06 de octubre de 2019
06.10.2019

Francisco Rodríguez: "La mitad de los niños que nacen en España están criados con nuestra leche de biberón"

"Las dietas veganas comienzan a provocar casos serios de osteoporosis y raquitismo, y se están lanzando mensajes peligrosísimos sobre la lactosa, un carbohidrato magnífico"

06.10.2019 | 04:21
Francisco Rodríguez, en su fábrica de la localidad de Anleo (Navia), en el occidente asturiano.

"El consumo de queso no ha evolucionado, está anclado en los ocho kilos por habitante y año, muchos importados de Europa, probablemente por cuestiones económicas"

Muchos consumidores dirían que Reny Picot es una marca francesa. Sin embargo, nació con un pie en Asturias y otro en Madrid. Francisco Rodríguez, educado en el Liceo Francés, eligió ese nombre para comercializar en los años sesenta su primer producto: un queso camembert. Sobre ese pilar ha construido una empresa que vende quesos, mantequilla y leche en polvo casi a partes iguales. Es una de las primeras lácteas del país gracias a su presencia internacional. Abrió las puertas a los mercados exteriores muy pronto, en la década de los noventa. Las cuotas lácteas que se impusieron a España para acceder a la UE no le dejaron otro camino. Hoy, lamenta Rodríguez, el Norte paga todavía las consecuencias de aquella negociación.

¿Cómo impacta en la empresa la entrada de España en la Comunidad Europea?

Fue un mal asunto para el sector lácteo. A España le ponen una cuota que venía a representar entre el 60 y el 70 por ciento de nuestro consumo. Es decir, teníamos que comprarles a ellos ese 30 por ciento que faltaba.

¿Qué efecto produjo en su empresa?

El de decir: "Esto no hay quien lo aguante y tenemos que hacer cosas en el exterior, porque, si no, no es posible crecer". La internacionalización comienza ahí, si la cuota nos impedía producir teníamos que irnos fuera. Los ganaderos no podían crecer. Y si ellos no crecen, nosotros tampoco. Nos fuimos a México, donde seguimos haciendo suero, quesos, leche en polvo y butteroil, en Chihuahua, a trescientos kilómetros de la frontera sur de Estados Unidos. Es ese mismo país, cerca de Chicago, compramos una fábrica que hacía leche esterilizada. La transformamos en una fábrica de queso camembert y brie para el mercado norteamericano. Nos fue maravillosamente. Y de ahí, a Francia, a China, a Portugal, a Polonia...

¿Qué potencial de crecimiento han restado las cuotas?

Es difícil de suponer. Para cubrir el consumo interno español, nos han faltado dos mil millones de litros de leche todos los años. Lo multiplicas por treinta años y es una cantidad tremenda.

Y lo multiplicas por el precio y te hace un agujero en la balanza comercial.

Hay un hecho que todavía hace más grave ese asunto y es que, durante ese periodo, no hemos podido exportar. Lo hemos hecho algunos. Nosotros, por ejemplo, mantequilla. Pero en términos netos, no. Si nos falta un 30 por ciento de producción, lo que nosotros exportamos lo importa otro de más, o sea que, en términos netos, ha sido un desastre. No hemos podido hacer un mercado exterior. Y ahora nos encontramos con que desaparecen las cuotas y quienes tienen el mercado exterior -es decir, el de todos los países terceros- son los socios comunitarios que tenían cuotas tres o cinco o diez veces superiores a su consumo interno. Fue una jugada absolutamente pésima. Yo puedo reconocer y entender que, en términos globales, nacionales, el ministro de Agricultura y el presidente del Gobierno dijeran: "Vamos a sacrificar los productos de la ganadería en favor de los vinos, del aceite, de los limones o las naranjas". Pero lo cierto es que la sacrificada, en términos agrarios, fue la parte norte de España. Nosotros, como estamos en otros países, hemos compensado y el grupo en su conjunto se ha salvado. Es uno de los mayores grupos lácteos del país, pero lo es gracias a su mercado exterior.

¿Trabajan con leche y todos sus derivados?

Excepto yogur, todo lo imaginable.

Hacen incluso helados para importantes grupos multinacionales.

Es verdad. Nosotros nos ajustamos a lo que ellos quieren y lo cambian cuando les parece. Hacemos también alimentación infantil, leche para los biberones. Un 50 por ciento de los niños que nacen en España están criados a nuestros pechos.

¿Cuáles son las dificultades de la alimentación infantil?

De orden científico. Es un producto muy delicado, porque hay alergias y puede haber problemas bacteriológicos, como las salmonelas. Hay que tener mucho cuidado. En esa rama, es una industria casi, casi farmacéutica.

¿Se someten a una intensa supervisión?

