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¿La ficción audiovisual se ha tomado en serio el cambio climático?

La ONG Good Energy se ha propuesto que para 2027 la mitad de guiones de televisión y cine hagan referencia a la crisis climática. De no hacerlo, esos proyectos se arriesgan a convertirse en (involuntaria) ciencia ficción

Una imagen promocional de El día de mañana, de Roland Emmerich.

Una imagen promocional de El día de mañana, de Roland Emmerich. / 20TH CENTURY FOX

Julián García / Juan Manuel Freire

En el año 2004, el director alemán Roland Emmerich desplegaba en su película ‘El día de mañana’ la mayor batería de desastres naturales derivados del cambio climático vistos jamás en una pantalla de cine: destructoras granizadas en Tokio, catastróficas heladas en Nueva York e insólitos mantos de nieve en Nueva Deli. Más allá de su relajado rigor científico y su desmesurado sentido del espectáculo, la película supo advertir de las calamidades que se nos venían encima si no poníamos freno al calentamiento global a público que en 2004 parecía menos preocupada por el cambio climático que por las consecuencias de los atentados terroristas del 11-S, acaecidos solo tres años antes. 

Pero lo que en 2004 podía parecer el inverosímil delirio del cineasta que mejor ha destruido la Tierra, desde ‘Independence day’ (1995) hasta ‘Moonfall’ (2021), hoy es casi cine documental: no hay más que ver, en los informativos o en las redes sociales, las pavorosas imágenes de los desastres climatológicos que asolan el planeta con frecuencia cada vez más alarmante.

Quizá sea ‘El día de mañana’ la película en la que se ha tratado el cambio climático de manera más desprejuiciada, con permiso, acaso, de su ‘exploit’ más reconocido, la demencial ‘Geostorm’ (2018), ópera prima del guionista de cabecera de Emmerich, Dean Devlin, en la que olas, tornados y granizos de dimensiones bíblicas borran ciudades enteras de la faz de la Tierra. En cualquier caso, y desde siempre, el cine de género ha sabido reflejar como ningún otro las crisis sociales a las que se ha debido enfrentar la Humanidad a lo largo de su historia, así como su modo de asumir el Apocalipsis: el miedo a la hecatombe nuclear, el efecto letal de las pandemias y, por supuesto, el irreversible desastre medioambiental al que se ve abocado el planeta, sea a causa del cambio climático o de la sobreexplotación de sus recursos, que, de algún modo, vendría a ser lo mismo. 

Más allá del filme de Emmerich, no abundan las ficciones audiovisuales cuyo eje temático –y principal razón de ser– sea el cambio climático. Otra rara excepción sería la dolorosa sátira ‘No mires arriba’ (Adam McKay, 2021), cuyo meteorito ignorado por todos es una metáfora del cambio climático y sus efectos derivados. Sí que hay, en cambio, numerosos títulos en los que la crisis medioambiental es el contexto imprescindible del relato, casi siempre desde una perspectiva catastrofista, distópica, desesperanzada, nunca desde la normalidad de la vida cotidiana, posiblemente la asignatura pendiente del cine actual en contraposición a las series: hablar del tema de forma naturalista, como algo que hoy nos toca vivir y sufrir: la falta de agua, el calor extremo, la falta de recursos y, también, las posibles soluciones a la crisis. No todo debe ser tragedia y oscuridad.

Vida vegetal y demografía

Bruce Dern, en un fotograma de 'Naves misteriosas', de Douglas Trumbull.

Bruce Dern, en un fotograma de 'Naves misteriosas', de Douglas Trumbull. / EPC

En los albores de los años 70, en plena explosión de los primeros movimientos ecologistas, la fascinante ‘Naves misteriosas’ (Douglas Trumbull, 1972) se desarrollaba a bordo de una nave especial-invernadero que conservaba el único vestigio de vida vegetal después de que toda la flora hubiera desaparecido del planeta. Mucho más fúnebre y visionaria resultaba ‘Hasta que el destino nos alcance’ (Richard Fleischer, 1973), que transcurría en una Nueva York de 2022 azotada por la contaminación y el calor extremo. El filme, cuyo final revelaba una verdad ominosa sobre el origen de la comida procesada que alimenta a la población, era una poderosa denuncia del crecimiento demográfico incontrolado en un planeta con recursos limitados.

Ya en los 80, el clásico ‘Blade runner’ (Ridley Scott, 1982) se ambientaba en un Los Ángeles que, en 2019, malvivía bajo una lluvia perpetua, oscura, casi amniótica, sin apenas luz del sol. Aunque fue su magnífica secuela, ‘Blade runner 2049’ (Denis Villeneuve, 2017) la que mostraría un dramático glosario de lo que está por venir: la misma Los Ángeles lluviosa y superpoblada, protegida por gigantescos diques a causa del aumento del nivel del mar; y San Diego convertida en gigantesco vertedero de los incontrolados residuos industriales generados por una humanidad sin norte. 

