Preocupación porque los Wagner intensifiquen su presencia en el Sahel

Los intereses de los mercenarios rusos podrían centrarse en África tras el motín fallido contra Putin y avivar la inestabilidad de países cercanos a Canarias

Protesta en Bamako para exigir la retirada de la misión de la ONU en Mali, Minusma.

Protesta en Bamako para exigir la retirada de la misión de la ONU en Mali, Minusma. / Idrissa Diakité

Los mercenarios del Grupo Wagner salen escaldados de la gélida Rusia. El levantamiento fallido de los hombres de Yevgueni Prigozhin contra el Kremlin abre las puertas de un futuro incierto, especialmente en los países africanos en los que los milicianos rusos tienen una amplia influencia y donde ofrecen servicios de seguridad, consultoría política o campañas de desinformación. Repudiados por Vladimir Putin y expulsados de su misión en Ucrania, los mercenarios miran hacia Bielorrusia, pero también podrían preparar una mudanza al Sahel, donde podrían intensificar su presencia, lo que alimentaría la inestabilidad de la región, cuyo punto más occidental se ubica a escasos 200 kilómetros de Canarias. Precisamente, la inseguridad de estos estados es uno de los motores que impulsan a la población a emigrar de manera irregular hacia las Islas a través de la arriesgada ruta atlántica, con el anhelo de encontrar una alternativa de vida en Europa.

Los Wagner, expertos en agitar aguas que ya van revueltas para lograr su propio beneficio, actúan en países como Malí, donde desde hace una década permanece desplegado un contingente de militares españoles para adiestrar a las tropas locales, dentro de la misión de formación de la Unión Europea EUTM-Mali (por sus siglas en inglés). La irrupción de estos mercenarios empujó a Francia a abandonar el terreno hace aproximadamente un año, cuando el Gobierno galo anunció la retirada de sus tropas tras casi una década de lucha antiterrorista en la zona. Ahora es el Ejecutivo español el que muestra una especial preocupación por las acciones que puedan emprender los milicianos rusos. Tras el motín frustrado de los Wagner, la ministra de Defensa, Margarita Robles, señaló que siguen «con inquietud y muchísima prudencia la evolución de los acontecimientos en África, sobre todo en el Sahel».

Herramientas internacionales

En los países de esta región africana –Senegal, Gambia, Mauritania, Guinea, Malí, Burkina Faso, Níger, Chad, Camerún y Nigeria– lleva años floreciendo un sentimiento anticolonialista, especialmente contra Francia, que ha generado un clima de hostilidad absoluta hacia la presencia de misiones de paz lideradas por Occidente. Hace solo dos semanas, el gobierno de Bamako solicitó al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) el fin de su misión en Malí (Minusma), que en diez años no ha logrado aplacar el impacto del yihadismo o la pobreza extrema de la población. Tampoco fue suficiente para evitar el triunfo de dos golpes de Estado casi consecutivos –en 2020 y 2021–, que hirieron gravemente la joven y voluble democracia del país y alzaron al poder a una junta militar, liderada por Assimi Goita, quien alienta el romance de los malienses con Moscú. A nadie se le escapó que en las manifestaciones callejeras tras el golpe de Estado se ondean banderas rusas, a la par que se gritan improperios contra Francia y se alzan pancartas contra el presidente galo, Emmanuel Macron.

La inseguridad es uno de los motores que impulsan las migraciones desde África hacia las Islas

África toma especial protagonismo en el nuevo contexto geopolítico internacional y empieza a abandonar el papel de instrumento de las potencias occidentales. Ahora, el continente emplea los recursos internacionales a su alcance como herramienta para promulgar sus propios intereses, lo que moldeará poco a poco la forma en la que África se relaciona con el exterior. Lejos de seguir bajo las faldas de sus antiguas metrópolis, el continente se ha arrimado a nuevos socios comerciales, como son Rusia o China, que ven los países africanos como diamantes en bruto de los que extraer recursos naturales y donde les es posible expandir su economía sin muchos controles.

Respaldo ruso y chino

Para ganar terreno y afianzar alianzas, Moscú y Pekín respaldan abiertamente las quejas formuladas por los gobiernos africanos ante el Consejo de Seguridad de la ONU, señalando que las misiones de paz deben tener en cuenta «la soberanía» y «las preocupaciones» de los estados en los que se desarrollan. El continente africano intenta trazar un camino propio para hacer frente a retos como la lucha contra grupos armados, la migración, las tensiones étnicas, la crisis alimentaria o los golpes de estado, para lo que no dudan en emplear las herramientas que les brindan estas grandes potencias internacionales. Entre ellas, el despliegue del Grupo Wagner, al que no solo recurre la junta militar maliense, sino gobiernos como el de la República Centro Africana (RCA).

Moscú brinda apoyo militar a Bangui y Bamako al margen de los hombres de Prigozhin

El presidente centroafricano, Faustin-Archange Touadéra, ha defendido en varias ocasiones que la cooperación con Moscú no está relacionada con los Wagner. A estas declaraciones se sumó esta semana el Kremlin, que anunció que mantendrá a sus «asesores militares» en la RCA y destacó que las operaciones del grupo paramilitar en el país «son asunto suyo», a lo que añadió que «las compañías asociadas con el Grupo Wagner tienen en África un negocio independiente y el Estado no tiene nada que ver con ello». Observadores internacionales apuntan que los hilos que el grupo de mercenarios mueve en el país llegan hasta las explotaciones petrolíferas y que la protección del propio presidente corre a cargo de los milicianos.

Horas bajas del Kremlin

A pesar de las horas bajas que atraviesa el régimen de Putin, el Kremlin se esfuerza por aparentar normalidad y sigue apostando por mostrar su respaldo a Bamako. El pasado viernes, el ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov, aseguró a Malí que Rusia seguirá apoyándoles para «superar problemas socioeconómicos agudos, aumentar la capacidad de combate de las Fuerzas Armadas nacionales y capacitar al personal militar y a los agentes del orden».

Esta formación paramilitar rusa, teóricamente privada, hacía gran parte del trabajo sucio allá donde el Kremlin tiene intereses, pero no quiere mandar a sus propios soldados para evitar posibles repercusiones legales o diplomáticas. Hasta ahora ha actuado como punta de lanza de los intereses económicos del Kremlin en el extranjero, generando cientos de millones de dólares al año en África y convirtiéndose en una fuente crucial de financiación para mantener tanto la influencia de Rusia en el continente africano, como para costear operaciones militares en Ucrania, según han señalado funcionarios occidentales citados por The Wall Street Journal. Así, el divorcio de Putin y Prigozhin, además de contribuir a la inestabilidad del Sahel, podría salirle caro a Moscú.