19 de junio de 2020
19.06.2020

Clausura

19.06.2020 | 01:11
Clausura

Si en vez de por la nariz y por la boca, el virus entrara por los ojos y lo transmitieran las miradas, sería obligatorio el antifaz. Iríamos ciegos por las calles y sería preciso inventar una fórmula para detectar a los que se saltaran la norma: asunto complicado, pues también la policía debería llevar los ojos cubiertos. Me veo yendo con el bastón blanco a por un periódico que no podría leer, pues el antifaz sería obligatorio para las 24 horas del día. Aún así, lo compraría y lo colocaría sobre la mesa de trabajo, como hago ahora mismo, y lo desplegaría para escuchar el parpadeo de las hojas de papel, que acariciaría tratando de adivinar cuándo me hallaba en las Necrológicas y cuándo en las páginas de Cultura.
Imaginemos a la humanidad entera a tientas, con las manos extendidas para palpar los obstáculos antes de dejarse en ellos las narices. En el mercado, paradójicamente, se calcularía a ojo el peso de los productos, por lo que se utilizaría todo el rato el sintagma "más o menos":
-Póngame, más o menos, un cuarto de kilo de lonchas de jamón de York.

A lo mejor nos lo cambiarían por chóped, pero no lo podríamos demostrar sin quitarnos la venda, lo que nos llevaría de inmediato a la cárcel, donde los funcionarios y los presos habrían intercambiado sin darse cuenta sus lugares debido a la ceguera sobrevenida. La industria del automóvil se vendría abajo. Serían innumerables las industrias que se vendrían abajo y a las que sería preciso subvencionar para mantener la ilusión de que la realidad de siempre, sin nuestra mirada, continuaba funcionando.

Bien pensado, lo que nos está sucediendo no es muy distinto de lo que nos ocurriría con el antifaz. De hecho, nos movemos a ciegas, tropezando continuamente con ideas falsas que nos obligan a volver atrás, como cuando tropezamos con un semáforo. El ejemplo clásico es el de la mascarilla, que empezó siendo desaconsejable para devenir obligatoria. Pero también los organismos internacionales económicos hablan sin saber lo que dicen. La realidad conocida, para seguir funcionando, necesitaría, además de nuestros ojos, nuestro aliento, que no le llega porque tenemos la boca clausurada.

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