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José María Lizundia

Los compañeros del metal

El Plan E de Zapatero, aquella pretendida reactivación económica escenificada con rotondas y jardinería como imágenes icónicas del Plan, disparó la deuda pública, e hizo que Merkel, Obama y el presidente chino recomendaran al presidente estadista que dimitiese, como así hizo. Es evidente que esta izquierda no puede con la economía, cada vez se le resiste más, no acierta en sus arcanos, la considera una doctrina oculta solo para iniciados. Tesis de cuya verificación empírica ya nadie duda. Jamás tanta desidia. El gobierno otorga 100 millones de euros de los fondos europeos, concebidos para inversiones estratégicas, para arreglos de sedes sindicales, desgastadas por su fama comprometida y la neblina de servicios prestados. Se supone que los sindicatos o lo que quede, si de algo disponen es de albañiles, electricistas, pintores, fontaneros, y que la farfolla de sus principios solidarios, de uniones, confederaciones, permitiría reclutarlos, si necesidad perentoria: a buen precio.

Verdadero atrevimiento mostraron asumiendo los cursos de formación, algo tan extraño a sus cualidades naturales… ¡gestión, enseñanza! La ociosidad sindical de un grupo traspasado por la historia sin piedad, ha mutado al modelo del bon vivant frecuentador de marisquerías, alicientes y dispendios (el ocio reclama más ocio), mucho antes que librerías. Y eso que les queda, como emblema de conducta para resumir de forma aquilatada/alicatada su cometido, y no va haber recambio de moquetas que lo disuelva. En términos icónicos, los sindicatos solo pueden ser representados por la langosta erigida en referente totémico sindical, como el águila lo es de Estados Unidos y Alemania o el gallo de Francia y Portugal.

Los sindicatos han asistido impertérritos a las revoluciones industriales, siempre en retaguardia, reservorio de masas sin conciencia de clase «para sí», obteniendo sus momentos de gloria cuando los monopolios industriales y mineros y el Estado de la autarquía franquista y plan de estabilización posterior, como la postrera reconversión industrial atendían generosamente sus reivindicaciones, de la pancista «aristocracia obrera». En consecuencia y buen provecho, en la crisis del estadista Zapatero, familias enteras podían vivir de la jubilación del abuelo minero/siderúrgico: un ejemplo Asturias. Siempre con objetivo y razón de «transformación» extremadamente doméstico y minúsculo, todo un horizonte inmediato de pequeños incrementos salariales de 2 puntos. Son los atavismos y antiguallas de un modo de producción revocado por el devenir histórico y las nuevas tecnologías, la emigración, desempleo, mujer, pandemias, clima, globalización.

El alcalde «de progreso» (acelerado) Kichi ha bautizado una calle de Cádiz del «proletariado industrial»: ¡Oh cielos, mediados del siglo XIX!; todo en ellos es regresión, anacronía, nostalgia, petrificación y victimismo, con muy duros combates en las calles por el 2%. Los inversores y emigrantes los escrutaban pasmados.

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