El historiador Vicente Benítez acaba de publicar el libro titulado El vapor correo Alfonso XII: La historia y el oro (1875-1885), un proyecto que nació hace bastante tiempo porque el autor ha buceado bajo las aguas del Atlántico, muchas veces, para visitar los restos del barco en la Baja de Gando, un buque que, con apenas diez años de vida, naufragó al chocar en dicho lugar en 1885, donde hay documentados unos 22 hundimientos. Benítez, no solo se interesó por la construcción del vapor mixto a vela, sino por su trayectoria y lo que ocurrió a partir de su desaparición en el fondo del mar. Lo más destacable es la carga que llevaba de diez cofres de monedas de oro, con un valor de 10 millones de reales de la época, de los que solo se encontraron nueve cajas y, a partir de ahí, múltiples expediciones legales o no, acudieron al pecio en busca del resto del tesoro. Se formó una leyenda en torno al dinero. Una buena noticia de este episodio fue la ausencia de muertes en el naufragio. “En el libro condenso las historias de muchas personas que han tenido que ver con el Alfonso XII, tanto de viajeros como de futuras expediciones”, señala Benítez.

Los cofres de oro del Alfonso XII suponían “la paga a entregar a las tropas españolas en Cuba, que estuvo en guerra durante 30 o 40 años hasta que dejó de ser colonia de nuestro país a finales del siglo XIX. De hecho, en el momento del hundimiento, en el barco viajaba un regimiento de 116 soldados que descendieron a tierra y fueron acogidos en el Cuartel de San Francisco donde tuvieron que esperar a que llegaran de nuevo pertrechos y los volvieran a embarcar con destino a Cuba”. “Las navieras no acostumbraban a asegurar los barcos, pero sí la carga, con lo que las aseguradoras, con tal de no devolver tal suma de dinero, quisieron recuperar el oro a cualquier precio. Trajeron un equipo de buzos especiales desde Inglaterra que se pasaron semanas trabajando en una misión muy arriesgada. De hecho, al buzo Alexander Lambert le costó un problema de salud y tuvo que dejar de ser el jefe de la compañía Siebe Gorman del Reino Unido”.

En febrero del año 1885, el barco naufragó y en octubre o noviembre llegó el buque Arabian con el capitán Stevens y los buzos con sus equipos. “Tuvieron que colocar otra nave encima del Alfonso XII para que no se moviera. Realizaron múltiples inmersiones al fondo. Como no encontraban la décima caja decidieron olvidarse del asunto porque suponía mucho riesgo, pero al año siguiente el buzo David Tester, de los tres de la primera misión, regresa convencido de encontrar y sacar el cofre. Bucea un número enorme de veces que le cuestan la vida a causa de un ataque descompresivo y es enterrado en el cementerio inglés en San José”.

El buque disponía de un diseño y un lujo enormes, con grandes salones y telefonía en los camarotes, así como las técnicas más avanzadas en la época. Sin embargo, se estrelló y hundió. “La Baja de Gando es una montaña de basalto que se queda a ras de agua. Apenas seis meses antes que este vapor naufragó otro barco francés, el Ville de Para, de la misma forma. Por lo visto, el propio capitán del Alfonso XII esa tarde, antes de zarpar, estuvo hablando del peligro de la zona, pero a las dos horas de navegación se golpeó, incluso sabiendo donde estaba ubicada la Baja. Los barcos se confían, se despistan, se dirigen por Telde y Melenara hasta Maspalomas para girar en el Faro, establecen la ruta y no se dan cuenta de que esa parte de Gando tiene una atracción especial, con sus remolinos y corrientes. Todavía en los años 70 se fue de nuevo a pique otro pesquero y hace poco un remolcador se dejó la hélice y todo un conjunto de piezas que están también en el fondo del mar”.

El Alfonso XII fue un vapor correo construido por la compañía Trasatlántica dirigida por Antonio López. “En el momento del hundimiento la dirigía ya su hijo, Claudio López. Los hechos ocurrieron en su sexto viaje. Recogía soldados desde los puertos de Barcelona, Valencia, Santander, Galicia y Cádiz, pasando por Canarias y con destino a las Antillas porque los barcos de esta empresa tenían adjudicadas por la Corona dos misiones: el traslado de tropas continuamente desde los puertos españoles a Cuba para mantener la rebelión y el del del correo oficial de la Península con las Antillas. Aparte, iban a bordo otros pasajeros que tuvieran actividades comerciales en este área del planeta. También había que traer a la gente de regreso y se tardaban unos 20 días de navegación”.

