28 de agosto de 2019
28.08.2019

La turbina del avión de la tragedia de Risco Negro

Dos vecinos de San Mateo (Gran Canaria) localizan el último de los cuatro motores de la aeronave militar accidentada en mayo de 1980, en la que fallecieron sus once ocupantes

28.08.2019 | 00:04
Eloy Naranjo, junto a los restos de la turbina.

Aun kilómetro del lugar del siniestro, en el fondo de un barranquillo de la Hoya del Gamonal, escondido entre la vegetación, dos vecinos de la Vega de San Mateo (Gran Canaria) hallaron hace dos semanas el último de los cuatro motores turbohélices del avión de transporte militar, el C-130 Hércules, que se estrelló el 28 de mayo de 1980 contra el Risco Negro, en un siniestro en el que falleció toda su tripulación, 11 ocupantes. El hallazgo contribuye a cerrar uno de los episodios más trágicos de la historia militar en las Islas.

El recóndito paraje de Risco Negro aún conserva un hipnotismo trágico. Sobre unas laderas de pinos canarios, helechos y pinocha, se ven dispersos los últimos restos del avión Lockheed C-130, Hércules, perteneciente al Ala número 31 de la Base de Zaragoza, que se estrelló poco antes del mediodía del miércoles 28 de mayo de 1980. El aparato, con 5 tripulantes y 6 pasajeros a bordo, todos militares, venía de Tenerife y tenía previsto aterrizar en la Base de Gando. Nunca llegó a su destino.

El jueves 8 de agosto al mediodía, 39 años después, los vecinos de San Mateo Alejandro Sánchez y Eloy Naranjo, oficial de la Policía Local de Las Palmas de Gran Canaria, hallaron al otro lado del risco, a un kilómetro del lugar del impacto, la última de las cuatro turbinas del aparato siniestrado. Los amigos dieron aviso a las autoridades y un día después varios agentes de la Policía Judicial de la Guardia Civil acudieron al lugar y tomaron fotografías del motor. La investigación del caso está cerrada, pero los agentes dieron cuenta a los responsables del Ejército del Aire por si tuvieran interés en la recuperación de los últimos restos que quedan del Hércules.

Todavía hoy los vecinos de la zona recuerdan con detalle la tragedia acaecida a las 11:27 horas de aquel miércoles de hace casi cuatro décadas, cuando un avión que viajaba desde el aeropuerto de Tenerife Norte con destino a Gran Canaria se desvió de su ruta de vuelo y se estrelló contra una montaña de la Hoya del Gamonal con once personas a bordo. No hubo supervivientes. El aparato se proponía recoger en Gran Canaria a un contingente de reclutas para trasladarlos a Zaragoza, dentro de los denominados vuelos revoladas, que transportaban soldados entre el Archipiélago Canario y la Base Aérea de Zaragoza. Con anterioridad había dejado en el aeropuerto de Tenerife a un reemplazo de 80 soldados. Aquella mañana una espesa neblina cubría la cumbre grancanaria. Y en la Hoya del Gamonal llovía con esa agüilla «que parece que no moja, pero empapa», recuerda el entonces sargento jefe de la Policía Municipal de la Villa de Santa Brígida, Tomás Santana Bruno, que acudió al lugar del siniestro con varios de sus agentes.

La visibilidad era casi nula y apenas se veían los caminos para acceder hasta el lugar del accidente. Las primeras noticias del accidente llegaron al cuartelillo de la Guardia Civil de la Vega de San Mateo, indicando que dos vecinos escucharon una fuerte explosión y que, poco después, encontraron los primeros restos del fuselaje. El aparato perdió contacto con la Base de Gando cinco minutos antes del tiempo previsto para la toma de tierra. Sin embargo, como es propio en estos casos, no se declaró el siniestro, pues el aparato disponía de autonomía prevista para varias horas de vuelo. Pasado un tiempo prudencial, y a la vista de que se continuaba sin noticias de la aeronave, comenzaron los trabajos de búsqueda, por tierra y aire, con miembros de la Guardia Civil, Cruz Roja y personal de la jefatura de Montes.

El Diario Las Palmas abrió su portada de aquella tarde con el siguiente titular: Desaparece un avión militar, y el periódico La Provincia envió a la zona a los periodistas Santiago Betancort Brito y Adolfo Marrero, fotógrafo, para cubrir la información del día. Durante más de dos horas, dos helicópteros y un avión Focker-27 del Servicio de Búsqueda y Salvamento (SAR) rastrearon los alrededores hasta que sobre las dos de la tarde fue localizado desde el aire, en el sector de Camaretas los restos del aparato, esparcidos en un radio aproximado de dos kilómetros.

