Opinión

Las islas del tesoro (El dinero verde, destiñe azul ‘off shore’)

Los presidentes de las RUP resunidos en Santa Cruz de Tenerife

Los presidentes de las RUP resunidos en Santa Cruz de Tenerife / María Pisaca

Ni está escrito, ni se sabe cuándo se firmó el pacto entre el Banco de Inglaterra y la comunidad bancaria, que inauguró el fin del imperio británico para dar salida al nuevo ente bancario que sustituía las colonias de ultramar, por activos bancarios. Por asegurar, la rúbrica debió de acontecer en alguna tarde lluviosa y plomiza en el centro financiero de Londres entre 1950 y 1960, con el trasfondo de los procesos de descolonización en plena efervescencia, y el viejo león británico enfermo de reuma.

Grosso modo, la obligación establecía que la entidad bancaria central británica, no interferiría entre las operaciones comerciales, con divisa extranjera, de los no residentes en Reino Unido. Y esta fue la milla cero de la actual tela de araña de paraísos fiscales que ondean al viento del cantón de la Union Jack. Se creaba así el marco perfecto para la ingeniería fiscal que ha permitido que un cuarto de las grandes transacciones económicas mundiales, se cierren en suelo británico, que un quinto de la flota mercante mundial esté registrada en pabellones Commonwealth, o relacionados con la city londinense, y que el establishment o grandes fortunas, elijan los paraísos fiscales británicos como refugio a sus fortunas lejos del fisco. Por no citar que la OMI (Organización Marítima Internacional) tenga su sede en Londres.

Los anacrónicos rescoldos del viejo imperio británico pasaron de ser atolones, islas, y un peñón, lleno de monos y quillos al servicio de la corona, posesiones sin mayor interés, a preciados territorios que atarían el capital gracias a su nula gravedad fiscal, riqueza que discretamente acababa en la city londinense. Si alguno de estos minúsculos territorios de ultramar generaran un penique de gasto a la corona, hace décadas habrían sido devueltos, o engalanados bajo los procesos de independencia. Caso de Gibraltar o Malvinas.

Seamos cartesianos y empecemos por el principio, por el corazón financiero de Londres o city. Termómetro de la libra, la city es un micro estado financiero dentro de la propia Inglaterra que sutilmente influye en las políticas económicas británicas más mundanas. El distrito financiero es un ecosistema mercantil habitado por bancos, brokers, aseguradoras, poderosos despachos de abogados, y sede de multinacionales. Tiene su propio consistorio, la City of London Corporation, tribunales ex profeso, y un aura de entidad milenaria cuyos ancestrales fueros económicos supieron mantenerse al margen de la fiscalidad de Inglaterra, además de conservar una representación propia en el parlamento. A modo de muñecas rusas, un paraíso fiscal dentro de otro, cuyos tentáculos, evidentemente, condicionan la política nacional. Y es que no hay primer ministro británico que no haya movido un solo folio contra la evasión de capitales en las ex colonias ahora travestidas como territorios de ultramar. Incluso yendo a la guerra, caso del año 1982 con el episodio de Malvinas, o desplegando tropas en Belize frente a Guatemala en 1981.

Lo cierto es que la tarea se completó a tiempo, haciendo mutar el incómodo término colonia, apartándolo así de los procesos descolonizadores de la ONU, y eufeminizándolo bajo el de BOTs (British Overseas Territories). Diseñando para ello una normativa fiscal ad hoc, que de cara al exterior, se vende como grado de autonomía del territorio, frente al cual Londres nada puede, ni quiere hacer, pues sólo es competente en materia de defensa y relaciones exteriores.

El verdadero gobierno del Reino Unido son los taimados intereses financieros de la city, y no el inquilino del 10 de Downing Street. El negocio off shore tiene así su sede central en la city, que recibe los intereses y ganancias de los depósitos desperdigados por las sucursales insulares de ultramar, y su legislación, redactada a la carta para la evasión de capital. Y lo cierto es que no hay que salir de Europa: Jersey, Chipre, o Malta, estos últimos en la Unión Europea, son territorios de dudosa limpieza fiscal, empezando por ser dos poderosas banderas de conveniencia para registrar buques con notables ventajas fiscales para sus armadores. Espacio que empieza a imitar Portugal, que ha visto en Madeira su versión off shore, creando un registro de buques que es principalmente refugio de armadores alemanes.

