28 de julio de 2020
28.07.2020

Asuntos ajenos

28.07.2020 | 06:45
Asuntos ajenos

Si llamamos garganta a un desfiladero, ¿por qué no llamar desfiladero a la garganta? Quizá porque literariamente hablando no funciona. Sin embargo, la garganta tiene más de desfiladero que el desfiladero de garganta. Se me ocurre mientras trago saliva a todo trapo porque las glándulas correspondientes se han puesto a fabricar más de la habitual, ignoro por qué. Viene a ser como cuando una rambla seca se llena de agua y arrastra con todo lo que encuentra por delante, sean tiendas de campaña, mesillas de noche o animales domésticos. Me acerco a la cocina, lleno un vaso de agua, me lo bebo sin descansar, de un solo trago, y mi desfiladero orgánico, mi garganta, canaliza eficazmente esa entrada brutal de líquido.
Hoy me he levantado consciente de mi cuerpo. Se trata de una enfermedad sin nombre que consiste en apreciar tus manos o tus pies como si te los acabaran de otorgar. Estás ahí, sentado en el borde de la cama, extrañado de tener uñas, de tener muslos, de tener rótula. De modo que te pones en pie para ver cómo funciona todo ese conjunto y te asombra la sincronía con la que las piernas se mueven, la precisión con la que alzas la derecha una vez que la izquierda se ha posado sobre el suelo. ¿Y qué decir de la habilidad para subir o bajar escaleras? La rótula te parece un punto de articulación increíble, tan eficaz al menos como una conjunción copulativa. Cuerpo y gramática. El antebrazo como oración subordinada del brazo.
No sé si esto es a lo que llaman propiocepción. Quizá no, porque en mi caso se trata de una propiocepción exagerada, un poco dolorosa. Veo los dedos sobrevolando las teclas del ordenador y me parecen de otro de tan míos que son. Todo aquello que es muy nuestro parece de otro. Los ricos protegen sus propiedades con tantos sistemas de seguridad porque no están muy seguros de que sean suyas. A veces pienso que mis digestiones son tan pesadas porque digiero asuntos que no me pertenecen. Asuntos ajenos. Entretanto, no dejo de producir y de tragar saliva, lo que me obliga a visualizar angustiosamente el desfiladero de mi garganta y contemplar con pánico la oscuridad del esófago.

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