15 de mayo de 2019
15.05.2019

Un Parlamento suigéneris

15.05.2019 | 05:53
Joaquín Rábago

El Parlamento que elegiremos a finales de mes los ciudadanos de 28 países europeos, británicos incluidos, es único por cuanto se trata de una cámara transnacional formada por elección directa pero a partir de listas nacionales.

No ha prosperado hasta ahora la idea de que concurran también listas transnacionales o paneuropeas, votadas directamente por todos los ciudadanos de la UE con independencia de dónde vivan, tal y como quería el presidente francés, Emmanuel Macron.

Otra singularidad la Cámara de Estrasburgo es que, a diferencia de lo que sucede en los parlamentos nacionales, carece de capacidad de iniciativa parlamentaria, la cual corresponde a la Comisión, su otro órgano supranacional, que cumple además funciones de control y ejecutivas.

En cuestiones de política exterior o fiscal son siempre los Estados y no el Parlamento quienes toman las decisiones, y en muchos otros asuntos, como por ejemplo, el delicado tema de la inmigración, la influencia del Parlamento es ciertamente limitada.

Ocurre además que para poder formar en Estrasburgo grupo parlamentario se requieren 25 diputados pertenecientes al menos a siete Estados miembros, lo que contribuye a la heterogeneidad de los grupos que acaban formándose, obligados por las circunstancias.

Un ejemplo es lo que ocurrió con el movimiento Cinco Estrellas, que optó por formar parte del grupo de los euroescépticos, una especie de cajón de sastre liderado por el británico Nigel Farage, pero con el que los italianos tuvieron muy pronto discrepancias.

Farage, hoy al frente del partido del brexit en su país, sólo pensaba en sacar cuanto antes al Reino Unido de la UE y su interés era torpedear la Unión mientras que los italianos aparcaron por el momento su euroescepticismo y optaron por intentar reformarla desde dentro.

También a diferencia de cómo funcionan normalmente los parlamentos nacionales, en Estrasburgo no se da una divisoria entre Gobierno y oposición, sino que los proyectos de ley se aprueban o rechazan según alianzas cambiantes.

Aunque lo que más trasciende por desgracia a la opinión pública son las batallas verbales entre los europeístas convencidos -populares, socialdemócratas, liberales y verdes- y los variopintos euroescépticos.

Pese a sus todavía evidentes limitaciones, es cierto que el Parlamento Europeo ha ido poco a poco ampliando sus competencias y cumpliendo algunas de las clásicas funciones de una cámara legislativa.

Por ejemplo, en lo relativo a la reforma de los tratados, a la aprobación de la legislación comunitaria, siempre a propuesta de la Comisión, en las decisiones sobre ampliaciones y acuerdos internacionales, en la aprobación del presupuesto y en el control democrático de las instituciones de la UE.

Muchos eurodiputados reconocen que se puede hacer en Estrasburgo un buen trabajo legislativo desde los distintos comités como lo demuestra, entre otros, el caso del alemán Sven Giegold, del grupo de los Verdes/Alianza Libre Europea.

Uno de los eurodiputados más activos, Giegold ha sido miembro de varios comités, entre ellos el que se ocupó de las consecuencias de la crisis económica, el dedicado a investigar el blanqueo de dinero y la evasión fiscal o el que ha venido trabajando en el bienestar animal.

Giegold sería, por ejemplo, un excelente candidato para una de esas listas transnacionales que propone, entre otros, el presidente Macron, y que ayudarían sin duda a fortalecer la idea de Europa y a profundizar al mismo tiempo la democracia.

En lo que todo el mundo parece estar en cualquier caso de acuerdo es en la urgencia de reforzar el poder de iniciativa legislativa de la Cámara, cualquiera que sea el modo en que se elija a los diputados, frente al poder ejecutivo.

La próxima prueba de fuerza puede darse con motivo de la elección del presidente de la Comisión Europea: en principio estaba acordado que fuera el cabeza de lista del grupo parlamentario que consiguiese más votos como sucedió la última vez con el luxemburgués Jean-Claude Juncker.

El favorito en esta ocasión es el alemán Mandred Weber, del Grupo Popular Europeo, pero el presidente Macron ha manifestado de antemano su oposición con el argumento de que puede haber otros candidatos tal vez más idóneos. ¡La batalla está servida!

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