18 de junio de 2020
18.06.2020

El fin del mundo ocurrió

18.06.2020 | 00:58
El fin del mundo ocurrió

Leo en la autobiografía del gran Stefan Zweig: "En esta conmovedora confianza en poder empalizar la vida hasta la última brecha contra cualquier irrupción del destino se escondía una gran y peligrosa arrogancia. Aquel siglo, con su idealismo liberal, estaba convencido de ir por el camino recto e infalible hacia el mejor de los mundos. Se miraba con desprecio a las épocas anteriores, con sus guerras, hambrunas y revueltas, como a un tiempo en que la humanidad aún era menor de edad y no lo bastante ilustrada. Superar definitivamente los últimos restos de maldad y violencia sólo era cuestión de unas décadas, y esa fe en el 'progreso' ininterrumpido e imparable tenía entonces la fuerza de una verdadera religión; la gente había llegado a creer más en dicho 'progreso' que en la Biblia, y su evangelio parecía irrefutablemente probado por los nuevos milagros que diariamente ofrecían la ciencia y la técnica". Todo "progresaba" adecuadamente. Antes de la peste nazi, se pensaba así. Antes de la peste covid-19, también. Seguimos para bingo.

Uno de mis nietos entiende que entre "principiantes" y "sobresalientes" debe existir un grado intermedio. Al no encontrarlo en el léxico, lo crea. Mientras se distrae y desescala con un videojuego nuevamente normalizado –qué tenebrosos horrores lingüísticos nos aguardan–, le pregunto qué tal es: "Un juego para mediantes", sentencia. Ole.

Durante el enclaustramiento o confinamiento o aquello que hubo y que algunos cumplimos, el consumo de alcohol subió un 40% en España. A ver ahora cómo se desescala en la nueva normalidad (insisto: así hay que hablar ahora) tanta afición al pimple y sople, sobrevenida o asentada. Recuerden aquel diálogo de dos personajes en una novela de Raymond Chandler: –Quizá deje de beber uno de estos días. Todos lo dicen, ¿no es verdad? –Se necesitan unos tres años. –¿Tres años? –pareció horrorizado. –Por lo general es lo que hace falta. Hay que acostumbrarse a unos colores más pálidos, a unos sonidos más reposados. Hay que contar con las recaídas. Toda la gente a la que uno conocía bien se vuelve un poquito extraña. Ni siquiera encontrará agradable a la mayoría, y tampoco usted les parecerá demasiado bien a ellos".

Ahora que estamos desescalando en un mundo nuevamente normalizado, todo lleno de carteles que avisan, prohíben, recomiendan, indican, normativizan€ cuánto ansío uno que exija: "Las personas que discutan por el móvil en los transportes públicos activen, por favor, el altavoz: nos hace falta escuchar las dos versiones de la historia para formarnos una opinión". Gracias.

Me vienen a la memoria desescalada unas citas argentinas tan oportunas como malévolas para esta nueva normalidad. Cuando nos encontremos con gente a la que no veíamos desde meses atrás, hay que animarla siempre, por mal que nos caiga. Si sospechamos que se ha ayudado de afeites, bótox y cirujanos plásticos para salir pintón o estirado del encierro, no hay que soltarlo jamás. Error, pues, preguntar: "¿Quién te embalsama que te conservas tan bien?" Además, se expone uno a que le paguen con la misma moneda y lo miren espantados y compasivos y lo depriman al decirle: "¡Dios santo, cómo estaré yo, si tú estás así!"

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