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CANARIAS A DOS RUEDAS

El ciclismocanario, en la UVI

Un repaso a los inicios del deporte de las dos ruedas, a través de sus primeras y más míticas competiciones | Muchas de las clásicas ya han desaparecido del calendario y otras están en peligro de desaparición

Salida de una carrera en los años 70 hacia el sur, desde el antiguo muelle de Las Palmas de Gran Canaria. E. D.

Ha transcurrido mucho tiempo desde aquellos años de bicis pesadas, de duros tubulares enrollados entre los hombros y la espalda de los ciclistas para cambiarlos cuando pinchaban en plena carrera, de corredores que apenas llevaban protección para evitar heridas en las posibles caídas por penosas carreteras... Hoy parece de risa, pero era la realidad de un deporte que estaba falto de muchas ayudas. Por entonces, el deporte del pedal apenas destacaba en las Islas como práctica de masas, pero sí contaba con fuertes y buenos corredores cargados de ilusión, sacrificados y esforzados deportistas que se dejaban la piel en cada carrera donde, nada más se daba la salida, ponían tierra de por medio —nunca mejor dicho, porque muchas carreteras eran de tierra o de gravilla—. La táctica era poca, lo importante eran llegar y cruzar la línea de meta lo más pronto posible.

Era una época de otro ciclismo más rudo que práctico, y mucho menos técnico. Aquellos corredores marcaban el fuerte ritmo de la carrera dedicados exclusivamente a una férrea labor individual. A penas miraban hacia atrás. Sin embargo, con el tiempo, el deporte de las dos ruedas fue evolucionando: cambiaron las estrategias, las tácticas, el material deportivo, y las nuevas responsabilidades hicieron evolucionar el sistema de antaño. Lejos del «cualquier tiempo pasado fue mejor», los cambios llegaron para mejorar.

El ciclismo en carretera, ¿camino de la desaparición?

Tantos adelantos técnicos, burocráticos y tecnológicos y, entonces, ¿por qué el ciclismo canario actual está en la UVI? Muy sencillo. Ahora, los responsables de organizar carreras —clubes, federaciones o entidades privadas— se topan con una maraña de requisitos para su celebración. Las dificultades a la hora de obtener los permisos para un evento ciclista en ruta están espantando a los posibles organizadores.

Las normas para organizar pruebas en carretera, según informes federativos, incluyen la obligatoriedad de inscribir la prueba en el calendario en el mes de septiembre del año anterior a su celebración. La federación pasa entonces comunicación a la DGT para que prevea la cantidad de agentes de la Guardia Civil que va a precisar. Una vez inscrita y cerrado el plazo, la DGT elabora un calendario. Si el mismo día coinciden varias pruebas que necesitan agentes de Tráfico (atletismo, ciclismo, triatlón etc.) se da un plazo para subsanar la situación, porque en cada sub-sector de Tráfico (en cada Isla) solo puede celebrarse una prueba con agentes por día. En caso de no llegar a un acuerdo, solo se autorizará una competición. Para decidir, tienen en cuenta si la prueba es federada o no federada, internacional, nacional, autonómica, local etc.

Cuando por fin se ha conseguido la fecha solicitada, reservada con una antelación de dos meses aproximadamente, los promotores deben presentar en Actividades Clasificadas del cabildo correspondiente un dossier con la siguiente documentación: un Plan de Seguridad o autoprotección confeccionado por un técnico autorizado —que junto con las ambulancias necesarias tiene un coste aproximado de 1.200 euros—; el rutómetro de la carrera, especificando los puntos kilométricos, previsión de tiempo de paso, etc; la comunicación a todos los ayuntamientos del paso de la carrera por su municipio y la autorización de cada consistorio aceptando dicho paso, además del certificado de haber concertado un seguro de responsabilidad civil y de accidente para todos los participantes.

