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Un acontecimiento

Mauricio Jalón recupera ‘Tiempo de destrucción’, la novela en la que trabajaba Luis Martín-Santos cuando falleció, en una edición que incorpora elementos no incluidos en la primera publicación del texto, en 1975

Existen autores con los que uno se encuentra en un momento dado y, más allá de esa cita inicial, no vuelve a darse un reencuentro. Las vidas, a partir de una primera vez, discurren paralelas y separadas. Supongo que las razones serán muchas y variadas. Permítanme poner la atención en un caso de desencuentro marcado por lo que podríamos llamar síndrome del libro de texto. Pude comprobar en no pocas ocasiones que la vida de un lector se va alejando paulatinamente de los autores cuyos libros supusieron lecturas obligatorias o aparecieron encerrados en la negrita correspondiente de la página de un libro de Lengua y Literatura. Son lecturas o referencias ceñidas por la obligación y el estudio. El lector, si no se ha perdido por el camino, vuela hacia el rutilante futuro de lo novedoso. Es lógico: todos lo hemos hecho, y por el camino quedan monumentos rebajados a ruinas. Recuerdo cuando, con toda la intención del mundo, propuse en varios clubes de lectura el regreso a dos autores que vivían bajo el peso de la negrita, del olvido del lector de a pie: Miau, de Benito Pérez Galdós, y Cuentos, de Ignacio Aldecoa. La experiencia, me atrevería a decir, fue en cierto modo turbadora. Como si las estatuas de un museo bajaran de sus pedestales y se echaran a andar. Lo que determina a un clásico, citando a Italo Calvino, es su capacidad para no dejar nunca de decirnos cosas y no la cantidad de polvo que se puede acumular sobre sus obras.

A partir de entonces, Galdós y Aldecoa no volvieron a ser lo mismo, emplazándonos para un futuro en el que las novedades editoriales seguirán echando carreras por ver quién se sienta primero en el sillón de la reina.

El escritor que hoy me ocupa, Luis Martín-Santos (1924-1964), ha corrido, creo yo, la misma suerte que los narradores citados antes. Autor de un hito de la narrativa española del siglo XX: Tiempo de silencio (1962), libro que, durante generaciones, ha sido lectura obligatoria, padeció la falsa creencia de que, a partir de los diecisiete años, ya quedaba leído. Novela que, al igual que otras contemporáneas, reflejaba en sus párrafos la grisura y aspereza que se vivía entonces, se destacaba de manera muy brillante por el audaz y rupturista trato del lenguaje que la distinguía del realismo imperante, poniendo así un pie en el porvenir y negando unos hábitos estilísticos que a Martín-Santos le resultaban farragosos. Tiempo de silencio era una corriente de aire fresco y una pica en Flandes. Y en eso estaba, ampliando la onda expansiva con una nueva novela titulada Tiempo de destrucción, cuando la muerte lo atrapó prematuramente. Estamos, por tanto, ante una novela inacabada que Galaxia Gutenberg edita ahora con rigor y entusiasmo bajo la responsabilidad y mérito de Mauricio Jalón.

No debe disuadir al lector el hecho de hallarse ante un libro inacabado. Martín-Santos, a pesar de todo, dejó suficiente material para tener ante nosotros una novela y no un montón de papeles dispersos. En ese sentido, ha sido esencial la labor de edición, incorporando elementos no incluidos en la edición que se conocía, datada en 1975 y a cargo de José-Carlos Mainer. Creo que las decisiones de la editorial acercan la novela a nuestra época sin resquebrajar sus cimientos originales.

Tiempo de destrucción conforma un díptico junto con Tiempo de silencio, con una mirada sobre la realidad un tanto expresionista, dislocada, que logra exacerbar lo grotesco y vergonzante de la misma. La obra recién publicada de Martín-Santos es un relato de iniciación con un grumete que acaba de juez en una pequeña ciudad de provincias y al que acompaña la insidiosa sombra del desclasamiento. Pero, con ser así el suelo de la novela, Tiempo de destrucción alza el vuelo hacia un discurso polifónico, repartido en varios planos o ámbitos que Martín-Santos alterna no de forma cronológica, sino respondiendo a criterios estructurales y narrativos.

El estilo y tono son impetuosos y rotundos. No hay temor a la frase cargada, todo lo contrario: la riqueza estilística es agudeza de mirada y bofetada a lo asumido, a lo bien pensado. La ambición de la obra crece en proporción al hito de Tiempo de silencio. Por eso esta publicación de Tiempo de destrucción hay que saludarla como un acontecimiento, y no estoy muy seguro de que haya sido así. Esta edición, con respecto a la de 1975, incorpora un texto al principio del propio Martín-Santos titulado, de forma inequívoca, Lo que quiero contar, que actúa a modo de poética o declaración de intenciones. Su inclusión me parece clave para una visión de conjunto:

«La vida de un hombre no es una figura precisa. En esto se diferencia de la obra de arte».

«Pero si he tomado la pluma es para ir más allá de esas determinaciones accidentales, mecánicas y maniformes».

«¡Palabras confusas! ¡Ya al empezar mi tarea siento la ineptitud del idioma para transmitir lo importante! […] Tendré que demoler el idioma».

«Quisiera que el ritmo de mi relato pudiera ser musical, a pesar de ser yo totalmente amúsico, cegato para la captación de la belleza sonora. Sería al menos como yo —desde mi ignorancia— me imagino que es la obra musical. Una sucesión de temas de los que algunos se repiten y se amplifican a lo largo del tiempo, mientras que otros apenas iniciados caen en un definitivo silencio».

No hay lugar para una estructura narrativa ortodoxa. Eso nunca estuvo en el ánimo de Martín-Santos. La estructura musical, con sus bucles y sus reverberaciones, se ajusta mejor a la sensibilidad del novelista. Repetición y silencio: la obra, la vida.

Más allá de esas determinaciones accidentales, mecánicas y maniformes. Así avanza la literatura. No a la sombra de fórmulas repetidas. Leída hoy, Tiempo de destrucción pone en evidencia a obras contemporáneas que se ven a sí mismas un paso por delante. La capacidad de adelantarse nunca ha tenido que ver con lo cronológico; nunca ha coincidido la edad de la escritura con la edad biológica. Por eso, al igual que restauradores de antiguos lienzos, editores, críticos, comentaristas, prescriptores de toda laya, lectores, en definitiva, tenemos el reto de liberar de estigmas nuestro pasado literario. Galaxia Gutenberg ha hecho lo suyo.

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