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Literatura

Gabo, la construcción de un héroe colombiano

Colombia vivía uno de sus años más aciagos cuando Gabriel García Márquez fue premiado con el Nobel de Literatura hace 40 años | El galardón tuvo el efecto de sacar al país de la depresión, lo cual resultó fundamental para cimentar una idolatría nacional sin parangón que se mantiene hasta hoy

Cartel de Gabo en el Palacio de Bellas Artes de México tras la muerte del escritor, en 2014. Reuters

Era Colombia y era el aciago año de 1982. Aciago rotundo, sin paliativos. Arreciaban los atentados de la guerrilla y especialmente del M-19, que había firmado el atentado contra el Procurador General de la Nación y la toma de municipios como Almaguer. Las FARC hacían lo propio: una emboscada en enero contra una patrulla de la Policía Antinarcóticos (tres policías muertos), en abril una masacre de campesinos en el nororiente del país (cinco muertos), un ataque contra el Ejército en junio en San Vicente del Caguán (ocho muertos). Colombia vivía en medio del fuego cruzado, de una guerra interna no declarada, y aunque no se hablaba de ello, el narcotráfico ya empezaba a corromper las estructuras del poder. En este clima adverso, el presidente Belisario Betancur comunicó a la FIFA que el país renunciaba a organizar el Mundial del 86, del que había sido designado sede ocho años atrás. El Mundial: ese acontecimiento que iba a cambiarlo todo, esa esperanza, una de las pocas ilusiones que le quedaban al país. Colombia estaba deprimida. Todo era malo y no había nada que celebrar.

Entonces, fulgurante como la estrella que ya entonces era, apareció Gabriel García Márquez, el hijo del telegrafista de Aracataca, y descargó una descomunal bomba de optimismo en el ánimo del país. La noticia del primer Nobel de Literatura en la historia de Colombia tiene muchas lecturas, la literaria primero, por supuesto, pero también una social en la que se incide poco, y que tiene que ver con el contexto, con ese país medio fallido que de repente hallaba un motivo de orgullo. El estallido fue de tal magnitud que su onda expansiva se extiende hasta hoy, y es visible en las celebraciones que han tenido lugar para conmemorar los 40 años del premio. Pocos nobeles de literatura tienen el significado y la dimensión social que ha tenido García Márquez en Colombia. A pocos los quieren tanto en su país. A pocos los llaman, desde el presidente hasta el albañil, por su diminutivo cariñoso. Gabo. Gabito.

“Colombia en el año 82 era una democracia fallida, una nación fallida”, dice Omar Rincón, director del Centro de Estudios en Periodismo de la Universidad de los Andes. “El Nobel ocurrió cuando el país estaba en uno de sus peores momentos. Nada salía bien, todo era una desgracia. Ese Nobel nos permitió existir”. Conrado Zuluaga, escritor, editor y riguroso estudioso de la obra de García Márquez, dice que el impacto del escritor colombiano hay que medirlo no en términos literarios, o no solamente, sino históricos: “Antes de 1967, cuando aparece ‘Cien años de soledad’, ¿qué hay? No hay nada… Unos historiadores, unos políticos que se intercambian el poder… Cualquiera que estudie el siglo XX en Colombia al llegar a García Márquez debería parar y analizar qué proyección tuvieron sobre el país su obra y su premio”.

Más allá del momento histórico –que es importante–, resultó que el Nobel era un hombre de extracción popular, ajeno a los corsés que identifican a las élites colombianas: eso contribuyó a hacer más grande su aureola. “Lo mejor de Colombia está en lo popular”, afirma Rincón. “El clasismo colombiano, las élites, nos han dado muy poco”. Para Zuluaga, hay un carisma que explica su conexión con el colombiano medio (“era un tipo muy simpático, amable con la gente, no le molestaba la turbamulta, firmaba libros en cualquier parte”), y para ilustrarlo echa mano de una anécdota ocurrida durante la celebración de un Hay Festival en Cartagena de Indias: “Recuerdo que un día fui a tomar algo al Hotel Santa Teresa y vi que había una multitud en la entrada. Entonces me acerqué y pregunté qué pasaba, y me dijeron: ‘Es que el señor García Márquez está en el patio con unos amigos y la gente está haciendo cola para saludarlo’. Y así era, tal cual. Estuvo dos horas saludando gente en medio de un revuelo tremendo”.

Hay cientos de historias como esta, tantas como personas Gabo estrechó la mano a su paso por Cartagena, por Bogotá, por todas partes. “En este país todo el mundo necesita hablar de su Gabo, todo el mundo quiere hablar de Gabito: cuándo conocí a Gabito, cuándo me encontré a Gabito, cuándo hablé con Gabito. Pero es normal, porque no tenemos otro ícono de esa magnitud”, dice Rincón. “Gabo es nuestra 'marca Colombia' de cara al exterior, el símbolo del colombiano creativo para bien, mientras que el creativo para mal vendría a ser Pablo Escobar. Por otro lado, era un personaje con un enorme caudal de mitología detrás, con una cantidad de historias alrededor de él. Por todo eso, creo que era y sigue siendo una ‘pop-star’”. No hay muchas ceremonias de entrega del Nobel que puedan presumir de un premiado saludando al respetable en liqui liqui y una fiesta entre bambalinas con grupo vallenato incluido.

Todo lo cual permite formular el siguiente postulado: en términos de admiración, Gabo es a los colombianos lo que –es el ejemplo paradigmático– Maradona a los argentinos. Ese tipo de ídolo. “Es nuestro gran ídolo”, confirma Zuluaga. “Gabo es un referente porque es Gabo”, dice Rincón, “pero también porque es un héroe en un país en el que no tenemos muchos héroes”. Ni Rulfo en México, ni Vargas Llosa en Perú, ni Borges en Argentina. “No es lo mismo, porque todos ellos son vistos como muy intelectuales, y en el caso de Vargas Llosa, como político”. Al fin y al cabo, García Márquez rescató a todo un país de la depresión. No es poco.

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