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OPINIÓN

Glotofobia

«Todos hablamos español bajo la forma de un dialecto, y esta variedad dialectal, lejos de suponer un escollo para el funcionamiento de la lengua, es una enorme riqueza reconocida y aceptada»

Glotofobia.

Es la glotofobia un concepto reciente que surge a raíz de los estudios sobre actitudes lingüísticas que, muy oportunamente, las ciencias del lenguaje han revalorizado en los últimos tiempos. Tan nuevo es el término (de gloto ‘lengua’ y fobos ‘odio’) que aún no lo registran los diccionarios, aunque empieza a utilizarse en los trabajos de la moderna Sociolingüística con el significado de ‘discriminación a causa del acento’. Hemos de advertir que cuando en estos contextos se habla de ‘acento’ lo hacemos como sinónimo de ‘dialecto’, esto es del conjunto de las particularidades que caracterizan el habla de un determinado espacio geográfico: acento canario, acento mexicano o acento andino, por ejemplo. Pues podría entenderse en su sentido primigenio de particularidades fonéticas, rítmicas y melódicas del habla de una región. Glotofobia es, pues, odio, aversión o rechazo a ciertas modalidades lingüísticas o dialectos, por considerarlas inferiores, poco prestigiosas o marca de subdesarrollo económico y cultural de la sociedad que es usuaria de la modalidad en cuestión, pues las sociedades cultas y desarrolladas hablan la lengua, no un dialecto, es lo que se dice.

No vamos a entrar ahora en las razones que han llevado a que se produzca este tipo de discriminación, pues las causas pueden ser de distinta índole: históricas, políticas y económicas, fundamentalmente, aunque sí podemos afirmar con rotundidad que no existe ninguna razón de tipo lingüístico para que las modalidades de una lengua presenten por igual la legitimidad y el prestigio que por razones subjetivas suele hurtárseles. Para entender la inconveniencia e inconsistencia de estas indeseadas actitudes empezaremos por afirmar que todos los hablantes de una lengua utilizamos un dialecto: nadie habla la lengua, que, aparte de constituir una pura abstracción, no es otra cosa que el conjunto de modalidades dialectales que la integran, entre las que existe, por supuesto, una lógica inteligibilidad. Y esto ocurre con todas las lenguas de cultura; así, por ejemplo, todos los anglófonos, sin excepción, son hablantes de un dialecto, pues son evidentes las diferencias entre el inglés de Texas frente al inglés que se habla en Escocia, en Nigeria, en Sri Lanka o en Singapur. Del mismo modo, todos los hispanohablantes lo somos de una de las tres grandes modalidades del español europeo (canario, andaluz y castellano) o de las cinco del español americano (mexicano y centroamericano, caribeño, andino, chileno y austral). Todos hablamos español bajo la forma de un dialecto, y esta variedad dialectal, lejos de suponer un escollo para el funcionamiento de la lengua es una enorme riqueza reconocida y aceptada por todos los que no nos dejamos influir por prejuicios soberanistas y patrioteros: «La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección», reza el artículo 3.3 de nuestra Constitución.

Sin embargo, a pesar de estas razones que acaban de exponerse, existe la glotofobia, como existen, lamentablemente, la aporofobia, la homofobia o la xenofobia. Hay modalidades peor valoradas que otras y se producen situaciones de discriminación por esta injusta valoración: «prefiero para mi empresa un hablante mexicano que uno chileno; uno de Castilla antes que un andaluz o un murciano». Son situaciones de glotofobia que suelen darse, pues sitúan en un nivel de desigualdad social a las personas por razón de su «acento». El español de Canarias no queda muy mal parado en este ambiente glotofóbico generalizado, y, mientras que el acento andaluz suele calificarse con adjetivos valorativos como gracioso, chistoso, salado o incomprensible, el canario no sufre la carga de valoraciones negativas, aunque sí de una gran subjetividad: el acento canario es meloso, seductor, exótico, sugerente, suave, cariñoso, incluso sexy. El propio Gabriel García Márquez lo consideraba dulce: «Era fino de gustos y maneras con la dicción dulce de los canarios», así describe a un personaje de una de sus novelas.