También es necesario elaborar un programa traza en la página de la DGT y contar con el informe favorable, tanto de la Guardia Civil como de la Jefatura Provincial de Tráfico. Hay que tener en cuenta que para que una carrera sea autorizada se debe proceder al cierre completo de la vía y que ese lugar cuente con una vía alternativa para la circulación del resto de vehículos (la prueba no puede discurrir por autopista o autovía); contar con motos de enlaces y personal mayor de edad para que se sitúen en los lugares donde haya cruces o intersecciones con el cometido de parar el tráfico en el momento en que pase la carrera. La cantidad aproximada de motos necesarias en pruebas sin mucha participación sería de 10. Esas personas deben estar identificadas con chalecos y la organización debe disponer de todos sus datos. La Guardia Civil solamente se encarga de proteger la burbuja bandera roja al principio y bandera verde al final. No se responsabilizan del cierre de ningún cruce. Es más, si ven que un cruce no está atendido, pueden parar el evento. Todos los vehículos en carrera deben estar identificados con los símbolos establecidos por el Reglamento General de Circulación. A parte de los 1.200 euros que cuestan el plan de seguridad y las ambulancias, los motoristas voluntarios de enlace cobran alrededor de 70 euros por moto, los árbitros, alrededor de 300 euros y las tasas al cabildo por el uso de carreteras ascienden a unos 70 euros.

Estas medidas lastran el ciclismo en carretera. Ya hace tiempo que no se promueven competiciones porque los organismos oficiales pueden aprobar o suspender la carrera pese a que los organizadores cumplan a rajatabla con todos los requisitos. La situación es grave para la cantera ciclista: muchos chicos abandonan su deporte favorito al no poder practicarlo en la carretera. La esperanza son los niños de las escuelas —muchísimos en ambas provincias canarias— que, por lo pronto, compiten en circuitos cerrados. Pero cuando lleguen a las categorías júnior o de élite, si todo sigue igual, tendrán que abandonar el ciclismo. No hay duda de que los organismos están cumpliendo las normas, pero Canarias carece de las mismas posibilidades que el resto del territorio nacional al ser un archipiélago y, en esta tesitura, sin diálogo y comprensión por parte de todos, el ciclismo canario difícilmente podrá abandonar los cuidados intensivos.

Pese a todo, el tópico de «ilusión, sudor y lágrimas» al que se alude para muchos deportes, sí es una realidad en el ciclismo. Los ciclistas no conocen el miedo en las carreteras peligrosas —al menos no lo demuestran—, ni siquiera cuando tienen que emprender esos vertiginosos descensos cargados de peligrosas curvas muy cerradas, tratándolas sin margen de error, con asfalto mojado o lleno de hojas secas caídas de los árboles que están al borde de las cunetas. Ni se quejan en pleno esfuerzo y sufrimiento cuando tienen que escalar una empinada y dura subida para coronar algún puerto de montaña después de venir pedaleando cientos de kilómetros de recorrido. Tampoco reniegan de las inclemencias del tiempo —calor, frío, lluvia o fuertes viento—, ya que estos elementos parecen formar parte de su ADN. Ni siquiera tienen derecho a un descanso en plena carrera, ya que si dejan de pedalear y no llegan a tiempo antes de cerrar el control de meta quedarán descalificados. Por eso, al ciclista de competición, uno de los deportes más duros y sacrificados, se le reconoce e identifica como un ser de «otra pasta».

Los inicios

Los comienzos del deporte del pedal en las Islas fueron rocambolescos. Sin material deportivo adecuado para practicar y competir con garantías. Durante la Segunda República, eran muy pocos los que poseían una bicicleta, las pruebas eran pocas y la participación, minoritaria.

Más tarde, algunos años después de que acabara la Guerra Civil, apenas había carreras de gran impacto regional. Más tarde, cuando la «paz» y la «tranquilidad social» se asentaron en el país, comenzaron a celebrarse diversas pruebas en fechas señaladas. El Trofeo General García Escámez; el Trofeo Día de la Raza; la Prueba de la Victoria; el Trofeo Ayuntamiento de Las Palmas, por el aniversario de la incorporación de Gran Canaria a la corona de Castilla, o la Prueba de San Pedro Mártir son algunas de ellas.

No resultaba fácil reconocer el valor de un deporte que estaba en minoría desde antaño, pero no hay mal que cien años dure y, por fin, llegó ese empujón que toda actividad necesita para salir hacia delante.

