31 de mayo de 2019
31.05.2019

Aburren mucho

31.05.2019 | 06:17
Juan José Millás

El hipocondríaco se escucha a sí mismo todo el tiempo, pero se escucha mal. El insomne, por su parte, sobreinterpreta los murmullos de la casa a las tres de la madrugada, pues los crujidos de los muebles de madera, que se dilatan o comprimen debido a los cambios de temperatura, parecen ayes de dolor de seres diminutos que poblaran los rincones de la cocina. El hogar y el cuerpo producen sonidos semejantes. Si uno se empeña, puede llegar a oír el torrente circulatorio de la sangre recorriendo las venas, las arterias y la red de capilares estrechísimos que riegan el cerebro. Puede sentir los golpes del corazón como los de unas obras que se estuvieran realizando en el interior del pecho. Si piensas en la facilidad con la que dentro de tu boca fabrican saliva las glándulas sublinguales, acabarás inundado por ella, por la saliva. Una vez acomodado en la butaca del cine, nada impide que empieces a darle vueltas a la idea obsesiva de que te has dejado las luces del salón encendidas o el gas abierto.

Todo esto, que con tanta frecuencia ocurre en el nivel individual, se da también en el colectivo. Ahora, cuando ya han pasado unos cuantos días desde el último domingo que acudimos a las urnas, todavía seguimos analizando los resultados electorales con el placer morboso del que se descubre un grano y lo transforma en un tumor. Dedicamos horas de radio y de televisión a escuchar y descifrar los síntomas del cuerpo social con la aplicación del que, no fiándose del comportamiento de su coche, lo lleva al taller a la menor señal de que algo malo pudiera ocurrir en su motor. Hay hipocondríacos del automóvil como los hay del sistema respiratorio o del funcionamiento de las administraciones públicas. Hay quien, cuando el semáforo se pone verde, se pregunta si no se tratará de un efecto óptico producido por un ictus cerebral. Hay gente que jamás cruza la calle por eso.

Nosotros nos hallamos en estos momentos engolfados en análisis infinitos de los posibles pactos poselectorales y sus consecuencias. En cada cadena de televisión o emisora de radio hay uno o varios neurasténicos, llamados también politólogos, que nos advierten sobre los peligros de tal o cual combinación. Son tantos y trabajan tantas horas, que aburren más que el fútbol.

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