07 de octubre de 2019
07.10.2019
A BABOR

El Don conejero

07.10.2019 | 02:48
Francisco Pomares

Hace ya un par de semanas, la Audiencia de Las Palmas condenó a Dimas Martín a siete años y medio de cárcel por delitos vinculados a asociación ilícita, malversación de caudales públicos, fraude, prevaricación y cohecho. Además, le multó con 223.000 euros, por ser el muñidor de una trama de corrupción en el Ayuntamiento de Arrecife, que operó entre 2007 y 2009 cobrando comisiones a distintos empresarios, a cambio de obras municipales. Lo cierto es que llueve sobre mojado, no es la primera vez que a Dimas lo enchironan, siempre por asuntos directamente vinculados a corrupción. Las informaciones que llegan de Lanzarote no dejan lugar a dudas sobre la existencia de una mancha de corrupción y latrocinio que penetra hasta los mismos cimientos volcánicos de la Isla.

Es fácil escandalizarse ante los hechos que se publican, pero lo cierto es que -más allá de datos y nombres- la mayoría de las informaciones no revelan nada que no se sepa desde hace treinta años. En las conversaciones fuera de micrófono con políticos o ciudadanos conejeros, las revelaciones sobre lo que hizo Dimas son apenas consideradas como "más de lo mismo". La misma historia de siempre, sólo que ahora revelada negro sobre blanco en una sentencia, que no es pequeña diferencia? Hay distintas formas de aproximarse lo que viene ocurriendo desde hace tres décadas en la isla de Lanzarote. Una, quizá la más sencilla, es considerar que en Lanzarote campó durante todos estos años un estilo de hacer las cosas en política -el estilo de Dimas- que acabó por contaminar a la mayoría de las personas con responsabilidades públicas que se rozaron con el hombre fuerte de la Isla. Es cierto que ocurrió así, que Dimas o su entorno más directo están en el origen de la mayoría de las golferías investigadas en Lanzarote en los últimos años, algunas con éxito, otras no. Pero no es cierto que eso explique un fenómeno tan persistente y duradero, una corrupción tan generalizada y con tantas ramificaciones dentro y fuera de la Isla.

Otra explicación recurrente es la de que en Lanzarote el dinero fácil circuló a mansalva durante los años de la euforia turística y eso compró muchas voluntades y conciencias. Igualmente es cierto. Pero tampoco sirve ese río de oro para explicar por qué la situación de Lanzarote ha sido tan especial y por qué alguien como Dimas pudo sostener su poder e influencia durante años, incluso desde la celda de Tahíche que se ha convertido en su residencia habitual, a pesar de que -en la Isla y fuera- mucha gente conocía sus hazañas y trapisondas. Lo que pasó en Lanzarote ha ocurrido en muchos otros sitios de España y de Canarias. Lo que convierte el de Lanzarote en un caso tan largo y duradero es la inesperada mezcla de factores singulares que no se dieron con tanta intensidad en ningún otro lugar: uno es la omertá social y mediática sobre las golferías y otro la pervivencia del poder político de Dimas a pesar de sus problemas con la Justicia. En Lanzarote existieron -durante la etapa de mayor gloria y poder de Dimas- más medios de comunicación per cápita que en ningún otro lugar de Canarias. Ninguno rompió jamás el statu quo de silencio establecido en torno a las travesuras del patrón de la Isla. Porque Dimas era imprescindible para gobernar Canarias, y cobraba ese poder en recursos para Lanzarote. Sus tres o cuatro diputados humillaron a presidentes y consejeros, viciaron presupuestos y leyes a capricho. Era un secreto a voces, y duró hasta que se inventaron barreras insulares para evitar que Dimas pudiera seguir actuando por su cuenta.

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