01 de septiembre de 2019
01.09.2019
TESTIGO DE CALLE

Melancolía y porvenir del pequeño pueblo grande

01.09.2019 | 01:23
Juan Cruz Ruiz

Mi pueblo mide poco pero es grande. Mide 9,8 kilómetros cuadrados. Estas son nuestras dimensiones. He hecho encuestas entre conocidos y desconocidos: ¿cuánto mide el Puerto? Para los que somos del Puerto de la Cruz, nuestro pequeño pueblo grande es el Puerto. Para nosotros no hay más puerto que El Puerto. Pues muchos, cultos o no tan cultos, ignoran esas dimensiones. En realidad, poco importa: el cuadro más chico del Prado, o uno de los más chicos, es el cuadro más visitado o importante, El Jardín de las Delicias del Bosco, ante el que la gente se para, maravillada, a cientos, a lo largo del día.

En fin, mi pueblo pequeño grande. Hace unos días mi entusiasta amigo y colega desde chico Salvador García Llanos me envió una fotografía en la que se ve a Manuel Fraga, entonces ministro de Información y Turismo de Franco, y al histórico alcalde don Isidoro Luz montados en uno de aquellos camellos que había por Martiánez para distraer a los turistas. Era en 1962, cuando al pequeño pueblo lo quisieron hacer ciudad turística como si llamando ciudad al pueblo no fuera ya suficiente.

Entonces hubo boato en la zona de las playas, comenzó a construirse como si fuéramos un pueblo grande y poco a poco desnaturalizaron aquellos lugares de charquitos o de grandes oleajes, dejaron a oscuras las casas de los pobres y llenaron de luces hoteles enormes en los que acabó por haber tal penuria que ni pescado fresco había en sus cocinas.

Esa pasión constructora se alió con las manías de grandeza de alcaldes y caciques y de una manera brutal hicieron del pueblo pequeño una pequeña Manhattan. Desposeyeron al pueblo pequeño de su grandeza, marcada por la existencia de edificios viejos y nobles que se convirtieron en carcasa o en escombro, y todo en aras de aquel desarrollismo que fue bautizado como se ve en esa fotografía que fue tomada en Martiánez en 1962. Ahí estaban aquellos dos personajes de nuestro pasado político riendo a carcajadas subidos al camello de nuestra infancia.

Pero aún así, a pesar de que destrozaron el aire de pasado que tenía el pueblo pequeño que era grande, el Puerto no ha dejado de ser grande a pesar de ser tan pequeño, y conserva algunas de sus reliquias como oro en paño. Una de esas reliquias es el carácter, el modo de ser, desconfiado y alegre, que conserva las tradiciones marinas y festivas y no se deja engañar por nadie. El pueblo de los apodos y la alegría, de la calle del Lomo en la Ranilla y las fiestas de La Vera. El pueblo del pescado fresco y la plaza del Charco. El pueblo que nació siendo de pescadores y ahora es, con sus problemas y sus nostalgias, también un importante enclave cosmopolita en una isla que en un tiempo parecía abocada a vivir de la obligación permanente de la parranda y el traje de magos.

Ese Puerto de la Cruz que es, proporcionalmente, tan chico como Manhattan pero que tiene la potencia histórica, de gentes y de hechos, de una ciudad grande, albergó el Sitio Litre que recibió desde el siglo XVIII a grandes inventores o escritores, viajeros ilustres que convirtieron su estancia en punto de partida para descubrimientos extraordinarios en la Isla, geológicos o astrofísicos. Es el pueblo que tuvo el más pujante Instituto de Estudios Hispánicos que hubo en la grisácea modernidad española después de la guerra. Es la cuna de Agustín Espinosa, el más preclaro surrealista del siglo XX en España. Y es, en fin, el pueblo de la plaza del Charco, donde en cualquiera de las épocas que queramos encontrar hubo siempre varias tertulias de signos opuestos que estuvieron siempre contra esto y aquello, a favor y en contra, buscando en la confrontación, directamente o a distancia, la diversión de la luz.

En esas esquinas de la plaza, y también en el Sitio Litre, estuve el miércoles, haciendo memoria y apostando por el porvenir del pequeño pueblo grande. Por cierto, por eso brindé en el Dinámico, ahora llamado Compostelana, pero al fin repuesto como centro de la conversación portuense después de décadas de desgana. Igual que un periódico es una sociedad hablando consigo misma, una plaza y el bar de la plaza son pueblos hablando consigo mismos. Bienvenido otra vez el Dinámico. Y atención a esos tesoros, como el Sitio Litre, que para siempre son y serán emblema de lo que jamás le podrán quitar al pequeño pueblo grande que adoro.

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