En los años 50 el ambiente ciclista en Gran Canaria no era ni poco ni mucho. Tenía sus fieles seguidores y poco más, ya que el fútbol, en aquellos tiempos, acaparaba la casi totalidad de aficionados. La llegada de un benefactor importante a la vida ciclista grancanaria —el conde de la Vega Grande, Alejandro del Castillo y Castillo— tuvo en su momento un impacto tan brutal que, con una sola carrera, revolucionó el ambiente social y deportivo. Desde ese momento, el calendario de carreras cubría la casi totalidad de temporada en Gran Canaria, donde se había agilizado y consolidado con gran personalidad propia. También mejoraron los equipamientos y las infraestructuras. La tutela del conde en el ciclismo generó esperanza y cubrió un papel importante a favor de la captación de nuevos jóvenes corredores. Canarias le debe a él gran parte de la consolidación del ciclismo.

El deporte del pedal se destapó y subió como la espuma con las importantes carreras celebradas en Gran Canaria desde 1953. A partir de entonces se identificó como un deporte de masas por la gran repercusión que en aquellos años le dieron los medios de comunicación. La figura del conde despertaba la curiosidad en todos los ámbitos sociales. No era habitual que un noble patrocinara una carrera: aquello era garantía de éxito. Gracias a su aportación y presencia comenzó el despegue del ciclismo local.

Y ese auge de la actividad deportiva vino acompañado por el protagonismo de algunas empresas que patrocinaban a los equipos y que, gracias a ellos, comprobaron cómo se intensificaba su actividad. Al ver plasmado con serigrafía su logo en el pecho de los maillots de los esforzados corredores, las publicaciones en prensa citaban a dichas empresas como equipos participantes, ignorando el nombre real de los clubes a favor del esponsor.

La actividad de esos primeros años señala grandes momentos del ciclismo canario, pese a sus carreteras de tierra o asfaltadas con gruesa gravilla. El paso de los ciclistas por muchos municipios fuera de la capital reunía a una multitud de personas que esperaba la llegada de sus corredores favoritos, que aplaudía y vitoreaban sus nombres, fueran de Tenerife o de Gran Canaria, ya que el auténtico aficionado al ciclismo valora mucho el esfuerzo de los ciclistas sin mirar el maillot o el equipo al que pertenecen. Además, estaban los seguidores de corredores canarios concretos: Juan Perdomo, Miguel Cabrera, Esteban González Quintero, Óscar Bizcarri, Juan Coruña, Mario Mateo, Sebastián Berriel, José González, Canarito, Manuel Brito Marichal, Petronilo Francisco Pérez El Leonés, los hermanos Barreiros, Pedro Montesdeoca, Padrón Rosales, José Rodríguez El pollo de Arucas, Juan García Díaz, Jesús Fernández, Antonio Salas, Toñín, Tomás Amador... unos pocos nombres que sirven para homenajear a todos los integrantes de una lista casi interminable.

Son historias narradas por los más mayores —y otras que hemos vivido en primera persona— de esa leyenda desprendida y magnánima. De las pasiones que levantaban las imágenes sugestivas, y hasta fantásticas, de aquellos ciclistas que cumplían con creces como símbolo histórico de una época que se convirtió, hace tiempo, en grato recuerdo. No olvidemos cuántas vicisitudes tuvieron que soportar los pocos clubes, organizadores y corredores aun sin los nuevos problemas de carreteras y permisos. Cada recuerdo esconde una lucha por buscar ayuda en organismos oficiales y empresas privadas, cuando apenas existía el deseo de colaborar o patrocinar el deporte.

El Condado de la Vega Grande

El patrocinio de una carrera ciclista por parte de Alejandro del Castillo y Castillo revolucionó el ambiente social y deportivo. Su popularidad se difundió rápidamente con la llegada del evento denominado Condado de la Vega Grande, que insufló empuje y éxito al ciclismo grancanario. Reconocida como una de las carreras más importantes de Canarias, y admirada en ediciones posteriores como de interés nacional, supuso un hito extraordinario. El 12 de abril de 1953 comenzó el camino de la ilusión, la esperanza y el resurgir del ciclismo grancanario que, con sus éxitos, abrió una vía hacia otras importantes carreras como la Vuelta Ciclista la Isla de Gran Canaria o la Subida a Artenara, eventos de mayor envergadura .

