02 de mayo de 2020
02.05.2020
AMALGAMA

La riqueza nacional

02.05.2020 | 15:59
La riqueza nacional

Ya se acaba la pandemia, las economías globales están destrozadas, y los países se encierran en sí mismos, aunque acudan a clubs como el europeo, a los efectos de mutualizar la ruina, pero sin éxito, dado que la dinámica expansionista es sustituida ahora por una dinámica centrípeta, pro domo sua, y cada nación va a lo suyo. Economías cerradas son aquellas que no realizan intercambios con otros países y que se autoabastecen de lo que producen. La llegada de la globalización, la tecnología misma, y el crecimiento masivo de la humanidad, hizo casi desaparecer este tipo de economías. La única ventaja de una economía cerrada es la preservación de la cultura, el patrimonio y el espíritu nacional, justamente valores no económicos.

Pero desaparece la variedad de productos, así como su oferta, no existe competencia externa, con lo cual se generan monopolios, y la inversión y la tecnología pasan a ser decrépitas por falta de contraste con la inteligencia del resto del mundo. Esta situación que, antiguamente, podía mantenerse por países fuertes, hoy día es casi imposible, porque la fortaleza de referencia es el mundo. Cuando un tsunami como el de la pandemia de la Covid-19, sea su peligrosidad relativa cierta o inventada, arrambla por la globalización, excita la sospecha sobre la deslocalización de la fuerza del trabajo y la procedencia de bienes y servicios masivos, y la tendencia es a refugiarse en la nación a la que se empieza a llamar patria, por tirios y troyanos.

Por eso vemos a los clásicos representantes antipatria del comunismo podemita aludir convertidos como Pablo de Tarso a la patria, de la misma forma que aludían a patria o muerte, en su tiempo, un Fidel, un Che, un Chávez, un Stalin, un Mao, un Hitler... Replegados, pues, a la patria, ante una tragedia económica en la que todas las relaciones comerciales y productivas han quedado paralizadas, hay millones de bocas que piden dinero o comida para sobrevivir, y se les puede ofertar: a) la expropiación a los que tienen para dar a los que no tienen, a imagen y semejanza de los gobernantes, del politburó; b) la regeneración del sistema del capital liberal para que todo vuelva a ser un flujo de producción y consumo sin límite. Fracasada momentáneamente la segunda solución, entra en lid la primera solución. Las formas de expropiación son directas, como las nacionalizaciones, o imponiendo impuestos sobre la riqueza nacional, para nutrir los subsidios y las rentas básicas. Decir que esto es economía-ficción es como decir hace tres meses que cinco mil millones de humanos estarían confinados en sus casas, igual de increíble una cosa que otra.

Este de la pandemia es el mejor contexto para economías políticas comunitaristas donde el ser humano individual pasa a ser lo secundario en favor de la propia comunidad, ente abstracto que siempre está representado por unos privilegiados de Politburó. Los privilegiados, las elites, siempre están, sólo que hay diferencias entre poder renovarlas entre una variedad de partidos, o constituir las mismas, como con Hitler o los comunistas, un partido único, con sus diversos tipos históricos. La humanidad funciona con una obediencia ovejuna dirigida por el egoísmo y envidia, y sin estos ingredientes no hay funcionamiento grupal o nacional. El mismo ingrediente que alimenta a los que asisten al ahorcamiento o las lapidaciones, o más suavemente, el mismo que produce los chivatazos de los vecinos cuando alguien sale a coger aire. En una vieja estampa de Víctor Ramírez, como los presos esclavos que ven que alguien va a escapar y corren tras él para impedirlo. Las fórmulas para gestionar el egoísmo y la envidia son comunitaristas o liberales, es decir, ingeniería social o libertad individual. En los casos de catástrofes vence la ingeniería social, y la catástrofe es aprovechable o provocada.

En este caso de la Covid-19, es sobrevenida pero se le agrava aposta para aprovecharla. A más miseria, más posibilidades de provocar miedo en la población y aplanar todos los derechos individuales en pro de la dirección, del Politburó, que adquiere poder omnímodo. La principal forma de expropiar la riqueza de los individuos es incrementando los impuestos. Los individuos trabajan, poseen propiedades, bienes y un flujo simbólico de intercambio universal llamado dinero, pero si se les impone un 80 o 90 por cien de tributo, por ejemplo, de lo que ganan, el estado se convierte en un recaudador equivalente al de un sistema de capitalismo de estado que hubiera nacionalizado todas las empresas.

Disponer de toda la riqueza nacional, a fin de retornar a todos una renta básica (su propio nombre indica que es básica, es decir, miserable), da poder a la elite gubernamental, un poder omnímodo, porque reparten los bienes racionándolos conforme a su interés y de esa forman cuentan con súbditos. El vicepresidente segundo de Derechos Sociales, Pablo Iglesias, aludió a que los economistas de la Universidad de Berkeley, Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, y de la London School of Economics, Camille Landais, proponen un impuesto a las grandes fortunas, y los comunistas que están en ese partido proponen un impuesto de un 2,5 % a quienes tienen valores patrimoniales por más de un millón de euros. Saez, Zucman y Landais proponen un 0,5%, y calculan que si se grava la riqueza nacional (el conjunto de todos los valores y bienes de un país) en diez años se paga la deuda pública de cada país (España si tuviera una riqueza nacional de unos 600.000 millones, si se grava en un 2,5 % como proponen los comunistas españoles, en diez años recaudaría más de la deuda pública del país).

Cuando en el informe de los comunistas se propone gravar a las entidades jurídicas en un 35%, y gravar a las personas físicas en su renta del ahorro con un tipo impositivo general de hasta el 45%, no se está pidiendo nada que no se haya vivido, por ejemplo, esto ya fue así en los años ochenta del pasado siglo, pero con una inflación que ayudaba a soportarlo, luego todo cambió con Solchaga y España se terminó haciendo liberal con los populares. La idea todavía es tímida, y en las leyes se considera confiscatorio tributar con más del 70 por cien de la renta anual, y con sólo llegar a esos niveles ya la riqueza producida, sea por unos pocos o por unos muchos, resulta confiscada, y luego repartida por la elite del Politburó a todos en forma de renta básica. La ingeniería comunitaria habrá ganado y el individualismo se habrá esfumado.

Ontológicamente este camino es el que terminará imponiéndose en el planeta, pero con un mando único planetario, pues tras los nacionalismos sobrevendrá el imperialismo planetario. De todas formas la partida no está perdida, pues en el resto del mundo hay muchos países, poderosos, e imperiales, que adoran la libertad del individuo y cuentan con la fortaleza natural del capital, que gestiona hábilmente la envidia y el egoísmo, los dos pilares sobre los que se construye el comunitarismo, sea comunista o socialista. La riqueza nacional es fácilmente expropiable en tiempos de miseria, pero la libertad es un valor muy poderoso. Estamos viviendo el camino hacia la Gran Mente y se juega la partida de todos para uno o cada uno para todos.

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