No se había inaugurado aún el nuevo Ayuntamiento de Arafo y en los bajos, ya rematados, ensayaron las 38 componentes de Las Desconfiadas, grupo pionero en Canarias. El director pidió permiso a los padres de las componentes, con el compromiso de acabar los ensayos antes de «la hora de la oración».

Si a Enrique González Bethencourt (Santa Cruz de Tenerife, 1924-2010), fundador de la Afilarmónica Ni Fú-Ni Fá, se le considera el padre de las murgas de Canarias, es de justicia reconocer el papel que once años después de los primeros concursos celebrados en la plaza de toros el arafero Alfredo Fariña Mesa como referente de la modalidad femenina.

De madre natural de Arafo y padre de La Orotava, Alfredo Fariña (Arafo, 28 de septiembre de 1942) recuerda la tradición de Carnaval que existía en su casa, incluso en la época de prohibición, lo que no le impidió liderar el proyecto de sacar una murga de mujeres en su municipio natal. El reto era complicado, porque tuvo que contar con la autorización de los padres de las 38 componentes que secundaron esta iniciativa, hasta el punto que se comprometió a que los ensayos comenzaban desde septiembre y a las cinco de la tarde, para garantizar que las componentes estuvieran en sus casas antes de las ocho, «que era la hora de la oración».

Antes del estreno de la murga femenina Las Desconfiadas en las Fiestas de Invierno 1972 –el Carnaval se retomó en 1961 bajo ese nombre para lograr su autorización–, Alfredo cuenta que en el propio Arafo montaron una murga de hombres que no tenía ni nombre. «Por aquella época eran muy célebres los disfraces que se hacía Miguel Talluyo, que regentaba una tienda de ropas, y que en la década de los años sesenta sorprendió por sus disfraces de mono o de gallo. Eran un espectáculo, por lo bien hecho que estaban».

Con esa ilusión se pusieron a preparar el estreno de Las Desconfiadas, que salieron al único Carnaval –Fiestas de Invierno– en el que participaron con una fantasía de majorettes. Las letras las hizo Antonio el de la farmacia, una persona muy inteligente, reconoce Alfredo, mientras que los instrumentos los elaboró Delfín Pestano; Andrés Señorita, que tenía una zapatería, se encargó de elaborar los gorros y Mari Ángel la confección de los trajes que lucieron las componentes. «Tuve que encargar a la Península cuarenta pares de botas, porque aquí no habían tantas existencias del mismo modelo; fíjate del año que te estoy hablando». explica Alfredo.

Más que ensayar en sí a la murga, para el director –el único hombre de la murga, que ya estaba casado y tenía una niña (la mayor de sus tres hijos)– lo más difícil era que los padres te dieran permiso para que dejaran ir a las hijas a ensayar para la murga, máxime porque, como mucho, hasta aquella fecha la costumbre era que salieran hasta el Casino viejo de Arafo con sus madres.

Las dificultades no fueron solo para reunir las componentes, sino incluso para participar en el concurso de murgas de Santa Cruz de Tenerife, donde asegura que la organización le impidió subir a cantar porque eran cuarenta componentes y eran demasiado para la época, por lo que su participación se limitó a hacerlo fuera de concurso, después de haber preparado una decena de canciones.

Entre los momentos de mayor emotividad y trascendencia para la murga Las Desconfiadas está cuando desfilaron en la Cabalgata de aquellas Fiestas de Invierno de 1972, que comenzaba a la altura de la cárcel de la avenida Benito Pérez Armas hasta llegar a la plaza de España entre los aplausos del público, que las felicitaban. «Lo único con lo que nos ayudó la organización de Santa Cruz fue con que nos enviaba la guagua para facilitarnos el transporte», cuenta Alfredo Fariña como una odisea.

Además de desfilar y cantar por las calles de la capital santacrucera, el director de la murga femenina Las Desconfiadas recuerda que también fueron invitadas a desfilar a Puerto de la Cruz; «incluso nos llegaron a insinuar la posibilidad de ir a Las Palmas de Gran Canaria –donde todavía no se celebraba el Carnaval–, pero descartamos esa posibilidad porque era asumir una enorme responsabilidad. ¡Me muero si les llega a pasar algo a las componentes!», cuenta.

Las Desconfiadas solo salieron a las Fiestas de Invierno 1972, pero tienen el orgullo de haber sido las pioneras; solo en el particular de Santa Cruz de Tenerife se tuvo que esperar hasta 1987 para que Las Atrevidas tomaran el relevo, y al año siguiente Marchilongas.

Entre Las Desconfiadas de Arafo, en 1972, y las sucesoras en Tenerife, Las Atrevidas (1987), en Lanzarote nacieron Las Revoltosas y Las Comecocos, en La Vera, en Puerto de la Cruz, en el año 1984. A la edición siguiente surgieron Las Sardinetas, en Santa Lucía de Tirajana, en Gran Canaria, y en 1986, en Agüimes, Las Salamandras, el mismo año que participaron Las Atrevidas, de Vecindario; Las Cangrejas, de Arguineguín; Las Que Faltaban, de Icod de los Vinos, Las Cencerras, de Puerto del Rosario (Fuerteventura) o Las Cachivaches, de Antigua (Puerto del Rosario) hasta completar una relación de casi medio centenar de murgas femeninas en Canarias. «Dicen que fuimos la primera formación de mujeres en las Islas, pero yo digo de España, porque no habían ni en Cádiz», sentencia Alfredo, con el orgullo de padre murguero.