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Limón & Vinagre

Irmgard Furchner: ‘Yo no sabía’

Irmgard Furchner

Yo no vi. Yo no oí. Yo no supe… «Lamento lo que pasó. Lamento haber estado en Stutthof en ese momento. Eso es todo lo que puedo decir». Esas fueron las únicas palabras que Irmgard Furchner, nacida como Irmgard Dirksen en 1925, pronunció en el juicio que la ha condenado a dos años de prisión en régimen de libertad condicional. Ha sido considerada culpable de complicidad en 10.505 asesinatos. Previamente, sus 97 años no le impidieron tratar de eludir a la justicia. El día en que debía comparecer ante el tribunal, en lugar de tomar un taxi desde la residencia de ancianos en la que vive hasta el tribunal, se dirigió a una estación de metro cercana. No tardó en ser detenida. Durante dos meses ha estado portando un aro electrónico en el tobillo.

Furchner creció en un país sacudido económicamente por el crack del 29 y los tributos que Alemania aún debía pagar en concepto de reparación a los países vencedores de la Primera Guerra Mundial. Las calles hervían de insatisfacción. En 1925, Hitler había publicado Mein Kampf, Mi lucha. El libro donde mostraba su visión política violenta, racista y antisemita. El éxito del libro corrió paralelo a la implantación del nazismo. Se llegaron a imprimir más de 12 millones de ejemplares. 

En 1926 se fundaron las Juventudes Hitlerianas. Siete años más tarde, con Hitler ya en el poder, 2.300.000 jóvenes engrosaban sus filas. A partir de 1939, el ingreso era obligatorio para todos los mayores de 10 años. Nueve de cada diez jóvenes formaron parte de ella. Una organización de adoctrinamiento, un colosal experimento social que inoculó las ideas más abominables a toda una generación, que les convirtió en peones de la represión y, al fin, en combatientes fanatizados, en carne de cañón. Las jóvenes tuvieron su propia organización, la Liga de las Muchachas Alemanas (BDM, Bund Deutscher Mädel).

Los juicios de Nuremberg (1945-1946) arrojaron la impresión de que las atrocidades nazis eran cosa de hombres. Solo más tarde se reconoció la cooperación imprescindible de las mujeres. La mayoría eran muy jóvenes, convenientemente moldeadas por la BDM, atraídas por unas ofertas de trabajo bien pagadas que incluían alojamiento y comida. Furchner fue una de ellas. Su defensa suele mostrarlas como jóvenes ingenuas, incapaces de renunciar a sus puestos laborales por temor a las represalias, atrapadas en un lugar y un tiempo equivocados. Pero los registros revelan que algunas mujeres se fueron cuando vieron la naturaleza del trabajo que se les exigía. Nada se opuso a su marcha.

Furchner se quedó y trabajó para Paul-Werner Hoppe, comandante en el campo de concentración nazi de Stutthof, desde junio de 1943 hasta abril de 1945. Ella siempre ha negado tener conocimiento de lo que ocurría en el campo, pero como taquígrafa y secretaria de Hoppe (un tipo que las fotografías muestran con una sonrisa encantadora y confiable) es imposible que no estuviera al tanto de la correspondencia del comandante. En ella se definía el destino de los trabajadores esclavos y se dictaban ejecuciones y deportaciones. Desde el cuartel general donde trabajaba se veía la cámara de gas y el crematorio, aunque Furchner alega que su ventana estaba orientada en dirección opuesta. ¿Y el humo? ¿Y el hedor de los asesinatos en masa? Está «más allá de la imaginación» que Furchner los ignorara, afirmó el juez Dominik Gross.

En el campo conoció al SS-Oberscharführer Heinz Furch-stam, 19 años mayor que ella, con el que se casó en 1954. Después de la guerra, Furchner encontró rápidamente trabajo como secretaria judicial. Su marido murió en 1972, en el apartamento cooperativo para funcionarios en el que ella vivió, hasta que en 2014 se mudó a una residencia. «Una persona de actitud brusca, con una mirada fría y enojada», afirma un vecino. «Muy mandona», añade otra. Y quizá es así, o quizá es el modo de señalar al monstruo, de convertirlo en algo diferente a una ciudadana cualquiera.

La condena a Furchner es tan simbólica como real. Es una exposición necesaria, imprescindible, de lo que ocurrió. Porque es pasado, pero también es un presente latente y un posible futuro que debe combatirse. Comprender los mecanismos psicológicos, sociales, históricos, económicos o propagandísticos del nazismo no conduce a la justificación ni, menos aún, nos da permiso para olvidar. Porque Furchner estuvo allí y, a diferencia de los millones de personas que fueron exterminadas por el nazismo, ella sí pudo elegir.

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