05 de septiembre de 2020
05.09.2020

Acción y reflexión

'Tenet', la última megaproducción de Christopher Nolan, alabada por su concepto visionario y el virtuosismo de sus escenas de acción

04.09.2020 | 22:13
Una escena de la película 'Tenet'.

La lógica expectación que ha generado en todo el mundo el estreno algo tardío de Tenet ( Tenet, 2020) tras la irrupción de la pandemia del coronavirus (su estreno europeo se aplazó en dos ocasiones y en Estados Unidos, Canadá y Rusia sigue aún en suspenso) no ha supuesto la menor sorpresa para casi nadie pues se trata del último trabajo de uno de los cineastas más originales, visionarios y heterodoxos que ha engendrado el siglo XXI en sus dos primeras décadas de recorrido y del creador que, junto con el incombustible Quentin Tarantino, más ha contribuido a difuminar las otrora sólidas fronteras que separaban el cine de autor del llamado cine de consumo; la vieja dicotomía entre la cultura popular, o sea la que cultiva el puro entretenimiento, y la cultura que los anglosajones denominan highbrow, es decir, la que provocan los círculos exclusivos de la vieja intelectualidad, la que, en resumidas cuentas, niega cualquier intromisión que no llegue bendecida por los aristocráticos barómetros de una tradición que se ahoga lentamente en sus propias incongruencias.

¿A tenor de los nuevos escenarios, y permítanme la digresión, habrá alguien todavía que se rasgue sus estoicas vestiduras ante semejante cambio de paradigma? Me interrogaba a mí mismo a la salida de este brillante, inteligente y elefantiásico espectáculo, que arrasa actualmente en las pantallas de medio mundo. En cualquier caso, el paso ya está dado y, a partir de ahora, sospecho que el modelo industrial del blockbuster ya ha empezado a cambiar de signo y a despertar entre la crítica especializada una nueva conciencia ante la metamorfosis formal y conceptual que está experimentado lenta pero inexorablemente el séptimo arte desde que genios de la envergadura de Nolan han puesto al servicio de la modernidad su enorme capacidad para transformar todo lo transformable en el cine contemporáneo.

Pues bien, estos dos conceptos, más sociológicos que verdaderamente artísticos, que han primado en la jerga tradicional de la crítica cinematográfica desde tiempos inmemoriales y que en realidad no son tan disímiles ni discordantes como muchos han querido hacernos entender, se resisten hoy a jugar el mismo papel que han venido desempeñando como parte integral de una terminología estrictamente excluyente que determinaba, con manifiesta ligereza en no pocos casos, donde residía el verdadero arte y donde el mero artificio. Con el paso del tiempo, una idea tan disolvente ha dado paso a una visión mucho menos ortodoxa donde ambas categorías dialogan entre sí buscando una nueva expresión despojada de juicios tan volátiles ycategóricos.

Por eso, la apuesta decidida de Christopher Nolan (Londres, 50 años) por la articulación de un cine personal, inquietante, sugerente y profundamente desmitificador, incluso manejando recursos expresivos más propios del cine convencional que de un cine con elevadas aspiraciones autorales, quedó meridianamente clara desde que realizara Memento ( Memento), su segundo largometraje, en compañía de los actores Guy Pearce, Carrie-Anne Moss y Joe Pantoliano, en el que mostraba, sin titubeos, el retrato febril de un hombre con la memoria seriamente dañada por un traumático suceso en el que no pudo evitar la violación y posterior asesinato de su mujer a manos de un violador en serie.

Un psycothriller en toda regla, provisto de todos los elementos que exigía el género, aunque con la fuerza añadida del talento de un cineasta y guionista dispuesto a darle un vuelco personal mediante el empleo de un tono visual que invitaba constantemente al espectador a mirar a la pantalla con ojos diferentes, más abiertos al interior de los personajes, a la etiología de sus actos y a sus dilemas morales que al mórbido escenario que ofrece la detallada visibilidad de sus atroces crímenes.

En esta película, escrita por el propio Nolan a partir de la novela homónima de su hermano Jonathan, ya revelaba sus credenciales autorales, marcando distancias con los enmohecidos patrones morales y narrativos del viejo Hollywood y creando a su alrededor una aureola de joven batallador en el campo de la producción mainstream que no ha hecho más que crecer exponencialmente con el paso del tiempo con filmes tan sugestivos e innovadores, a la par que tan comerciales, como Interstellar ( Interstellar, 2014), Origen ( Inception, 2010), Dunkerque ( Dunkerque, 2017), Batman Begings ( Batman Begings, 2005), El caballero oscuro ( The Dark Knight, 2008) o El truco final ( The Prestige, 2006), películas con envoltura de género aunque dotadas todas ellas de un fuerte aliento poético que contribuye a transformarlas en poderosos artefactos para surcar aguas mucho más profundas que aquellas por las que suelen navegar los cultivadores más estereotipados del género.

Por lo tanto, no nos sorprende lo más mínimo la abierta disposición que muestra Nolan en Tenet a circular por las pistas habituales de las action movies al uso porque sabemos, ya de antemano, y a tenor de su espectacular trayectoria como creador, que la suya no es la mirada alicorta con la que afrontan estos temas la inmensa mayoría de los especialistas de Hollywood en su empeño infatigable por deslumbrar al espectador con sus abrumadoras sesiones de fuegos artificiales tipo Fast and Furious sino, por el contrario, una mirada de largo alcance a través de la cual es capaz de arrojar sobre la pantalla potentísimas dosis de emoción y de suspense al mismo tiempo que nos introduce en un apasionante ejercicio de reflexión acerca de los cánones narrativos que, con el paso del tiempo, han ido configurando la propia esencia ontológica del cine como medio de expresión impulsado fundamentalmente por la dinámica del movimiento.

De ahí la mélange de géneros -cine de espías, de ciencia ficción y cine de culto- que preside cada secuencia de esta imborrable experiencia fílmica en la que se demuestra, una vez más, y este director lo ha hecho en más de cinco ocasiones, que no existe una fórmula unívoca que permita distinguir con precisión lo que es el verdadero arte cinematográfico del puro escapismo sino se es capaz de demostrarlo con la coherencia, el rigor y el malabarismo formal con que lo hace Nolan. La película, de más de dos horas y media de metraje, conjuga magistralmente la aparatosidad formal tan propia del cine hollywoodiense, incluyendo por cierto algunas de las persecuciones automovilísticas más inefables de las dos últimas décadas, con una reconfortante operación de reciclaje formal de aquellos clichés argumentales más recurrentes de la todopoderosa industria del entretenimiento.

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