Pero uno, que por propio interés puede tratar de minimizar aspectos poco valorados como el polimorfismo o el relajamiento de nuestra pronunciación, también es capaz de observar la realidad de que muchas veces hemos sido objeto de glotofobia cuando se nos analizaba desde fuera y no fuimos capaces de reaccionar ante consideraciones a veces denigratorias. Jamás manifestábamos ningún tipo de oposición o desacuerdo cuando en el aula nos enseñaban aquel dialecto foráneo: «Pronunciad bien, no digáis ‘senisa’, decid ‘ceniza’; este animal es un vencejo, y este otro una abubilla, nada de andoriñas y tabobos. Tened cuidado con el uso de los pronombres y la conjugación verbal: ‘Vosotros cantáis’, no ‘ustedes cantan’.» Y, en los medios de comunicación, los periodistas canarios (y de otros de dialectos meridionales) tuvieron que adoptar la norma septentrional para poder ejercer en los medios públicos de radio y televisión. La Administración, en general, también privilegiaba aquella norma foránea: no se entiende si no la gran presencia de hablantes con «acento peninsular» en los altos cargos del funcionariado. Y es que el seseo se consideraba un vicio de dicción y las aspiraciones de eses finales y de ges y jotas aran síntoma de una deficiente ortología propia de rústicos y personas de escasa cultura.

La glotofobia no ha perdido actualidad. El que más o el que menos puede recordar alguna anécdota de mal gusto en la que un hablante castellano recrimina algún rasgo de nuestro acento canario por no ser coincidente con el «prestigioso» modelo del centro norte peninsular. Me contaba un estimado amigo (antiguo alumno), hoy director de un medio nacional en su delegación en las Islas, que recién llegado a la redacción un joven periodista peninsular ya le había dado la primera lección de buen hablar, pues le indicó a nuestro muy competente locutor lo siguiente: «Es que vosotros, los canarios, no sabéis pronunciar vuestros propios nombres, porque decís [yaisa], [tasacorte], [sebensuí], [aserina], [guasimara], [nauset], cuando debéis pronunciarlos con la interdental, pues con z o con c se escriben». Ignoraba el osado fonetista que los nombres Yaiza, Tazacorte, Zebenzuí, Acerina, Guacimara y Nauzet eran antropónimos de origen prehispánico, y, aunque mantuvieran esas grafías, jamás representaron al fonema interdental fricativo sordo.

No faltan las ocasiones –las menos—en que son los propios canarios quienes se avergüenzan de nuestro propio acento, que es «feo» y prefieren «hablar castellano», por más que estudios objetivos revelan un radical cambio de actitud, sobre todo con la publicación, a partir de los setenta, de trabajos sobre las hablas canarias, y con la creación de la Academia Canaria de la Lengua en el año 2000. «Los canarios valoran la variedad vernácula de manera abierta como positiva y prestigiosa», en opinión de la catedrática de la Universidad de Málaga, Susana Guerrero Salazar, en su esclarecedor trabajo Análisis comparativo de las actitudes lingüísticas sobre las modalidades andaluzas y canarias en la prensa española (en Moderna Sprak, 2020).

No voy a pecar yo de glotófobo discriminando a quienes rechazan su propia norma y se apuntan al estándar del español septentrional, que consideran más prestigioso, y porque, posiblemente se aproxima al ideal de acento neutro, inexistente pero que muchos reclaman. Yo prefiero la variedad de dialectos, pues ahí reside la enorme riqueza de nuestro idioma y detesto la glotofobia, esto es, rechazo las actitudes puristas y uniformadoras. Prefiero el mestizaje y la variedad que es lo connatural con la esencia de todas las lenguas.

Repito que soy respetuoso con las soberanas decisiones de cualquier hablante, aunque creo que andan un poco desnortados.

Ellos se lo pierden.

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