01 de febrero de 2020
01.02.2020

Scurati indaga en los bajos fondos de la historia

'M. El hijo del siglo' sitúa al lector como un espectador privilegiado del tiempo de Mussolini

31.01.2020 | 23:03
Scurati indaga en los bajos fondos de la historia

Antonio Scurati (Nápoles, 1969) ha escrito la novela sobre Benito Mussolini. No una simple novela: una obra capital para empezar a entender el siglo pasado en Italia a través del hombre que no solo fundó el fascismo sino que también moldeó a los italianos, siguiendo la pauta marcada por el marqués de Azeglio, cuando al final de la Unificación decía que una vez hecho el país había que preocuparse de hacer a sus habitantes.

M. El hijo del siglo, que ve la luz estos días traducida al español tras obtener el premio Strega y con un éxito sin precedentes -doce ediciones y 250.000 ejemplares- desde que fue publicada en 2018 por Bompiani, no es una novela que pretenda interpretar el presente trayendo a colación el pasado, como se ha dado en repetir por culpa de algún que otro paralelismo. Su autor, Scurati, consigue con ella lo que no todos los escritores son capaces: buscar la complicidad actual sin desviarse de los hechos narrados ni referirse abiertamente a lo que está sucediendo en Italia. Sin embargo sí creo, porque además él mismo lo ha reconocido en entrevistas, que existe una voluntad de llamar la atención sobre el olvido que, a su vez, ha acarreado en los últimos años una especie de desprejuicio antifascista que no procede exclusivamente de los pocos nostálgicos que van quedando de Mussolini sino de muchos jóvenes que se han sacudido el peso trágico de la Historia y están dispuestos a perdonarle al Duce cosas que hace un tiempo hubieran sido impensables.

Scurati tiene, además, la habilidad de dictar una condena documental sobre el fascismo, sin emitir un juicio sobre los personajes. Usa el presente histórico y narra hechos, ciñéndose a los testimonios, con el mayor acopio de información sobre los acontecimientos de la época, pero evitando en todo momento las consideraciones personales.

Después del trabajo colosal de Renzo de Felice, publicado durante más de treinta años en ocho volúmenes y un total de siete mil páginas, no parecía haber nada más que contar sobre Mussolini, pero Scurati sin pretender copiar la Historia, únicamente imitarla, la recrea con una prosa fluida y agradable que sitúa en todo momento al lector como un espectador privilegiado de los hechos y los detalles. El tono romántico está incluido tratándose del Duce littorio y las relaciones personales que mantuvo durante su vida, sus amantes y las amistades como Capocamorra, uno de los numerosos apodos que Carlo Emilio Gadda, abusando de su prodigiosa inventiva, le dedicó.

En M. está fielmente reflejada, y eso sí resulta novedoso, la miserable epopeya fascista, contada en los bajos fondos de la historia por los protagonistas y actores secundarios. Y también el toque de familiaridad que acompaña al lector durante más de ochocientas páginas, desde la fundación de los Fascios de Combate en la milanesa Piazza de San Sepolcro, en 1919, hasta la Marcha sobre Roma y el crimen de Matteotti, en progresión cronológica lineal hasta llegar al discurso pronunciado en el Parlamento, el 3 de enero de 1925, que inaugurará un nuevo ciclo en la historia italiana. Y como resultado de todo ello una siniestra asonancia, comenzando con la atmósfera plagada de resentimiento, la intolerancia frente a las liturgias del Parlamento, el deterioro de las viejas clases dominantes, y el suicidio de la izquierda, dividida en decenas de corrientes.

Hoy, como sucedía entonces, y aquí es pertinente establecer el paralelismo, la amenaza se encuentra en la insatisfacción popular, la ignorancia y la aceptación de la inercia. No en Salvini, en Farage, en Abascal, u otros populistas de la derecha extrema o de la izquierda. La aparición de estos personajes, como lo fue entonces Mussolini, es precisamente consecuencia del clima social y del desencanto de las masas.

Mantener la distancia forma parte del éxito que ha prodigado como autor Scurati. Gadda, que perteneció a la historia, no pudo hacerlo. Percibía la presencia feroz del ser contemporáneo como una amenaza aún después de muerto. De ahí los motes que le adjudicó: Giuda, Capocamorra, Sozzo, Nullapensante, Mala testa. Duce, Buce, Truce? Curzio Malaparte, menos aún, tuvo que padecerlo en carne propia en la cárcel. Por eso es capaz de diseccionar la "divinidad artificial" de Muss de una manera mucho más subjetiva. O en la sátira posterior, El Gran Imbécil. "Le decíamos eres un héroe, eres el héroe, extendíamos el brazo hacia él, y él nos creía y nos gritaba: 'También vosotros sois héroes, todos sois héroes', y él creía que nosotros le creíamos, y se pavoneaba en el balcón, ponía los brazos en jarras, ponía boca de culo de pollo, metía la tripa, oscilaba sobre sus rodillas ¡el Gran Imbécil!".

En cambio, Scurati, testigo lejano, piensa y no está equivocado que la mejor manera de resucitar el fallo preliminar antifascista en cualquier juicio que tenga que ver sobre el escarnio al que Mussolini sometió al pueblo italiano durante más de veinte años es no considerar un idiota al dictador que antes de aplastar y maltratar a sus compatriotas los sedujo como si fuera un ser providencial. El Duce era muchas cosas peores, antes que eso. Por algo el fascismo, como el propio autor ha recordado, es el último gran invento de Italia, genial en el desastre, un fenómeno que cambiaría el curso de la historia en el mundo.

Pero no es únicamente Mussolini, que se dirige en primera persona al lector en el primer y en el último capítulo, el que adquiere dimensión histórica en la novela de Scurati. Son también el resto de los personajes que en cualquier otra circunstancia literaria quedarían al margen. Tiene gran peso, por ejemplo, la extraordinaria figura de D'Annunzio, quien interviene en Fiume como un cañón suelto guiado por unos propósitos impredecibles e inconscientes; la influencia cultural del vanguardista Marinetti, que se anticipa a elogiar la guerra como un guiño estético; la miopía estúpida del liberal Croce que sigue sin darle importancia a Mussolini aún después de haberse producido el asesinato de Matteotti; la brutalidad de los primeros fascios a imagen y semejanza de los arditi (osados) que combatieron como fuerzas de asalto, puñal en la boca, en el Piave y el resto de trincheras de la Primera Guerra Mundial, contra los austriacos, o Margherita Sarfatti, la amante histórica del Duce, que ayuda a esculpir la figura política y humana del hombre que iba a dominar Italia.

Pero también están los opositores, el citado Matteotti, Treves, Bombacci y Turati, los colaboradores y los enemigos, los amigos y familiares. Nadie parece tomar la delantera en esta monumental novela coral que abre cada capítulo con un encabezado. Scurati los escucha a todos. Seguirá haciéndolo seguramente. Ya se sabe que M. El hijo del siglo es la primera parte de una trilogía que nos conducirá hasta el Piazzale Loreto, donde se expusieron los cadáveres de Mussolini, de Clara Petacci y de otros miembros de la República Social Italiana, después de haber sido capturados por partisanos en las inmediaciones del lago Como. Además se encuentra en marcha una serie de televisión, a cargo de la misma productora de The Young Pope. Hay Mussolini para rato.

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