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Alí Jameneí: el líder tranquilo (y plenipotenciario) de Irán

Irán ha tenido, en las últimas décadas, varias olas de protestas y manifestaciones masivas —como de 2009, tras la segunda victoria electoral de Mahmud Ahmadineyad—, pero nunca como en 2022 la República Islámica fue tan cuestionada por sus ciudadanos

El ayatolá Alí Jameneí, durante una ceremonia en Teherán el pasado 14 de febrero.

El ayatolá Alí Jameneí, durante una ceremonia en Teherán el pasado 14 de febrero. / EFE

Adrià Rocha Cutiller

La jardinería, la poesía y el estudio del Corán poco, a priori, tienen que ver. Pero un hombre —o eso aseguran y repiten sus representantes de prensa— los une todos. Además, aseguran y repiten, este hombre practica estos pasatiempos a diario, mientras no dirige a su país ni lanza soflamas en contra de Estados Unidos o Israel

Este hombre no es otro que el líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jameneí, uno de los líderes de Oriente Próximo más desconocidos a pesar de llevar más de 30 años en el cargo. Jameneí es, también, uno de los hombres más poderosos del mundo, y su palabra, a parte de ser ley en Irán, influye en otros países de la región: Hamás y la Yihad Islámica en PalestinaHizbulá en el Líbano, las Fuerzas de Movilización Popular en Siria e Irak y los hutíes en Yemen: todos estos grupos viven bajo la tutela de Irán y su República Islámica. 

Pero al llegar al poder, en 1989, Jameneí era otro. Alguien mucho más tranquilo e inofensivo, incluso algo moderado, como muchos pensaban: por ello fue elegido como sucesor de Ruhollah Jomeini tras la muerte del primer ayatolá de Irán. En la actualidad, sin embargo, Jameneí es considerado por los expertos como la máxima figura de la facción ultraconservadora y radical dentro de los estamentos de poder en Teherán.

Hijo de una familia de ocho hermanos en 1939 en la ciudad más religiosa de Irán, Mashhad, Jameneí eligió el camino de su padre y ya a los 11 años empezó sus estudios de teología para convertirse en clérigo. Fue durante su época de estudiante cuando el futuro líder supremo entró en el movimiento político islamista contrario al shah de Persia, Mohammed Reza Pahleví, lo que llevó a Jameneí a pasar por la cárcel hasta en seis ocasiones. 

Todo cambió, sin embargo, en 1979: Ruhollah Jomeini voló de París a Teherán, la revolución triunfó y el país, en cuestión de días, pasó de ser una monarquía laica gobernada por militares castrenses y afeitados por norma a una república islámica liderada por clérigos y hombres con barba por obligación.

Superviviente

En 1981, en una conferencia, el clérigo fue víctima de un atentado, en el que perdió el uso de su brazo derecho. Pero en este nuevo país, Jameneí estaba destinado a lo más alto: "Sentí que estaba a las puertas de la muerte. En los días siguientes, me pregunté por qué había sobrevivido. Ahí me di cuenta que Dios, por alguna razón, quiso que sobreviviese", dijo meses después Jameneí. 

Aún recuperándose, en octubre de 1981, el clérigo fue elegido presidente, un cargo que le sirvió de trampolín para, ocho años después, convertirse en el segundo líder supremo de Irán, después de la muerte de Jomeini. 

"No hay, probablemente, otro líder en el planeta tan importante en los asuntos mundiales que sean tan poco comprendido como Jameneí. Ni un dictador ni un demócrata, pero con trazas de ambos, Jameneí es el hombre más poderoso en un régimen autocrático altamente fraccionado como el iraní", escribió en un informe del think tank internacional Carnegie el experto Karim Sadjapour. "A pesar de que no toma decisiones solo, ninguna decisión política puede ser tomada sin su consentimiento. Jameneí ha gobernado su país a base de consensos [entre el alto clérigo chií] en vez de a través de decretos, y su mayor prioridad ha sido siempre la supervivencia del sistema teocrático", añadió.

Discutido en la calle

Irán ha tenido, en las últimas décadas, varias olas de protestas y manifestaciones masivas —como de 2009, tras la segunda victoria electoral de Mahmud Ahmadineyad—, pero nunca como en 2022 la República Islámica fue tan cuestionada por sus ciudadanos.

En las calles de todo el país, encendidas tras la muerte de la joven Mahsa Aminí, los manifestantes no solo clamaban por el fin del velo obligatorio, sino que iban mucho más allá: el eslogan 'muerte al dictador' era tan o más pronunciado que el famoso 'mujer, vida y libertad'. 

El dictador, por supuesto, no era otro que Alí Jameneí. Un año después de la muerte de Aminí, sin embargo, las protestas han sido sofocadas a base de violencia, muerte y detenciones masivas.

Los rumores, ahora, son muchos: Jameneí, de 84 años, está supuestamente enfermo, y la República Islámica se encuentra, en la actualidad, buscando un sustituto. Los ojos se centran en el actual presidente iraní, Ebrahim Raisí, que podría seguir los pasos de su antecesor: pasar de la presidencia a la oficina del líder supremo. Raisí, de hecho, fue escogido para su cargo por su cercanía —tanto ideológica como personal— a Jameneí.

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