04 de septiembre de 2020
04.09.2020

Los cazadores de meteoritos irrumpen en un recóndito pueblo de Brasil

Hay coleccionistas e instituciones que pagan hasta 18.000 euros por un trozo de estos fragmentos

03.09.2020 | 23:09
Los cazadores de meteoritos irrumpen en un recóndito pueblo de Brasil

Era una soleada mañana de agosto cuando una lluvia de fragmentos de roca espacial regó Santa Filomena, un empobrecido pueblo del árido agreste brasileño. Con ella, irrumpieron en este recóndito rincón del país decenas de cazadores de meteoritos, cuyos pedazos llegan a ser vendidos por más de 18.000 dólares.

La inusitada presencia de investigadores, coleccionistas y comerciantes de este tipo de rocas llegadas del espacio resucitó a Santa Filomena en el olvidado mapa del Sertao, como se conoce a la vasta región semiárida del nordeste de Brasil y que João Guimarães Rosa retrató en las páginas de Grande Sertão: Veredas.

Y no era para menos. Tres días después de la lluvia de fragmentos de meteoros, registrada el 19 de agosto, una veintena de "desconocidos" comenzó a recorrer las calles y parajes de Santa Filomena en busca de pedazos de la piedra espacial, algunos ofreciendo cantidades de dinero de las que muchos de los habitantes, en su mayoría jóvenes, nunca soñó en tener.

Desde entonces, la fiebre de los meteoritos se apoderó de ese remoto municipio de poco más de 14.000 habitantes situado en el interior del estado de Pernambuco (nordeste) y la única posada de la localidad pasó a ser una especie de punto de venta de rocas galácticas.

"Fue un regalo que le cayó del cielo a una comunidad de poco poder adquisitivo, con la quinta peor renta per cápita de Pernambuco, pero es también un apelo y una oportunidad de transformar la región con el turismo astronómico", comentó Diego Alencar, miembro de la Sociedad Astronómica de Recife (SAR). Alencar, que también es fotógrafo especializado en este tipo de fenómenos, recalcó que el trabajo de los primeros investigadores que llegaron al lugar fue el de "catalogar, documentar y pesar los fragmentos", antes de que los habitantes del pequeño municipio los vendiesen a los comerciantes extranjeros.

Los fragmentos destruyeron techos de casas, del único bar y de la iglesia principal del municipio localizado a 719 kilómetros de Recife, la capital regional, algunos cayendo sobre los sorprendidos peatones.

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