Otro modelo es el que Países Bajos ha ejecutado en Aruba, Bonaire y Curaçao, con registro de buques bajo la bandera de conveniencia de Antillas neerlandesas. Conjugando el sector bancario, con un turismo de alto poder adquisitivo, y con una refinería de crudo que en 2022 produjo 225.000 barriles diarios de media. Ejemplo de diversificación económica y quien quiera pillar el mensaje, que lo pille. Esto nos lleva, una vez más, a la eterna cuestión de Canarias, y como España es el único estado que no ve en las islas un territorio off shore, que tal vez debió, para beneficio estatal, evolucionar hacia un modelo off shore con todas sus bondades económicas, y no quedar atrapada en el limbo autonómico y su maquillaje fiscal.

Lo cierto es que las islas, o al menos una de ellas, incluso sólo una bahía, estuvieron en el punto de mira de la corona inglesa desde el siglo XVI para establecer una posesión de cara al atlántico medio. Y buena fe de ello fueron las intentonas de Drake en Las Palmas, merodeando La Palma, y los coqueteos de John Hawkins en Arona, a la búsqueda de un piloto que le cruzara a las Indias.

Una Canarias off shore, por confluencia de las rutas marítimas procedentes del Atlántico y África, habría sido la llave que habría tornado Gibraltar en deficitaria para la corona, pues el bunker, consumo y provisiones que los buques efectúan en escala al siguiente destino, es uno de los principales negocios de Gibraltar. Bunker, que se podría hacer en Canarias con una antelación de 48 horas antes de acceder al Mediterráneo. Todo, con el añadido de haber dispuesto de una refinería. Instalación con la que Gibraltar no cuenta, pero sí que ofrece tarifas más competitivas que Algeciras y su refinería. Se llama visión comercial.

Canarias fue puerto franco entre 1852 y los años setenta. Marco fiscal distinto al nacional, que fue relevado por el Régimen Económico y Fiscal, más orientado hacia la tarta presupuestaria, las particularidades insulares, lo cual se antoja en contradicción con la no materialización de un modelo offshore, y las ayudas que se preveían de Bruselas, que por bogar hacia un lucrativo modelo offshore, teniendo el archipiélago unas cartas adecuadas para la estrategia en forma de posición geográfica, instalaciones, y seguridad jurídica.

Quizá la falta de miras de una política incapaz de ver más allá del reparto cartesiano presupuestario autonómico, fue la responsable de las oportunidades perdidas. Los puertos, principalmente el de Las Palmas, florecieron durante el cierre del Canal de Suez (1967–1975). El tráfico se desvió por la larga ruta del Cabo de Buena Esperanza, y eso tornó a Canarias en una estratégica escala para el bunker y todo tipo de operaciones portuarias, que desde la perspectiva del tiempo, no se supieron cristalizar hacia el modelo offshore que Holanda o Reino Unido, sí habrían ejecutado en las islas. Una vez más, el eterno dilema de estado marítimo vs. estado continental, este último, ejemplarizado en España, paradójicamente el país con más litoral de Europa.

En las posesiones británicas de ultramar se instauró así una normativa fiscal alegre, cuyo leitmotiv, fue el secretismo y la opacidad de cuentas, con los denominados trusts companies, o fidecomisos. Entidades ficticias que velan por el anonimato de los depósitos de sus titulares. Una tupida red de entidades pantallas, que hace imposible saber quién es el dueño del activo, ya sea un capital, o un yate de lujo abanderado, como no, en Bermuda, o Cayman Islands.

Las elites locales isleñas de lugares como Islas Vírgenes, digamos que bien instruidas, supieron esquivar los procesos descolonizadores que hervían el Caribe. Es curioso cómo Bahamas y Barbados, sí que proclamaron su independencia del Reino Unido, pero Londres supo comprar voluntades en las citadas Islas Vírgenes, o Cayman Islands, para que el pacto de la city tuviera sus discretos santuarios financieros, refugio del dinero de la evasión fiscal, fortunas personales y, cómo no, del narcotráfico y otras actividades hermanas.

@Springbok1973