La mayoría lo compara con el sonido hueco del motor de un avión, pero hay quien asocia el avance de los ríos de lava con un ronquido cansino que se fractura en cuanto se produce una explosión. Así vivieron la primera madrugada tras la erupción los vecinos más próximos a un fenómeno natural repleto de efectos visuales, pero con una voracidad aún insospechada: «Ha sido una noche larga», confiesan.

«La noche más larga». Así resumen los afectados por el infierno volcánico desatado el pasado domingo en La Palma cómo vivieron la primera madrugada tras las erupciones. Ellos conviven con las imágenes de una cita histórica y unas secuencias de destrucción incalculables. «Están hablando de un espectáculo lleno de belleza sin pararse a pensar en los daños que conlleva una crisis de esta magnitud», señala Katy Rocha, residente en Los Llanos de Aridane, sobre un episodio que va a dejar una profunda cicatriz social y económica.

A Katy le costó «cazar» el sueño. Estuvo horas pendiente de la ventana hasta que se rindió. «Lo tenía enfrente y solo recuerdo un sonido eterno que se rompía con las explosiones... Las bolas de fuego alcanzaron más de cien metros de altura y lo único que sentía era impotencia y rabia», añadiendo que «no entiendo cómo hay gente que solo habla de la hermosura de una erupción cuando estás viendo que la lava arrasa con las casas; con los sacrificios de muchos años y de muchas generaciones». Dominada por una situación de schock que no había experimentado nunca tan cerca, su primer recuerdo es para las personas que lo han perdido todo. «Se han quedado sin nada; esa tierra va a estar muerta durante décadas».

Diego Martín vive a menos de un kilómetro de distancia de Cabeza de Vaca, justo el epicentro de la fase eruptiva. Antes de regresar a casa estuvo haciendo y repartiendo bocadillos –a los efectivos del Protección Civil, guardias civiles, Policías Locales y UME– y mucho antes, por la mañana, un familiar colaboró con él en el traslado de un caballo y un perro hasta un lugar seguro. Responsable de un centro de rendimiento deportivo y recuperación de lesiones, otra de sus actividades está asociada con los Bomberos Voluntarios de El Paso.

«Con lo que tienes fuera de casa es imposible dormir... No sé cuántas veces me levanté por miedo a que se abriera otra boca y tuviera que salir corriendo», describe antes de puntualizar que «no fue una noche de pánico, pero sí para mantenerse despierto».

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Erupción en La Palma Andrés Gutiérrez

«Sin sueño y sin apetito»

A Miguel Ángel Pais, residente del barrio de Todoque, le tocó ir a recuperar durante la noche unos medicamentos y un vehículo a su primera residencia tras instalarse de forma precipitada en un piso alquilado en Tazacorte. «Es desesperante porque ves que no puedes hacer nada: te vuelves loco», comenta.

Kenia Rocha, prima de Katy, tiene una casa (está en una zona amenaza por la trayectoria de la lava) en Las Manchas de Abajo. Fue una de numerosas vecinas que asistió a las reuniones en las que se explicaron las pautas a seguir en caso de erupción. «Una cosa es que te lo expliquen y otra bien distinta observar la lava cerca de tu casa. Cuando ves el fuego el único sentimiento que tienes es de impotencia. Desgraciadamente se van a perder muchas propiedades que están en la trayectoria de la colada», presagia sin obviar que el ruido es insoportable: muy lento, pero constate», precisa.

«Es como si un helicóptero estuviera intentando aterrizar en la azotea». Así de contundente se expresa Óscar Simón cuando busca algo parecido con lo que poder comparar el rugido de la tierra. «Aunque sabes que estás en una zona protegida –él reside en El Paso–, es imposible no pensar en la angustia y pena de todas las personas que ven pasar el fuego por encima de sus casas. Escuchar al volcán enfadado es ensordecedor».

Ramón Álvarez aún regenta un pequeño establecimiento turístico situado a unos mil metros del punto por el que avanzó una de las lenguas de lava. El domingo acabó roto buscando soluciones para reubicar a un grupo de clientes (10 familias) y solo cuando llegó a casa fue consciente de la magnitud de la catástrofe. «Sé que esto va a llamar la atención del mundo, pero lo que se está viviendo es desolador», avanza el gestor de un negocio que está ubicado entre La Laguna y Todoque. «Desde una azotea y, encima, de noche no eres capaz de valorar lo que se ha perdido y, sobre todo, lo que está a punto de perderse», abrevia sin perder la esperanza de que todo volverá en algún momento a estar igual que antes. «Cuando escuchas los ronquidos de la tierra se apodera de ti una sensación de empequeñecimiento que no es fácil de explicar. La naturaleza nos envía unas señales que no siempre se interpretan de la forma más adecuada», afirma buscando algún anclaje con lo ocurrido hace 50 años en el Teneguía. «Todos dicen que son dos erupciones completamente distintas y esta se quedará entre nosotros unos cuantos días. Ahora, toca reconstruir lo que el volcán se ha llevado por delante».

La lava sigue saliendo con fuerza del volcán de La Palma. El Día