El ciclismo constituye un complicado engranaje, al igual que las diversas piezas de las bicis. El pedaleo mueve la cadena y ésta hace girar los piñones para que las ruedas puedan funcionar por la fuerza del pedaleo. Así, los ciclistas canarios impulsaban el deporte con sus finas ruedas tubulares, proyectaban y valorizaban las carreras con el fin de lograr sus objetivos. Y si bien el 12 de abril de 1953 fue la llave para abrir la ilusión de este duro deporte, también hay que destacar la gran labor del presidente que más años ha estado al frente de una federación de ciclismo en todo el territorio nacional: el grancanario Francisco Hernández Sánchez, que dedicó más de 30 años a la presidencia de la Federación Regional y a la presidencia de la Federación de Ciclismo en Gran Canaria.

El conde de la Vega Grande fue el benefactor de la carrera más importante en Canarias, reconocida y apoyada por la Federación Española de Ciclismo, una carrera tan emblemática como festiva, en cuya primera edición resultó triunfador el grancanario Juan Perdomo. En los años siguientes llegó el dominio tinerfeño, con Esteban González Quintero, que fue vencedor en cinco ocasiones. El gran aliciente de la prueba para la caravana ciclista, aparte de la competición, era el final de la primera etapa del Condado, ya que, en la finca del conde, en Arguineguín, siempre aguardaban hasta la llegada del último corredor para entrar en el recinto donde les esperaba el gran almuerzo que ofrecía Alejandro del Castillo bajo los árboles frutales de la finca. Los ciclistas descansaban después un par de horas, antes de seguir por la tarde con la segunda y última etapa que tenía como meta final la capital grancanaria, cerca del parque de San Telmo. El evento se desarrolló así durante una treintena de años, hasta el fallecimiento del conde en 1977.

Algunos años más tarde, la familia del conde empezó a cuestionarse el patrocinio de la prueba, hasta finalizar su colaboración en 1985. De la competición de 1986 se hizo cargo Domingo Alonso, con el patrocinio de Bridgestone. Y, por fin, en 1987, llegó otra bocanada de oxígeno al anunciarse el patrocinio del Cabildo de Gran Canaria. Fue durante 16 años, hasta que un cambio político acabó, una vez más, con la ilusión y la esperanza de una gran carrera regional.

En 2004, un club ciclista teldense de nombre C.C. Escuela Bicitel, dirigido por un joven amante de este bonito deporte, Antonio Ñito Domínguez Rivero, con la inestimable ayuda de Fernando del Castillo, entre otros, colaboró y defendió el Condado para evitar su desaparición. En 2015 la prueba salió definitivamente del calendario tras varias suspensiones anteriores. Su celebración era imposible sin apoyo oficial ni patrocinadores.

Vuelta a la Isla de Gran Canaria

Después del éxito del Condado, la federación no se quedó quieta y llegó un nuevo compromiso de gran envergadura: la Vuelta Ciclista a la isla de Gran Canaria. Era una carrera dura que daba la vuelta a la Isla en tres etapas: la primera, por la zona centro hasta Tejeda y vuelta a Las Palmas, y las dos restantes, rodeando la Isla desde Las Palmas hasta la Aldea y regreso por el sur, Mogán y, Maspalomas hasta la meta en la capital grancanaria. El grancanario Miguel Cabrera González, Tito, fue el primer vencedor de cuatro durísimas etapas. En alguna ocasión se realizaba el recorrido al revés: salida desde la capital hacia el sur, Mogán, llegada a La Aldea y regreso hasta la capital por Agaete y Gáldar. Este evento, que empezó en 1959, duró menos ediciones que el Condado. Se llegó a suspender hasta en 28 ocasiones. La última vuelta se corrió en 2009. En esta competición también destacó el potencial de los ciclistas tinerfeños, que lograron una victoria más que los grancanarios en el cómputo final del palmarés.

Subida a Artenara y la Virgen de la Cuevita

La primera edición de esta carrera hasta el pueblo más alto de Gran Canaria se comenzó llamando Gran Premio de Artenara. El 20 de septiembre de 1964 se realizó su primera edición. La prueba nació con importantes apoyos: el presidente del Cabildo de Gran Canaria Federico Díaz Bertrana, el alcalde de Artenara Manuel Luján Sánchez y la colaboración de Francisco Hernández Sánchez como presidente de la Federación Canaria. El primer vencedor fue el grancanario Antonio Mahugo, que corría con el equipo 501. Al año siguiente, el evento se pasó al mes de agosto para hacerlo coincidir con la festividad de la Virgen de la Cuevita. La carrera fue competitiva durante 25 años, de 1964 a 1999. En las siguientes ediciones y hasta hoy pasó a convertirse en cicloturista.