Tremenda. Pero, o sabes tú lo que haces en tu casa y pones medios para controlarlo -no solo para investigar-, o... Si la supervisión tiene que venir de fuera, malo. Tus laboratorios tienen que ser el principal cancerbero de la producción antes de que salga a la calle.

Pero en España no hay alimentación infantil Reny Picot.

Tenemos relaciones con casi todas las marcas de productos infantiles. Con la nuestra también fabricamos este tipo de productos, pero como no podemos estar en la procesión y en el campanario a la vez, aquí no hacemos marca ¬propia.

¿Y hacia dónde va la innovación?

Ahí, estamos permanentemente alerta. Nuestro esfuerzo se dirige ahora a que comiencen a consumirse productos de alimentación infantil líquidos, que son estériles porque puedes calentarlos a muy altas temperaturas y envasarlos en condiciones estériles, en vez de en polvo. Ahí está el futuro de la seguridad. Ese cambio no es fácil, porque hay que romper con la costumbre. Hay que explicárselo al farmacéutico, al pediatra y, después, a la madre.

Incrementará los costes y, por tanto, el precio.

Incrementa los costes de transporte. Y de envasado también, porque, al ser líquido, el volumen es diez veces superior. Pero los que los comercializan tienen margen que pueden ajustar.

¿La innovación se centra solo en la leche?

La leche es una materia prima de la que se derivan infinitos productos. La cantidad de quesos, por ejemplo, es inmensa. Nadie conoce todos los del mundo. De modo que innovar en leche, aunque no sea nada más que en el capítulo de los quesos, es fácil. Se pueden hacer infinitos productos de la leche.

Tienen quesos premiados. ¿Eso se traduce en ventas?

A la larga sí, pero, o lo apoyas con publicidad, o tiene un conocimiento relativo por parte del mercado. Y nosotros no hacemos publicidad.

¿Cómo ha evolucionado el consumidor español?

En los quesos, por ejemplo, estamos anclados en los ocho kilos por habitante y año desde hace treinta años. Y la industria ahí no tiene responsabilidad. Hace más de treinta años que está abierta la frontera y buena parte de los quesos que se consumen aquí son de importación. Ahí se quedó anclada la producción española de quesos, probablemente por cuestiones de orden económico, y hasta ahora no ha habido forma de superar esa situación. Seguimos con ocho kilos por habitante y año, procedentes de todas las partes de Europa.

Tal vez nuestro paladar no esté hecho a ese sabor.

A los niños les gustan los plátanos. Todo queso tiene un sabor mucho más fuerte que un plátano. Si desde que son pequeños no les enseñas, su paladar no se acostumbra al consumo. Probablemente sea una causa. Y también que, como en el caso de la mantequilla, se los identifica como productos que están muy buenos pero no son saludables. Hablan de colesterol, de la grasa, y como todo el mundo opina de todo... En algunas páginas web se encuentran verdaderas aberraciones. Y, sin embargo, cuando viajas en algún avión procedente de París, al llegar a Barajas, cuando se empiezan a abrir los maleteros, se llena de olor a queso. Eso demuestra que a los españoles les gusta, pero a la hora de comprar... En el caso de los restaurantes, si bien es cierto que hay una tendencia a incluir la tabla de quesos como postre o aperitivo, no es una práctica tan extendida como en otros países.

¿Demanda el consumidor cada vez más información?

Sí. Hay dos elementos que intervienen en la alimentación y que han sido objeto de un conocimiento científico relativamente reciente, que son el gluten y la lactosa. Uno afecta a los cereales y otro a la leche. Son dos fenómenos nuevos. En este momento, hay muchísima gente que lee con mucho cuidado las etiquetas para saber si el producto tiene o no gluten o si la leche está libre de lactosa. La lactosa es un carbohidrato magnífico que los pediatras aconsejan al niño, más que los otros azúcares. Esta se compone de glucosa y galactosa. La galactosa es esencial para la formación de galactolípidos cerebrales y presenta además un efecto mínimo sobre la caries dental, en comparación con otros azúcares.

Hay gran confusión.

Sí. La gente quiere estar informada, pero debe tener cuidado, porque se están lanzando mensajes peligrosísimos. Si se pregunta por la lactosa, algunos dirán que es veneno, otros que es una parte malísima de la leche y otros que son intolerantes. Y no saben que es sanísimo, sobre todo para los niños. La industria tiene muchísima parte de culpa en lo que ha ocurrido, porque han descubierto que el valor añadido de una leche sin lactosa es más alto que el de la leche normal, y se está haciendo publicidad a favor de la leche sin lactosa por una cuestión comercial. No es inteligente hacer eso, porque se está creando una imagen de la lactosa muy negativa. Y las personas están modificando su dieta y la de su familia pensando que es mucho más sano tomar productos sin gluten y sin lactosa.

¿En detrimento de su salud?

