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Un científico del Comité asesor de la catástrofe del Prestige: "Lo ético sería volver al barco e informar de su estado a la sociedad"

"Aún se estudian los efectos del vertido del ‘Exxon Valdez’ en Alaska, aquí no", dice Antonio Figueras

El científico Antonio Figueras, estos días en Vigo. MARTA G. BREA

El doctor en Biología, profesor de investigación y responsable del Laboratorio nacional de referencia para enfermedades de moluscos bivalvos, Antonio Figueras, era director del Instituto de Investigaciones Marinas del CSIC, ubicado en Vigo, cuando el chapapote llegó a las costas de Cíes. Allí participaba en las labores de limpieza en la playa de Cantareira (“lo mejor que podía hacer un científico en esa fecha”, aseguraba en una entrevista en Faro de Vigo, del grupo Prensa Ibérica, el 7 de diciembre de 2002). Luego de que el Gobierno tomase la decisión de no acercar el buque a la costa, Figueras fue llamado para formar parte del Comité científico asesor para la catástrofe del Prestige. Sería el único gallego en el núcleo duro de aquel grupo, cuyas principales líneas de investigación aún están colgadas con 15 informes en una web. Un biólogo sin pelos en la lengua.

–Seamos sinceros, ¿sirvió para algo ese Comité?

–Se pueden descargar todos los informes redactados por el CSIC; la web sigue colgada. Yo los compartía con los miembros del Comité. Ahí se tomó la decisión de extraer el fuel y tapar las fugas. Y lo defiendo a capa y espada, porque lo viví: el Comité científico asesor fue totalmente transparente. Todo se publicaba.

–¿Les tuvieron en cuenta?

–Cuando empezó toda la estrategia con el Prestige yo había avisado de que no iba a acabar bien, tanto al presidente de CSIC como a otras autoridades. El barco se hundió. En Madrid había previamente un Comité, del que no supimos los nombres de sus integrantes, que decidieron qué hacer con el barco. Un lunes después del 18 de noviembre recibí la llamada para que me incorporase al Comité científico asesor, que fue el que coordinó todo lo que se hizo con el Nautilus, tanto las bajadas, como el taponamiento de las fugas del pecio, y después un plan de investigación. Aquellos meses, fue un trabajo absolutamente enloquecido. Recuerdo que no tuvimos ni Navidades ni fin de año, ni nada. Un sin vivir. Llevamos el curso de las cosas tres o cuatro meses, hasta que se decidió la empresa que haría el vaciado del fuel en febrero de 2003 y que fue Repsol, frente a otras ofertas que había. Y ahí se acabó todo.

–¿Se escuchó de verdad la opinión de los expertos?

–Sí. Y lo primero que hicimos fue rechazar aquella teoría de que el fuel a grandes profundidades se iba a congelar. Creo que fue una de las hipótesis en las que se basaron quienes decidieron que lo mejor era alejar el barco, no nuestro comité. Quizás creyeron que en una zona muy profunda y con temperaturas bajísimas, el fuel se congelaría. Hicimos una serie de cálculos y trabajos de análisis –había químicos, físicos, ingenieros navales y expertos en hidrocarburos– y luego vimos como fluía. Era evidente que tardaría muchísimo en dejar de fluir, por su inercia térmica: se transportaba a 70 u 80° para evitar que se solidificara al descargarlo. Luego, se tomó la decisión de taponar las 21 fugas que salían de todo el pecio y que tenían diferentes diámetros. Por todos los agujeros del buque fluía la carga sin parar de 70.000 toneladas.

–¿Y después?

–Yo seguí implicado porque hice algunas investigaciones sobre el impacto ambiental que podría tener el fuel en la respuesta de algunas enfermedades en organismos marinos y el plancton. Hubo un plan de investigación.

–Cuando Rajoy dijo aquella frase ya histórica de “los hilillos de plastilina”, se la achacó a los técnicos .

