El Domingo de Ramos, de tanto arraigo entre nosotros, es el pórtico de la Semana Santa. ¡Cuántas gracias debemos dar al Señor que nos concede el don inmenso de celebrar, un año más, los días de la Pasión, Muerte y Resurrección de su Hijo Jesucristo, que culminan en la Pascua y el Tiempo Pascual.

No sé si habrá en el mundo una fiesta que se celebre tanto: 40 días de preparación, la Cuaresma, y 50 de celebración, La Pascua y el Tiempo Pascual. ¡Así es la fiesta principal de los cristianos!

Este año tenemos que celebrar todavía estos días santos en medio de la epidemia: sin procesiones ni otras celebraciones en la calle. Sin embargo, cada uno de nosotros tenemos que aprovecharla al máximo en la medida que podamos. Ya sabemos que las celebraciones de los cristianos tienen su momento principal en nuestras iglesias y en el corazón de los fieles. Se ha publicado en la Diócesis, por parte de la Vicaría General, un documento con una serie de normas para que podamos celebrar cada día de la Semana Santa dentro de las limitaciones y circunstancias de de la situación en que nos encontramos.

Liturgia del Domingo de Ramos consta de dos partes: en la primera recordamos y celebramos la Entrada de Jesús en Jerusalén, y, en la segunda, tiene lugar la Misa de Pasión que nos introduce ya en lo que celebramos en la Semana Santa: la Pasión del Señor que culmina en la gloria de la Resurrección

En la primera parte es muy importante la Procesión de Ramos en la que tratamos de actualizar, revivir, y de dar testimonio de que Jesús de Nazaret es el Mesías-Rey, descendiente de David e Hijo del Altísimo, y al que aclamamos diciendo: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”. En las otras celebraciones de la Santa Misa en cada comunidad, se hace lo que se llama la “Entrada simple”, que consiste en un breve recuerdo del acontecimiento que celebramos para proseguir después con la Misa de Pasión. Este año, al estar suprimidas las procesiones, tenemos que celebrar en nuestras iglesia “la Entrada simple” sin distribución de palmitos y olivos, y hemos de suplir, de algún modo, lo que, en circunstancias normales, podríamos hacer.

Es propio de los cristianos el espíritu de superación para saber abordar las dificultades y acoger, de la mejor manera, el contenido de las celebraciones de estos días santos. Además, contamos con la ayuda inestimable de los medios de comunicación, especialmente, los de la Diócesis.

De este modo, el Domingo de Ramos nos centra en la Semana Santa: la Entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, aunque se celebre este año de un modo sencillo, prefigura su Resurrección gloriosa, que celebraremos, llenos de alegría, el Domingo de Pascua; y la Misa de Pasión nos centra en la Cruz, o mejor, en la Pasión del Señor, que es el centro de la semana.

La lectura más importante de este día es la Pasión del Señor según el evangelista de cada año o ciclo litúrgico. Este año B o II, se proclama la de San Marcos, que recoge en su evangelio las catequesis de San Pedro en Roma.

El Santo Hermano Pedro recordaba que su madre lloraba cuando se leía estos días, en casa, el relato de la Pasión de Jesucristo. Y así sucedía a mucha gente en los siglos pasados. También en nuestro tiempo hay muchas personas que la leen con intensidad y fervor.

Este día, los judíos llevaban a casa el cordero para celebrar la Pascua. Y, precisamente, este domingo, entra en su casa, en Jerusalén, “el Cordero de la Pascua Nueva”, el que quita el pecado del mundo, que va entregar su vida por nuestra salvación en la tarde del Viernes Santo, a la hora de nona, en la que los judíos sacrificaban el cordero para celebrar la Pascua judía.

Termino con el deseo ferviente de que, ante el gran don de Dios que constituye la Semana Santa para todos y cada uno de nosotros, sepamos corresponder acogiendo al Señor en nuestro corazón, especialmente, por la recepción de los sacramentos, y transmitiendo, de un modo o de otro, su mensaje con un testimonio ferviente y convincente de palabra y de vida.