Ryan Gosling y Harrison Ford, en los diques de Los Ángeles, en 'Blade runner 2049', de Denis Villeneuve.

Ryan Gosling y Harrison Ford, en los diques de Los Ángeles, en 'Blade runner 2049', de Denis Villeneuve. / EPC

Siendo por encima de todo una preciosa historia de amor más allá del tiempo entre un pequeño robot y su madre humana, ‘A. I.: Inteligencia artificial’ (Steven Spielberg, 2001), es también una seria advertencia sobre las consecuencias del deshielo de los casquetes polares a causa del efecto invernadero, con escenas tan impactantes como la de Manhattan bajo las aguas con las Torres Gemelas aún en pie. Aunque de mundos arrasados por la crecida de los mares, la muestra definitiva es ‘Waterworld’ (Kevin Reynolds, 1995) superproducción maldita por su catastrófico fracaso en taquilla, pero que previó, en forma de (muy reivindicable) wéstern distópico, cómo podría ser una nueva civilización forzosamente acuática.

Agricultura agonizante

El cambio climático se filtra también entre las rendijas cuánticas de ‘Interstellar’ (Christopher Nolan, 2014). Ambientada en 2067, la Tierra es suelo yermo a causa de la sequía y las tormentas de polvo, y la agricultura agoniza, lo que obliga a la Humanidad a buscar un planeta alternativo donde vivir. Lo mismo que ‘Wall·E’ (Andrew Stanton, 2008), gran fábula animada en la que el planeta se ha convertido en un basurero insalubre e inhabitable, repleto de desperdicios tóxicos y sin vida animal ni vegetal.

Jessica Chastain, en 'Interstellar', de Christopher Nolan.

Jessica Chastain, en 'Interstellar', de Christopher Nolan. / EPC

La lista de títulos que dibujan un profundo pesimismo sobre el destino medioambiental del planeta es tan extensa como la desazón que provoca asumir que, quizá, ya no hay vuelta atrás. Aunque siempre puede haber poesía en la desolación, como en ‘IO’ (Jonathan Helpert, 2018), donde dos desheredados comparten su intimidad en una Tierra en la que ya no vive nadie después de que la gente emigrara al satélite de Júpiter por un cambio inesperado en la composición de nuestra atmósfera; y hasta desengrasantes carcajadas en un fin del mundo delirante, como en ‘Sharknado 5: Aletamiento global’ (Anthony C. Ferrante, 2017), en la que es el cambio climático lo que provoca letales tornados formados por… tiburones.

Una televisión ecoconsciente

La actitud de la ficción televisiva respecto al cambio climático fue, durante un tiempo, parecida a la que se adoptó con el coronavirus: ¿y si hacemos como que no existe? ¿Acaso alguien quiere sentarse frente a la tele y seguir observando las miserias del día a día? Las series bajo su influjo eran minoría y generalmente transformaban la amenaza en un contexto fantástico que podía relativizar la gravedad del problema.

Por suerte, desde hace un par de años, más y más series de todos los géneros han comenzado a tomarse realmente en serio el desafío al que nos enfrentamos. Todavía ganan los escenarios fantasiosos llevados al extremo, pero incluso estos pueden tener una base factual que sirve para solidificar su moraleja. En los últimos tiempos, la cercanía del punto de no retorno ha acabado concienciando a los guionistas televisivos de la necesidad de incluir el cambio climático en sus tramas. Ya no hablamos necesariamente de series fantásticas como ‘Zona peligrosa’, especie de ‘Expediente X’ vírico cuyas peores amenazas, sea como sea, eran de creación humana. Podemos hablar de series como la más realista (pese a sus locuras) ‘Anatomía de Grey’, cuya anterior temporada incluyó un capítulo, 'Más caliente que el infierno', inspirado en la cúpula de calor que había afectado al Pacífico Noroeste en verano de 2021. 

Pedro Pascal y Bella Ramsey, en 'The last of us'.

Pedro Pascal y Bella Ramsey, en 'The last of us'. / HBO

Las ideas catastrofistas (‘El quinto día’) y apocalípticas (‘The last of us’) todavía persisten, pero esa visión más o menos pesimista no debería ser la única. Desde sus primeros episodios, ‘Colegio Abbott’ se ha atrevido a abordar el cambio climático con humor y convertirlo en tema de conversación natural entre sus personajes. Este mismo año, Apple TV+ ha estrenado ‘Un futuro desafiante’, que pese a girar en torno a nuestro maltrato del planeta, nos permite soñar con soluciones además de mostrar pesadillas.  

La ONG Good Energy se ha propuesto que para 2027 la mitad de guiones de televisión y cine hagan referencia a la crisis climática. De no hacerlo, esos proyectos se arriesgan a convertirse en (involuntaria) ciencia ficción: en historias sobre un mundo donde todo está bien, no existen sequías ni inundaciones, no hace calor cuando debería estar lloviendo o las estaciones se suceden en los mismos plazos que han hecho toda la vida.