–Fue una figura poética que utilizó un técnico, que estaba en el Nautilus, y que lo dijo sin conocer el alcance de la expresión: “fluyen como hilos de plastilina”. Luego se pusieron en contacto con vicepresidencia del Gobierno y le explicaron que los tubos por los que fluía son enormes. Pero ya lo había dicho. Después, Rajoy lo achacó a los técnicos en una comparecencia en el Congreso. Era verdad, pero se enmarañó con toda la batalla política y el intento por parte del Gobierno de controlar la información.

–¿Cuál fue el gran error?

–Si se hubiera llevado el barco a puerto en la primera llamada de auxilio, nos hubiéramos ahorrado todo lo que vino después. Pero creo que prevalecieron los intereses políticos sobre las cuestiones prácticas. Sabiendo que se iba a pagar un peaje, indudablemente. ¿Cuál era la ría o ciudad que se iba a comer el marrón de llevar el barco a puerto? Por muchos medios de contención que se utilizasen, iba a verter. Al final, no afectó solo a Galicia, sino a toda la costa del Atlántico, al sur de Irlanda, Inglaterra, Portugal y hasta Francia.

–¿Cree que volvería a pasar hoy una tragedia como la del Prestige?

–Sí. ¿Y otro COVID?, también. Todo lo que pienses, puede volver a suceder. A pesar de que en 2003 empezamos a promover una ley que finalmente se promulgó en 2011, que es la que rige cómo se tiene que conformar el Comité de emergencia en estas circunstancias de catástrofe, derrames de petróleo, vertidos derivados de las costas.... ¿Realmente esto ha quedado registrado en el disco duro del Estado? Tengo serias dudas. Ya hemos tenido un susto con el ébola, y después tuvimos el COVID.

–Con la perspectiva de veinte años, ¿cómo ha ido la recuperación de la costa y fauna en Galicia después del chapapote?

–Es difícil de saber. Yo puedo hablar por lo que vi. En medio año, de diciembre a junio en una playa de Cíes que estaba cubierta de fuel, estaba ya llena de mejillones: ya había comenzado la recuperación. Pero allí tampoco hubo un impacto tan grande como en zonas de A Costa da Morte, que además eran más inaccesibles para la limpieza. La costa de Galicia es inmensa y tener una evaluación seria del impacto de la recuperación es difícil. Primero, porque no había un referente, un trabajo concienzudo de inventario de los recursos y de los ecosistemas marinos antes del Prestige. Supongo que la recuperación fue heterogénea: recordemos que había auténticas carreteras de fuel debajo del mar, que se dragaron. Se debería de haber creado un sistema de monitoreo continuo de testigos de animales y vegetales, para que tras cualquier evento, se pudiera responder a esta pregunta. No nos hemos comportado como el Exxon Valdez. A día de hoy aún siguen estudiando los efectos del vertido en las costas de Alaska.

–Coordinó el libro “Las lecciones de la catástrofe del Prestige”. ¿Cuáles fueron?

–La mayor lección es que la gente de a pie es genial: los mariscadores, pescadores, los ciudadanos, las empresas... que vino de toda España o fuera. Pero creo que tiene que haber un sistema de alertas, un comité netamente de emergencias que cubra todo lo que puede suceder en España. Debería de haber un inventario de expertos con móviles y mails, en diferentes temáticas para que el gobierno no improvisara: desde un hundimiento, un tsunami, un terremoto o un volcán.

–El pecio no se ha vuelto a revisar desde 2007. Llevaba 70.000 toneladas, se vertieron unas 40.000 y se extrajeron unas 25.000. ¿A qué nos arriesgamos?

–En la última revisión en 2007, se veían manchas. No estoy diciendo que vierta, pero que de vez en cuando echarle un vistazo estaría bien, del mismo modo que saber qué pasa con los residuos radiactivos que se depositaron durante años en la Fosa Atlántica, que está enfrente de Galicia. Descender al Prestige, más que importante, creo que sería ético. Se podría hacer una campaña con un robot submarino y decirle a la opinión pública: no hay peligro. Se trata de ser transparentes con la sociedad. Nada más. No digo que sea urgente, pero si valdría la pena hacerlo incluso incorporando alguna campaña oceanográfica en el Atlántico.

–¿Qué se debería hacer ahora con el barco?

–Lo mejor que se puede hacer es no moverlo. Dejarlo.

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