16 de octubre de 2020
16.10.2020

La cebada lo cuestiona todo

Un estudio apunta que hubo comunicación marítima entre los aborígenes de Tenerife y Gran Canaria antes de la Conquista

16.10.2020 | 00:41
La cebada lo cuestiona todo

Hasta ahora los libros de Historia defienden, sobre los indígenes que poblaron Canarias antes de la Conquista, que descendían todos de unos mismos ancestros bereberes y que, una vez separados entre islas, no existió comunicación entre ellos. Hasta ahora. Porque un estudio de la ULPGC defiende la posibilidad, a través de los cultivos de cebada que los habitantes prehispánicos de Gran Canaria y Tenerife se comunicaron a través del mar.

Los pueblos aborígenes de Canarias descendían todos de unos mismos ancestros bereberes que poblaron el Archipiélago hace unos 2.000 años y que, después, permanecieron sin comunicación entre ellos hasta la Conquista, cada uno encerrado en su isla. Aunque resulte inexplicable, es Historia, pero... ¿y si unas semillas de cebada lo cuestionaran ahora todo?

Es uno de los aspectos que más sorprenden a quien se acerca por primera vez al pasado prehispánico de Canarias: ¿Cómo es posible que unos pueblos que necesariamente llegaron a las Islas navegando desde el norte de África se olvidaran de esa habilidad? ¿Es que siglo tras siglo nadie sintió la curiosidad de saber quién vivía en esos trozos de tierra que se observan desde su isla, al otro lado del mar?

No solo lo dicen las crónicas escritas por los primeros colonos europeos, es que además no se ha hallado ninguna prueba arqueológica que refute esa afirmación: los antiguos canarios no navegaban, no hubo trasiego entre islas, un gomerita no sabía de la existencia de los guanches, aunque el Teide se divise casi desde cualquier punto de La Gomera, ni un bimbache conocía que a 70 kilómetros al norte de su tierra herreña, en La Palma, vivían los benahoritas.

Sin embargo, un trabajo que publica este mes la revista African Archeological Review reabre el debate sobre esa cuestión, con una aproximación diferente: lo que el registro arqueológico no cuenta, puede que lo revele (o al menos lo sugiera) el ADN de un alimento capital en la alimentación de los canarios aborígenes, la cebada.

El especialista en Arqueobotánica de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) Jacob Morales ya publicó hace tiempo que los agricultores de Canarias del siglo XXI siembran sus campos con toda una reliquia: el mismo linaje de cebada que ya estaba en las Islas antes de la Conquista, el que se conserva en varios yacimientos, el mismo que trajeron desde el continente los antepasados bereberes.

Acreditado genéticamente que la cebada que se cosecha en Canarias es la misma que se plantó en las Islas por primera vez hace 2.000 años, Morales hace ahora el viaje inverso con ayuda de la experta en Genética de la Universidad de Linköping (Suecia) Jenny Hagenblad.

¿Y qué dice el estudio retrospectivo del ADN de la cebada canaria de hoy? Pues que se trata de una variedad que se separó de su ancestro africano continental hace unos 2.400 años; que hace unos 1.800 años las cebadas del resto de islas se distinguieron de la de Lanzarote, la más antigua; y que las de Gran Canaria y Tenerife fueron genéticamente la misma hasta hace 1.200 años.

La primera conclusión casi concuerda (con algo de anticipación) con el registro arqueológico, que data la primera ocupación humana de Canarias entre el siglo I antes de Cristo y el I después de Cristo; la segunda afianza que la agricultura llegó al Archipiélago por las islas más cercanas a África y la tercera... la tercera constituye toda una sorpresa, porque apunta a que hubo comunicación entre las dos islas centrales de Canarias hasta solo 500 años antes de la llegada de los navegantes castellanos, lusos o normandos.

Jacob Morales, desde su despacho en la ULPGC, explica a Efe que la cebada es un cereal que se autopoliniza, por lo que rápidamente la variedad que se siembra en una comarca acaba distinguiéndose genéticamente de la que se cultiva en otra. Casi que se autorreplica, salvo que haya intercambio de semillas.

"Y las semillas no navegan", apunta. A su juicio, el rastro del ADN de la cebada abre una hipótesis tentadora: que durante siglos hubo una intensa comunicación entre islas en tiempos prehispánicos, entre esos pueblos que supuestamente estuvieron siempre separados.

Morales admite que su estudio no refuta el relato arqueológico aceptado hasta la fecha: no se han descubierto testimonios de comercio ni de intercambio de bienes entre islas, y no hay, por ejemplo, ni un resto de cerámica aborigen grancanaria en un yacimiento de Tenerife ni tampoco a la inversa, recuerda.

Pero también defiende que este estudio sobre la cebada sugiere que no todo está dicho en ese campo, que el hecho de que no se hayan encontrado esas pruebas arqueológicas de comunicación entre islas solo significa eso, "que no se han encontrado" y que puede quedar mucha investigación por desarrollar al respecto.

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