09 de junio de 2020
09.06.2020
La pandemia enseña la importancia de frenar la exclusión

Más sociedad del bienestar

09.06.2020 | 06:45
Más sociedad del bienestar

El atentado de Atocha nos descubrió una realidad que ya conocíamos. Desde los arrabales cada vez más lejanos los trenes de cercanías transportan en la madrugada a los trabajadores que se ocuparán de las tareas más duras. Esos trabajadores en su mayoría eran aquel día emigrantes. Son los expat que cavan fosas, limpian calles, cargan con los ladrillos, recogen la basura. Los mismos en los que Sars-Cov-2 se está cebando en Singapur. Limpia, próspera, perfecta, Singapur se apoya en esos trabajadores que llegan silenciosos y discretos en la madrugada para que la ciudad luzca intacta. Y se retiran a sus dormitorios. Hacinados, cuentan el dinero que podrán compartir con su familia en casa.

Las epidemias son caprichosas pero no tanto. Persona, tiempo y lugar influyen. No fue el azar el que determinó la alta incidencia entre sanitarios. El jurado Princesa de Asturias, con ese olfato y sentido de la oportunidad que lo caracteriza, los premia este año. Justo reconocimiento. Ni lo fue la letalidad ocurrida en las residencias de ancianos. Sin embargo, que sepamos, no hay una concentración de casos en etnias o grupos sociales. Eso podría indicar que las desigualdades en las condiciones higiénicas en España no son notables. O que no las medimos. Porque hay pocas estadísticas por clase social y menos aún por etnia, ambas clasificaciones muy discutibles.

En EE UU la raza es una variable central. Uno es negro si tiene algún ascendiente que lo sea, aunque su aspecto sea indistinguible de un blanco anglosajón. Lo noveló Philip Roth. A un profesor negro lo confundieron con un blanco y desde entonces como blanco vivió. Pero nunca se atrevió a tener hijos, no fuera a ser que Mendel se vengara. Ser negro es duro. Lo decían la hermana del profesor Cooper quien por ser negro fue denunciado a la Policía por una blanca que paseaba a su perro temprano en el Central Park. Cooper es un avistador de pájaros aficionado, eso era lo que hacía. Decía su hermana que ser negra es un riesgo, que ella teme llegar tarde a casa, está en vilo cuando salen sus hijos. Porque en cualquier momento los pueden detener. Como al profesor de Columbia que paseaba a su perro e inquietó al vecindario, porque es negro. Y lo detuvo la Policía. No hace falta estar borracho o pasar un billete falso. Ser negro es un riesgo para la integridad física. Y es un riesgo para la salud: viven menos años, tienen más enfermedades crónicas y peor tratadas, están inmersos en todos los riesgos. Fumar, beber, no hacer ejercicio, comer en exceso grasa y azucares, no es una elección libre. El medio precipita esos comportamientos que el más acendrado liberalismo atribuye a disfunciones de la personalidad, a una voluntad débil y una razón empobrecida. Es el medio, el mismo que hace que el virus que nos martiriza se cebe en las comunidades negras. Y en los denominados nativos americanos. Los apaches de nuestros sueños, un pueblo vencido y arrinconado en reservas, sin dignidad ni esperanza. El tabaco, el alcohol, la diabetes, la hipertensión hacen allí estragos. Y ahora el virus. Da igual que el Gobierno invierta en ellos 3.500 euros por persona y año en salud (en España gastamos 1.600 euros). La medicina no puede revertir las malas condiciones de trabajo, vivienda, alimentación y educación.

Las catástrofes no solo matan, también exponen: muestran las profundidades de la sociedad. Como ocurrió en la II Guerra Mundial. En la historia del pueblo judío los pogromos aparecen una y otra vez. Ya los visigodos los expulsaron varias veces de España. Una España que en el franquismo los señalaba como uno de los enemigos junto con los masones y marxistas. Tres como los del alma: demonio, mundo y carne. Pero nada parecido al holocausto. En la larga entrevista que Gunter Gaus realizó a Hannah Arendt en 1964, repasan su condición de judía. Ella, nacida y criada en Hamburgo en una familia burguesa sin apenas presencia de la religión, dice que supo de su condición de judía, de diferente, cuando los niños en el colegio la llamaban jude. Su madre le quitaba importancia y ella también. Pero reconoce que no se considera alemana. Ni lo era para ellos. El documental Shoa de Claude Lanzmann lo certifica. Los polacos entrevistados que vivieron como arrancaban a los judíos de sus viviendas y los transportaban como ganado, señalan las casas, lo barrios donde vivían, una sociedad aparte. Eran otros, con su lengua y sus costumbres, no los consideraban polacos. Como si fuera un crecimiento extraño en el seno de esa sociedad. Cuando los nazis decidieron extirparlo, entonces, bien por miedo, bien por estar de acuerdo o porque se podrían beneficiar de las propiedades que abandonaban, no hubo rechazo. Surgió otra vez el antisemitismo como en la antigua Yugoslavia se encendieron los odios étnicos y religiosos cuando se rompieron los nexos que los unía y equilibraba.

Singapur, EE UU, sociedades creativas, enérgicas, emprendedoras. Sociedades que barren bajo la alfombra de la prosperidad a los perdedores. La pandemia nos hizo ver lo importante que es un Estado de bienestar que no excluya a nadie. Mantenerlo es caro y responsabilidad de cada uno de nosotros. Para ello hay que fomentar la creación de riqueza, asegurar el pago de impuestos y administrar bien los recursos públicos.

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