La primera bobada alrededor del nombramiento de Carolina Darias como ministra de Sanidad es la insistencia –más bien babosa– en la influencia que en el ecosistema de poder socialista tiene Ángel Víctor Torres. Como si un presidente del Gobierno, y en especial al más presidencialista y menos sometido al control de su partido, Pedro Sánchez, eligiera a sus ministrables desde una terna que le ofreciera cada comunidad autónoma. En el sanchismo lo sustantivo, nuevo y eterno a la vez es el presidente y lo adjetivo es el partido. Felipe González toleraba al menos a Izquierda Socialista y sus sermones en las ejecutivas; Sánchez ni eso. Hace un año el Ministerio de Política Territorial era un decorado carísimo del Estado. Y lo sigue siendo. Darias no ha tenido nada que ver con los pactos y alianzas que desde el Gobierno se han realizado con ERC y Bildu con el cierre de acuerdos con el PNV a cambio de más dinero o transferencias competenciales: eso es política pura y dura, sórdida y buhonera, de la que se han ocupado otros en el Gobierno, en el PSOE o incluso en Unidas Podemos. En este tiempo Darias se ha preocupado en dejar claro a sus subordinados que ella es la ministra, la que manda, la que tiene claro que no aguantará a quien le falle, la no te equivoques conmigo, porque soy chiquitita, es cierto, pero muerdo, ñam.

Una de las cosas más extraordinarias que se han proferido en los últimos días es que Darias es una gran gestora que siempre ha apostado por el diálogo. No creo que sea una mentira: es una afirmación desvinculada de la realidad. En efecto, Darias asumió diversas jefaturas de servicio y de sección en los años noventa en la administración autonómica. Pero en los cargos públicos jamás ha asumido responsabilidades graves de gestión o lo ha hecho fugazmente. No hay mucho que gestionar como consejera del Cabildo grancanario o diputada regional. Tampoco como presidenta del Parlamento de Canarias o delegada del Gobierno. Cuando al fin llega a la Consejería de Economía y Empleo del Gobierno autonómico dura poco más de un año para ser sustituida por una Carolina Darias todavía más evanescente, Elena Máñez, efigie silenciosa que ha ocupado tantos cargos en los últimos diez o doce años que no se le recuerda con precisión en ninguno. Otra bobada realmente enigmática: la característica voluntad de diálogo de Darias. Es como inventarle unas condiciones inmejorables para la carrera de cien metros lisos o un conocimiento concienzudo de la literatura malaya. ¿De dónde sacan los propagandistas improvisados estos prodigios? ¿Dónde ha dejado muestras vivas de su amor por el debate, el sano intercambio de pareceres, la vocación por el entendimiento y el consenso? ¿De sus cuatro años como presidenta del Parlamento canario? ¿Había alguna otra alternativa por su parte que respetar el debate y las opiniones divergentes y cumplir el reglamento de la Cámara? ¿Cabía que impusiera el orden repartiendo hostias entre los diputados?

Por último, por supuesto, su condición de canaria. Como si un ministro canario, al menos desde el fallecimiento de Fernando León y Castillo, supusiera ventaja apreciable para los isleños. Darias, en su primer ministerio, no tocó ningún asunto de la agenda canaria ni con un palo. Escuchándola en los últimos meses sospecharía que ha visitado a un foniatra para diluir madrileñamente su acento y no quedar a almorzar nunca a las do.