21 de mayo de 2019
21.05.2019

Granos

21.05.2019 | 06:02
Juan José Millás

Descubrí en el cuarto de baño del hotel, junto al champú y al gel de baño, un tubo de crema hidratante. Ya lo había visto en otros hoteles, en todos para ser exactos, pero no había reflexionado jamás sobre el asunto. ¿Tanta gente deshidratada andaba por el mundo?, me pregunté ahora. Después de ducharme, movido por la curiosidad, extendí la crema por aquellas partes de mi anatomía a las que tenía fácil acceso sin experimentar ninguna sensación diferente a la del resto de mis miércoles. Tal vez, pensé, me habían puesto una crema hidratante que no hidrataba. Pero desconocía el modo de averiguarlo. Sé cuándo un gin tonic me hace efecto, cuándo un champú me lava la cabeza, o cuándo un betún para el calzado saca brillo a mis zapatos. Noto, incluso, cuándo un desodorante ha impedido realmente la transpiración. ¿Pero cómo comprobar que una crema hidratante te ha hidratado?

Entré en Google y di con un chat de gente obsesionada con la hidratación corporal. Uno de los participantes dijo que lo mejor para mantener la piel en el estado de humedad adecuado era vivir cerca de un río o de un gran lago.

-No hay crema que sustituya al agua -añadió.

-Pero yo ya me había duchado. Tal vez, si te duchas con regularidad, no necesites cremas. Se me ocurrió no obstante un gran negocio: vender frasquitos de agua del grifo con una etiqueta en la que pusiera: Agua Hidratante. Se lo consulté días después a un amigo que sabe de márquetin y me dijo que la expresión agua hidratante era una redundancia, como decir limón ácido, avión volador, o rueda rodante.

Entre tanto, cada vez que entraba en una farmacia para comprar pasta de dientes, me sorprendía la cantidad y variedad de cremas hidratantes expuestas en los lugares de privilegio del establecimiento, todas carísimas. No sabía si deducir de ello que la humanidad estaba deshidratada o hiperhidratada. En cualquier caso, y por no sentirme diferente, comencé a usar una cuyo frasco me atrajo por su diseño. Me salieron unos granos muy feos. Fui al dermatólogo, que, tras examinarlos con detenimiento, concluyó que tenía la piel deshidratada. Me recetó la misma crema que me había provocado la erupción.

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