Y así fue como una imagen pequeña de tamaño, pero grande en ilusión, devoción y esperanza, se convirtió en la patrona de los ciclistas grancanarios. Ante su figura, en su santuario de piedra en una cueva del pueblo de Artenara, han pasado corredores tan famosos como Miguel Indurain, Pedro Delgado o Julio Jiménez.

Los días de carrera, la Virgen de la Cuevita esperaba a la entrada del pueblo a todos los ciclistas, quienes al finalizar, una vez recogidos sus trofeos, realizaban una ofrenda floral y, a hombros, devolvían la imagen a la iglesia. Tras la carrera y el acto religioso, acababan con el clásico almuerzo: una enorme paella para todos los componentes de la caravana ciclista.

La Vuelta a la Isla de Tenerife

En Tenerife también se desarrollaban excelentes carreras de gran relieve. La segunda prueba más importante de Canarias fue la Vuelta a la Isla de Tenerife. El triunfo de su primera edición, el 8 de septiembre de 1956, fue para el lagunero Manuel Brito Marichal. La creación de esta competición tiene una parte anecdótica: los vecinos de los pueblos tinerfeños, cuando la caravana ciclista pasaban por su localidad, identificaban la Vuelta como el inicio de las Fiestas del Santísimo Cristo de La Laguna, al coincidir con la mencionada festividad.

La vuelta tinerfeña es la más antigua del territorio nacional. Tan solo se vio interrumpida, por primera vez después de 64 años, por culpa de la pandemia del Covid-19. También están en peligro las históricas el Cinturón del Carmen, la segunda carrera más importante de Tenerife, la carrera San Bartolomé de Tejina o la Copa de la Ciudad. Los más pesimistas creen que tras la pandemia podría llegar lo peor y temen por su continuidad. ¿Están pensando en meterla también en la UVI como se rumorea? Deseamos de corazón que no y que esos comentarios acaben siendo bulos infundados. Habrá que estar atentos.

En el calendario ya faltan grandes pruebas que han sido referente en Canarias y muchas otras están en peligro. Algunas históricas van por el mismo camino y, si no hay voluntad de organizar carreras ni de permitir celebrarlas, les espera una UVI que ya está llena de importantes eventos abandonados y olvidados.

Superioridad tinerfeña

En Gran Canaria, todas las grandes pruebas como el Condado de la Vega Grande, la Vuelta Ciclista a la Isla de Gran Canaria o la Subida a Artenara, fueron ganadas en sus primeras ediciones por corredores grancanarios. Pero si revisamos la totalidad de triunfos en su palmarés, podemos apreciar que los tinerfeños fueron superiores en dos de los grandes eventos, con 27 triunfos en el Condado de la Vega Grande por 22 de los grancanarios, 10 peninsulares, y un palmero.

En la Vuelta a la Isla de Gran Canaria, las victorias fueron más igualadas: 13 para Tenerife, 10 para Gran Canaria, y cinco para peninsulares. Y con respecto a la Subida a Artenara, los grancanarios fueron muy superiores a los tinerfeños, con más victorias de diferencia. En cuanto a la Vuelta a la Isla de Tenerife, no figura ningún grancanario como vencedor en la máxima categoría de la ronda tinerfeña. Tan solo en la categoría de juveniles ganaron los grancanarios Ortega Chirino, con Cafés La Aldeana, y Carlos Mejías, con Puertas Mavisa.

Felipe del Rosario Betancort, autor de este reportaje, lleva 47 años escribiendo sobre deporte en distintos medios de comunicación (Diario de Las Palmas, Canarias Deportiva, La Provincia o Meta2Mil) especializándose en ciclismo. Ha defendido y divulgado este deporte, tanto en su faceta amateur como en la profesional, y su constancia y dedicación han merecido el reconocimiento y el galardón de diversas entidades. Del Rosario acaba de publicar Moviendo Piñones por Gran Canaria. Condado de la Vega Grande (Mercurio Editorial) y lo presentará el próximo martes, día 28 de septiembre, a las 20,00 horas, en el Salón Isleta, en la quinta planta del Real Club Victoria, en la avenida de Las Canteras de Las Palmas de Gran Canaria.

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