Se salvaron los pasajeros y tripulantes del vapor correo en la colisión. Según el historiador, “los pescadores de las playas de Ojos de Garza y de la bahía de Gando, que no era zona militar sino civil, sabían muy bien del peligro de la Baja y como ya habían sucedido tantos accidentes, en cuanto veían el riesgo acudían corriendo al rescate porque el buque se iría a pique. La montaña de basalto tiene dos cumbres que cortan como un cuchillo y no hay casco que se libre. El Alfonso XII se hizo un agujero enorme en la proa, recorrió algo más de una milla y se hundió. Los pescadores salvaron, en esta ocasión, a todo el pasaje. En el Ville de Para, en cambio, hubo dos muertos”. En cuanto al capitán de este sexto viaje, Juan de Herrera, Benítez indica que intentó localizar sin éxito el expediente de la investigación posterior, “ya que cuando hay un siniestro luego se produce una instrucción y un juicio. Posiblemente, de Herrera fue sancionado por perder el barco, pero no hemos encontrado su rastro”.

El escritor apunta que “ha habido muchas intervenciones en el Alfonso XII en las que han participado buzos profesionales en la década de los 40 a los 70… Hasta la entrada en vigor de la Ley de Patrimonio Histórico Español de 1985 y la adhesión del país a la Convención de la Unesco en 2009, donde, como barco con más de 100 años bajo el mar, obtuvo la protección de Patrimonio Cultural Sumergido. En España a partir de los años 40 comenzó el hambre de hierro que se necesitaba en esos años de autarquía, por lo que se recurrió al negocio del desguace de buques hundidos con cartuchos de dinamita. Sin embargo, el casco de este barco se fabricó en unos astilleros de Escocia y estaba muy bien rematado por lo que fue imposible volarlo. Se logró extraer chatarra, pero el vapor sigue intacto, con la pala del timón y la hélice en el eje. En los 70, aún se procedía a la extracción de los metales. Muchos submarinistas han pasado por la zona y se han rescatado múltiples objetos. En su día, buzos de la Armada extrajeron una vajilla completa de un barco tan lujoso. Es un trofeo bastante frecuente encontrarse con piezas de esta vajilla”.

En este sentido y en una vuelta al pasado, “en 1929 comienzan las solicitudes para bucear en el barco tras la última búsqueda del oro de 1886, pero la compañía aseguradora, como legítima propietaria del barco, no concedió permiso. En 1945 aparecío Farray quien solicitó también la expedición sin éxito, pero extraoficialmente realizó la extracción de objetos. Sin embargo, no logró encontrar la caja del oro que faltaba porque las monedas se guardaban en cofres de madera que se deshacen con el tiempo al ser devorados por las bromas (Teredo Navalis), unos gusanos que se comen este material. Las monedas quedarían por ahí esparcidas y los buzos que acudieron a la zona en los años 70 y 80 empezarían a encontrarlas, con lo cual el oro del buque iría a parar a múltiples destinos”.

“No sé cuántas monedas podrán quedar, si es que queda alguna, debido a todos los submarinistas que se han sumergido por la zona. A sus poseedores más les vale no venderlas porque están sujetas al Patrimonio Cultural y es un delito mercadear con algo obtenido de modo ilegal de un barco con más de 100 años bajo el océano. Es muy difícil calcular el valor de este dinero porque al proceder de un buque hundido aumenta con relación a la misma moneda en manos de coleccionistas”.

En la imagen superior izquierda, aparece el pecio del Alfonso XII que sigue en el área de la Baja de Gando. Múltiples submarinistas han acudido a lo largo de los años a curiosear y rescatar objetos o con el deseo de encontrar monedas de oro. En la foto superior derecha, aparecen dos de los buzos de la primera expedición en busca del dinero. En el medio, una moneda de la época con el rostro del monarca y abajo, maqueta del barco mixto a vapor y vela.