El Hércules C-130 se había estrellado contra el Risco Negro, a 1.575 metros de altitud, quedando totalmente destruido. Inmediatamente se organizó una expedición hacia el lugar con la intención de recuperar los cadáveres y comprobar si había supervivientes. Desgraciadamente, cuando las fuerzas de la Guardia Civil de la localidad, con el sargento Juan Márquez Viva al frente, así como agentes de la Policía Municipal de aquel pueblo, Miguel Hernández Monzón, y las primeras autoridades de la Isla, entre ellas el gobernador civil de Las Palmas, Manuel Fernández Escandón, llegaron al lugar del siniestro pudieron comprobar que todos los ocupantes del avión habían fallecido.

Antes del anochecer los alrededores del risco estaban llenos de gente. Unos doscientos hombres, ateridos por el frío reinante y en medio de una intensa niebla, se desplegaron con bolsas de plástico, recogiendo los restos que hallaban ante sus pasos con tal crudeza y con tan apasionado sentido de la solidaridad humana. Los cadáveres quedaron tan destrozados que debieron ser sometidos a pruebas necrodactilares para conocer sus identidades. En cuanto a las causas del siniestro se especuló con la posibilidad de que el avión sufriera un fallo mecánico.

Vecinos de los pueblos, como Felipe Falcón, Zacarías y Francisco Rodríguez, coincidieron en decir que el avión volaba muy bajo, y que sus motores hacían un ruido como si fallaran hasta que se escuchó un terrible estruendo de metales despedazados. Transcurrieron unos minutos largos sin que los vecinos de los alrededores supieran exactamente lo que había pasado. El impacto contra el risco que convirtió al lugar en un valle de lágrimas. Con el tiempo, algunos vecinos y curiosos se llevaron trozos del fuselaje como recuerdo. Otros lugareños los usaron para completar el cobertizo de las cabras y hubo cazadores que usaron las chapas para los remates de las jaulas de los hurones.

El sargento Tomás Santana Bruno y el cabo Manuel Gutiérrez, éste ya fallecido, se encontraban de patrulla en la zona de Bandama cuando oyeron las sirenas de las primeras ambulancias de la Cruz Roja avanzar por la carretera del Centro. Sin pérdida de tiempo, acudieron al único teléfono público de El Monte, la parada de taxis, y allí supieron lo del avión estrellado. Tomás cogió su coche particular, su Volvo 144 -aún la policía carecía de vehículos oficiales- y tras recoger a otros dos agentes, David Quintero Nuez y Felipe Santana Santana, llegaron al lugar del accidente antes que las ambulancias, pues atravesaron atajos y escalaron laderas de difícil acceso que tal vez un experimentado cazador como Tomás conocía, pues "desde los 12 años transitaba por esas montañas junto al afamado cazador de Camaretas, Manuel Navarro Peñate, y sus hijos. La verdad es que el Risco Negro dejó un lamentable recuerdo para toda la vida", asegura este veterano policía después de encontrarse la escena dantesca que se esparcía ante su vista y que daba a entender la magnitud de la tragedia. "Felipe el guardia se encontró la cartera del capitán y yo pude observar un trozo de tórax entre ramas desgarradas, restos de cartones de tabaco, zapatos femeninos y de niños que probablemente llevaban para regalos de sus familias", asegura.

En la capilla de la Base de Gando se instalaron los féretros de las once víctimas cubiertos con la bandera española. Allí se celebró el funeral y brotaron las historias de los que en el último minuto no pudieron coger ese avión y el azar terminó por restarles a la lista de víctimas fatales. Padres y madres destrozados. Hijos e hijas descolocados. Viudas que no comprendían lo sucedido, aguantando el dolor de un accidente aéreo cuyos restos del fuselaje mantienen vivo el recuerdo entre senderistas, cazadores y vecinos.

En 1972, año negro en que se produce una tragedia aérea en el aeropuerto de Los Rodeos (Tenerife) con 155 ocupantes muertos, el Ejército del Aire decidió comprar los C-130 Hércules ante la degradación de la situación en el Sahara occidental. El primero, de fabricación estadounidense, llegó a España el 18 de diciembre de 1973, y en los siguientes años se compraron otros más hasta completar una decena. Eran los aviones de transporte con mayor capacidad de carga y velocidad del Ejército entonces. El avión T.10-01 fue el que se estrelló en Gran Canaria en 1980.

El C-130 ha sido la columna vertebral del Mando de Transporte gracias a su gran capacidad para despegues y tomas de tierra en cortos espacios de terreno sin preparar, portando grandes volúmenes de personal y material bélico. Su misión no solo se circunscribe a actuar de apoyo a los despliegues de las Unidades Aéreas y cooperación con los Ejércitos de Tierra y Armada, sino que participa en numerosas misiones humanitarias. El motor turbohélice hallado es de la marca Allison T56, de eje simple y diseño modular que entró en producción en 1954, y fue desarrollado originalmente por la compañía estadounidense Allison Engine Company, y actualmente es producido por Rolls-Royce, que adquirió Allison en 1995.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook

Mapa Coronavirus España

Mapa Coronavirus España