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José Luis Villacañas

Ratos tontos de Navidad

Ratos tontos de Navidad

En los ratos tontos –que abundan en las fiestas de Navidad– se pueden hacer dos cosas. Entregarse a las reveries y pasar lentamente revista al pasado, o ir al canal de la TCM a ver si ponen Centauros del desierto. En un caso u otro, se trata de ver cine. La fascinación que produce la película de Ford es mucho mayor que repasar la propia vida, así que uno siempre se queda prendido de las aventuras del jefe comanche Cicatriz y espanta la melancolía. Sin embargo, el día 22 pasado, muy conscientes de que se celebraba el sorteo de navidad, los programadores del canal pusieron la película que celebra la lotería, El festín de Babette.

No hubo mejor manera de compensar que, un año más, no me hubiese tocado ni un euro. En realidad, jamás he comprado un décimo, así que es más que probable que no me vean como uno de esos agraciados rutilantes que confiesan su felicidad a los cuatro vientos. Pero esa película es un regalo suficiente. El cine es la mayor revolución cultural desde que comenzamos a tallar piedras y el único bien que permite que cada día sea emocionante. No hay aspecto, de entre los que forjan la pluralidad de la vida, que el cine no haya abordado. En el caso del relato de Isak Dinesen, que llevó al cine Gabriel Axel, se trata de la lotería. Por las regiones del norte en las que se desarrolla la película, este asunto se suele conocer como el problema de la gracia.

El choque de religiones norteñas y sureñas no es un detalle menor en esta obra. Por eso, no es un azar que esta película sea la preferida de un ecumenista como el papa Francisco. También la mía, por otras razones. A una mítica chef francesa, que ha conocido la gran época imperial de París, le ha tocado la lotería tras más diez años que sus amigos la tienen abonada a un décimo. Sin embargo, los disturbios y las revoluciones han destruido las ilusiones de su espléndido mundo y recibe el premio viviendo en una aldea de puritanos, arremolinados en la pobreza de sus chozas de paja, unidos por la memoria de su predicador. Aquí, Babette decide gastarse la totalidad del premio en un festín para aquellas pobres gentes.

Aunque la historia tiende a convertirse en una serie formidable de bodegones, lo decisivo no es la larga preparación del festín. Lo más fascinante de la película es la fuerza extraña e increíble que atrae a la lejanísima aldea de la costa de Jutlandia a los personajes del gran mundo parisino; los hilos invisibles que atan a generales, grandes músicos y míticas cocineras con aquellas tierras apartadas. Con la misma fuerza mágica, vemos que llegan a la costa las delicias más refinadas del mercado parisino, en una especie de abundancia milagrosa que responde al motivo principal de las oraciones de los puritanos. «A quien pide pan, ¿se le han de dar piedras?».

Presentar ese milagro como algo natural convierte a esta película en una deliciosa fábula moral. Si tuviera que identificar la fuerza que lleva a todos los personajes a ese pequeño agujero negro de Dinamarca, diría que se trata de la pulsión de muerte. Que allí, en ese rincón abandonado, se encuentren dos bellezas únicas, dos hermanas, una dotada del rostro más angelical y otra agraciada con la voz más bella, no deja de recordarnos el mito de las sirenas, por cierto, el símbolo nacional danés. Pero las sirenas, no hay olvidarlo, atraen a los viajeros con sus cantos y sus ojos cristalinos y los llevan a sumergirse en las aguas profundas en que habitan, deseando sucumbir en su compañía.

Sin embargo, la película no puede interpretarse como una danza de la muerte, desesperada y raída. En cierto modo, El festín de Babette es la contracara de La Grande Bouffe, que tan difícil resulta de acabar. Al contrario. Se nos muestra que tener arreglada la pulsión de muerte es gozar del don expreso de la gracia. Entonces uno está en el mundo como si no estuviera en él. Cuando el general Löwenhielm se mira al espejo y dice: «vanidad, todo es vanidad», sabemos que ha cumplido con todos sus deberes mundanos, pero sin embargo siempre ha estado feliz en otra parte.

En la última escena sabemos dónde. En una de las escenas más intensas de amor que se recuerden, mucho más intensa que la despedida de Los puentes de Madison, o la de aquella de Johnny Guitar sobre la curiosa forma de protegerse del amor confesando que es mentira, en este momento final de El festín de Babette vemos al general comprender que todo lo que parecía imposible en esta fascinante vida es realmente posible. «He estado con usted todos los días de mi vida. Dígame que lo sabe». Y la todavía bella sirena responde: «Sí, lo sé».

Mientras yo compartía los ostras, las salsas de tortuga, las codornices en sarcófago –un detalle no menor– el champán, los dulces claretes, los suculentos higos con estos puritanos que se niegan a hablar de la comida al tiempo que gozan de ella y se perdonan, me preguntaba un poco torturado por qué no descansan un día Sánchez y Feijóo, Abascal y Rufián, Montero y Monasterio, ordenan su pulsión de muerte y dicen con Löwenhielm, «vanidad, todo es vanidad», mientras alegran sus ojos y sus almas con algo estremecedoramente bello.

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