03 de octubre de 2020
03.10.2020

Dos cabalgan juntos

El diálogo plástico entre Millares y Padorno a través de sus creaciones vuelve a las galerías madrileñas tras décadas de ausencia

02.10.2020 | 23:17
Dos cabalgan juntos

Habría que imaginarlos en el viaje, hasta hoy mismo. Los pies de arena, los ojos de Marlon Brando buscándose en el aire del barco, pugnando por ganarle horas a la noche, hasta que, atrás, Las Canteras ya no es una playa sino un síntoma que mantienen los nadadores más allá de su propio aliento. No es tampoco un recuerdo: es una herida bella, sangre de arena en sus venas de muchachos. Y así será siempre, la arena de los pies, sus arpilleras. Nadan a bordo, desde que nace el viaje como una idea, y van felices, acompañados y solos, es su sino, así nacieron, los alegres muchachos de la playa, aunque cada uno a lo suyo, en su fragua, en su rincón, como boxeadores, están también uno pendiente del otro, se saben frágiles si no viajan juntos; disimulan su dependencia porque saben que, en un momento de la historia, el sueño les va a reclamar a ellos solos frente al lienzo, en el taller, sin otra voz que el susurro, alimento de la cultura que van adquiriendo y que ya llevan consigo como un sedimento o un señuelo.

Van en el barco como si nadaran, haciendo cabriolas en secreto, para volar también, están haciendo el viaje de su vida. Los bolsillos están vacíos como playas de la madrugada, se calientan las manos hablando con los otros, en el trajín de los preparativos se olvidaron de poemas que se dicen juntos, como en una tenida de la que sobresalen frases que son parte de conversaciones que tuvieron, insomnes, cuando estaban dibujando como si el futuro fuera la eternidad de haber estado juntos. Los dos andan desgreñados, como chiquillos de la orilla, pero saben que tienen un objetivo en la frente, y este los tiene insomnes, como cuando enamorados. No hay otra pasión más grande que la luz que buscan; el otro aspira a tachar lo que ya está escrito o pintado, y al otro le asiste la misma ambición, las mismas ganas de ser uno en el universo y nada más. Vendrán sucesos, amores, amistades, hijos, pero hay por dentro un joven común que los habita y que, casualidades de la vida, como el otro también se llama Manuel, vienen de la arena y a la arena van, aunque en esta no haya ni sal ni aire de mar, sino cielo, el cielo infinito que demudó a Velázquez, que arrancó de Cervantes lo mejor de sus sustantivos.

La palabra afán está en ambos rincones, el de salida y el que los aguarda. No hay desmayo en la decisión, están saliendo a ganar, con los pocos diezmos que llevan en los bolsillos, la vida entera. Irían descalzos incluso, como si el mar fuera la arena que han dejado atrás, y no quieren que les asista otro aliento que el que entonces aventa a jóvenes así fuera del delantal del terruño. Ensimismados como luego en la vida, cada uno tiene su rincón del barco y sus propias alpargatas, los manolos de a bordo buscando en el mar, tan abundante, una síntesis: qué decir al llegar, qué decirle al lienzo que es la vida, qué poner sobre la mesa, aparte de papeles, pinceles, pinturas, libros, la inteligencia de saber como impulso invariable, hasta que la muerte nos separe de lo que escribo, de lo que pinto, de lo que invento.

Dos cabalgan juntos, todavía. Tachando el lugar común, recogiendo del suelo, o de la tierra, la inspiración que sopla arena, estos dos personajes que ahora estarían mirándose para verse en los espejos de los otros, dejaron dicho, en el siglo XX de la historia, que nacieron para que un día como ahora los viéramos salir del barco, de los barcos, como si encendieran juntos una estrella infinita en cuya cúspide estuviera la ambición de crear un mundo que es el que los llevó a hacer el viaje que ahora los junta otra vez a bordo de un barco distinto, el que los mira exponer a la vez la rabia y el arte que aprendieron viajándose hacia adentro, mirándose mirar creando.

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