanta gente que puebla el autobús. Un señor se percata y dice a la concurrencia «dejen pasar a este pobre, que está cojo». Y entonces llego a la puerta y consigo bajar. Me llevo las muletas pero les dejo las muletillas: «por otra parte», gracias, «o sea», «que tengan un buen día».

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