Totalmente, porque, si dejas de tomar lactosa, tu cuerpo deja de segregar lactasa y deja de asimilarla. El problema es que el conocimiento de los efectos de la nutrición es todavía muy limitado. Sí se sabe que, por ejemplo, la población china no conocía prácticamente la leche. Y se decía que no la bebían porque eran intolerantes. Como no tenían costumbre de beber leche, la glándula endocrina que segrega la lactasa no funciona. Pero eso no es verdad. Cuando nosotros hacíamos en China leche simple, leche esterilizada sencilla, ni siquiera nuestros operarios la tocaban. Pero, cuando empezamos a hacer leche con cacao y azúcar, eso fue otra cosa. De hecho, el Gobierno está promoviendo el consumo de leche entre las nuevas generaciones.

¿Y qué impacto tienen productos que se comercializan como leche, como la de soja o almendras?

Por ahora, muy pequeño, del orden del 2 o 3 por ciento. Lo que pasa es que estos se aprovechan comercialmente del nombre "leche" para denominar productos que no tienen absolutamente nada que ver con la leche. Eso es un fraude. La legislación europea ya prohíbe utilizar esa palabra. ¿Qué tiene que ver la soja con la leche? ¿O la almendra? Son astucias comerciales, pero hacen daño. Esta moda de lo vegano empieza a provocar casos serios de osteoporosis en niños de 10 años. Si no toman leche, no toman calcio. Y también surgen casos -inconcebible a estas alturas- de raquitismo. Los niños necesitan ingerir proteínas de origen animal. Algo similar ha ocurrido con la margarina y la mantequilla. Las dos cosas han estado en pelea durante toda mi vida y, ahora, empieza a decantarse el consumo a favor de la mantequilla porque antes o después la verdad resplandece. La margarina es una grasa a la que le falta una molécula para ser plástico. Eso no puede compararse con la mantequilla absolutamente en nada. Pero hemos pasado casi cien años creyendo que la margarina era más saludable.

Hay otro factor relevante: la sostenibilidad ambiental.

Es una estrategia de marketing, y la sensibilidad humana es importante respecto al trato que hay que dar a los animales. Es evidente en el perro. Y si logramos transmitir la misma sensibilidad que despierta el perro hacia la vaca, por ahí puede venir un nuevo negocio con el que nadie contaba. Hay gente que se guía por esas corrientes y a mí me parece muy bien.

¿A ustedes se lo demandan?

No. Y se puede pedir, pero no hay nadie que lo haga espontáneamente. Sí parece que existe una preocupación importante con el plástico. Los profesionales ya sabíamos que no es bueno para los alimentos, porque los degrada. Sin embargo, esa no ha sido la razón por la que la gente ha reaccionado. Ha sido consecuencia de una campaña de los ecologistas. Y no hay ninguno que diga: no consuma usted jamón envasado en plástico. Detrás de todo esto también hay intereses. Están los cartones, el vidrio..., muchos intereses para sustituir el plástico. Como los hay para sustituir los kilovatios de carbón por los de energía eólica. ¿Y quién financia a Greenpeace? La gran pregunta que nadie contesta.

¿El marco laboral, fiscal, regulatorio que hay en España favorece el crecimiento?

Eso que se llama Estado del bienestar es una característica muy europea. Y hay que enlazarlo con un pensamiento que, en lo político, se llama socialdemocracia, que tiene dos aspectos. Uno, con el que todo el mundo tiene que estar de acuerdo, que es esa parte del socialismo que tiende al bienestar del ser humano. ¿Quién va a estar en desacuerdo con eso? Pero el otro aspecto, del que no se habla, es el que está detrás de lo que ocurre, sobre todo a través de políticas fiscales. Cuando estableces un incremento de los impuestos, redunda en mayor consumo, porque todo impuesto, al final, es consumo. El Estado recauda más y lo reparte en todo su ámbito. Al final, se incorporan al consumo personas que antes no podían comprar determinadas cosas. Al aumentar el consumo, tiene que aumentar la producción. ¿Y qué ocurre? Que los que producen más ganan más. Y, por tanto, todo impuesto, al final, acaba siendo un negocio para alguien.

¿Y la legislación laboral?

Los sindicatos, los llamados a gritar, gritan. Cumplen su papel. Pero te digo lo mismo: todo aumento de los salarios redunda en mayor consumo y todo mayor consumo redunda en mayor producción.

¿Si pudiera elegir, volvería a hacer lo mismo?

Probablemente, sí, lo que pasa es que, en vez de dedicarme a la leche, me dedicaría al vino, porque me gusta más.

¿Pero seguiría siendo empresario?

Eso, seguro. Es mi forma de concebir la manera de ganarme la vida. Podría decirte que me gustaría hacer una oposición. Pues no, no me gustaría nada.

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